miércoles, 29 de enero de 2020

En memoria de Tomàs Vidal

La fotografía de Tomás Vidal es de Javier Coll, y la he sacado de la web Menorca info.

Hay cosas irreversibles, y la mas fastidiada, la más bestia e irremediable, la muerte. Nada que hacer, pero cuesta asumirla. Hará año y medio estábamos apuntados para pasar un fin de semana largo en la isla de Menorca. Uno de sus mayores conocedores, el geógrafo Tomas Vidal, iba a hacernos de cicerone. Había preparado un recorrido que creo comprendía alguna caminata por un barranco, visitar una casa y propiedad señorial, no sé si subir a ver la vista desde el monte Toro, observar la tipología de las ciudades de la isla y sus casas, ver algún talayot, y otras variadas actividades que ahora mismo no sé muy bien cuáles eran. Pero no se apuntó el mínimo número de personas de la Societat Catalana de Geografia indispensable para que salieran las cuentas y la visita se aplazó para otra ocasión.
No hubo otra ocasión. Tomas Vidal enfermó y al cabo de medio año falleció. Nos quedamos para siempre sin sus siempre reveladoras explicaciones, centradas precisamente en algo que tan bien conocía como su propio lugar de origen. Ayer redoblé la amargura que esa frustración me produjo. Era un acto de homenaje al catedrático en el Institut d’Estudis Catalans, y tuvo que ser ahí, con presencia de su mujer, admiradora y enorme cómplice Rita y otros allegados, además de una amplia representación de universitarios de su especialidad, donde me enterase de que su primera vocación no era precisamente la Geografía, sino el cine. Después de haber compartido mesa en bastantes viajes y salidas geográficas hablando de todo lo divino y humano, por increíble que pueda resultar, considerándome yo también por buen aficionado al cine, no había salido el tema en ninguna conversación.
La primera pista la dio ayer Vicenç Rosselló, quien se entretuvo en resaltar, además de frases de Vidal sobre diferentes mapas de los que habla en el tomo XXI de la Enciclopedia de Menorca a ellos dedicada, una serie de opiniones suyas sobre “El vent de l’illa”(Gerardo Cormezano, 1988). No sabía de su cinefilia, había señalado al principio de su intervención Rosselló, haciéndome, extrañado, aguzar el oído...
Francesc Nadal, al que le tocó hablar de la cartografía editada, puesto que de la manuscrita ya se había encargado Rosselló, también hizo una mención al hecho de aunar afición al cine y a la geografía, pero fue Miquel Àngel Casasnovas, en una intervención de la que sólo pude oír su inicio, pues debía estar al poco rato en otro sitio y tuve que marcharme, quien desveló que Vidal ya tenía decidido ir a vivir a Paris para estudiar allí cine. Eran los primeros años 60, lo supongo conquistado por la fuerza de arrastre del vendaval desatado por los jóvenes cineastas de la Nouvelle Vague, y por esa razón haber atado su futuro al IDHEC parisino. Un par de motivos personales intervinieron a la contra entonces y Vidal -quién se ve que luego sólo volvió a ello con el rodaje de un documental sobre su isla que me gustaría mucho ver-, truncó su carrera cinematográfica parisina para dedicarse al estudio de la Geografía.
Por lo demás, con el recuerdo de Tomás Vidal siempre presente, la sesión fue principalmente de cartografía menorquina, “una de las más caras”, según dijo ayer Rosselló que le comunicó una vez Vidal con un brillo en los ojos típico de quien ha sido alcanzado por el virus de su coleccionismo y seguimiento, “porque la cartografía, siempre escasa, la compran los locales, pero en Menorca la compran los locales, los británicos y los turistas”. Así, se mencionó largamente un mapa que Binimelis habría hecho entre 1570 y 1590, los elaborados por los británicos dueños de la isla en el s. XVIII como consecuencia de la guerra de secesión, etc.
Y hubo oportunidad de que Rosselló volviera a explicar su teoría de que la isla de Menorca, tan frecuentada luego gracias a la bondad de su puerto natural de Mahón, fue una isla sin población antes del neolítico por el sencillo hecho de que “no se veía”.

El último libro escrito por Vidal, recientemente publicado: un tomo de la enciclopedia de Menorca.

En el Institut d’Estudis Catalans, Rosselló, Oliveras, Casasnovas y Nadal, ayer durante el acto de la Societat Catalana de Geografia en homenaje a Tomas Vidal.
 

viernes, 24 de enero de 2020

Los mitos del viaje (Patricia Almarcegui)

Una portada sugerente...

Era la presentación en Altair, ayer jueves, de “Los mitos del viaje” (Fórcola, 2019), el último libro de Patricia Almarcegui, que a la chita callando ya va para escritora prolífica.
Jordi Carrión fue el encargado de conducir la sesión. A mi juicio creó nada más empezar una tensión innecesaria, anunciando que el acto iba a constar de dos partes. La primera era -dijo- una presentación, pero la segunda -remató-, pese a que no se suele hacer, sería una polémica, pues, aunque le había interesado mucho el libro, no estaba de acuerdo con una de las cosas que en él se decían.
Luego, todo sea dicho, la sangre no llegó al río, y él mismo, señalando lo amigable de la no-discusión que finalmente hubo (P. Almarcegui no quiso empuñar el sable), dejó entrever que lo había hecho para remover un poco el interés. El caso es que previamente hizo un repaso fiel de la trayectoria de la escritora y trazó lo que pareció una muy buena explicación del contenido del libro, que parece marcar el “arte de la cuestión” en todo lo referente a la teoría del viaje. Pero todos estábamos pendientes de qué le iba a echar en cara a la autora...
Bueno: nada especial, algo que entra de lleno dentro de estos conceptos que se barajan siempre en este tipo de discusiones. Se puso revolucionario, negó la línea divisoria (aunque ya calificada de “ínfima” por la misma Almarcegui) entre el viaje y el turismo y soltó que eso del viaje no era más que un concepto de clase, de una clase adinerada que deja para las otras lo de ser turistas.
Patricia Almarcegui, como digo, no quiso entrar al trapo, redujo distancias asumiendo cosas dichas en su planteamiento por Carrión (eso de que, en el fondo, lo de la consideración del viaje en uno u otro sentido no deja de ser una categoría mental), y pasó al siguiente tema.
Fue entonces cuando Jordi Carrión, tras hablar de la pérdida de de dos de los mecanismos que tenía antes un viajero para entablar contacto con los indígenas (pedir, ayudado de un mapa, una dirección y solicitar a un paseante que le hicieran una foto frente a un monumento) volvió a valorar aspectos del libro. Elogió que, mientras la moda y manía del “selfie”, dijo, se extiende más allá de lo de hacerse así mismo con el palo o estirando el brazo una foto, y está entrando con fuerza en el mundo de la literatura, “Los mitos del viaje” demuestra que Patricia Almarcegui sigue preocupada por leer, escuchar, sentir a otros, situados más allá del propio ombligo.
¿Qué más cosas explicar de la sesión? Pues que la autora va trenzando imágenes para unir sus diferentes puntos de interés, que por el momento se traducen en unas cuantas áreas temáticas para sus libros. Una muy clara es la de ella niña, en el coche de su padre, que le llevaba a sus ensayos de danza, y su obsesión por todo ese mundo desconocido que le mostraba la ventanilla. Memoria, danza, viaje, cuadro, fotografía, cine.
Otra, su respuesta a la pregunta de Jordi Carrión sobre el empleo que da en sus viajes a la cámara: no suele hacer muchas fotos y, si en alguna ocasión hace alguna, lo es sólo para poder a través de ella luego explicar, describir cosas.
Otra más: pues que lleva ya cuatro años con la escritura de su última novela, que señala está casi terminada, y que se tratará de un libro con mucho silencio.
Y una última. Que la escritura se le queda corta y está, ya desde hace un tiempo, asistiendo a un taller con un vídeo artista para usar una cámara para explicar con ella ciertas cosas que se le hacen difíciles mediante la escritura.
Y una definitiva, pero muy personal: que me gusta mucho la naturalidad y a la vez rotundidad con la que Patricia pronuncia el nombre de su ciudad natal: Zaragoza.

Sentándose para iniciar el acto.

Concienzuda, escribiendo luego una dedicatoria.
 

jueves, 23 de enero de 2020

Ramoneda


Josep Ramoneda dice que suele funcionar por titulares. El que puso para su conferencia de ayer en el Palau Macaya, que quería responder a la pregunta sobre el papel que podían asumir las Humanidades en un futuro, no era sin embargo muy vistoso, porque necesitaba de bastante explicación adicional. Lo sacó de Marcuse y su “El hombre unidimensional”, que con esa expresión quería indicar el cambio brusco de la humanidad hacia únicamente el consumo, un camino que desde entonces no ha hecho sino avanzar.
Ramoneda explicó que a esa nueva era él le pone una fecha, 1979, el inicio del gobierno de Margaret Thatcher, quien soltó esa joya de que “La Sociedad no existe, sólo existen los individuos”. Entonces pasamos ya directamente a ser exclusivamente el hombre economicus.
A continuación lanzó un aviso, consistente en que hay que ser conscientes de nuestra contingencia, el sentido trágico de la vida, y no dejarse llevar por ilusiones infundadas. Esa locura de que se podía crecer ilimitadamente fue la que provocó la crisis del 2008, que aún arrastramos... Con este percal, continuó, solo las Humanidades pueden defender las cosas básicas. Y fue entonces cuando hizo de nuevo aparición su predilección por los titulares. Definió tres principios a tener muy en cuenta:
1/ Principio de armonía. La verdad es, en sí, precaria, y no es cierto que la posesión de la verdad implique per se un criterio de bondad.
2/ Principio de imperfección. No hay que creer eso de que el hombre es bueno por naturaleza. La maldad es también intrínseca. Siempre hay una situación social exculpatoria y si se dan alas, eso sería abrir las puertas al totalitarismo.
3/ Principio de emotividad. Es normal tener una cierta empatía con la tribu (y aquí señaló que habiendo nacido accidentalmente en Cervera, donde solo vivió sus primeros nueve años y no le queda nadie, él se siente visceralmente de ahí, y tiene la necesidad de ir a patear sus calles periódicamente). Se ha de tener en cuenta esa dimensión, pero la democracia no puede convertirse en una emocracia...
A partir de ahí, concluyó citando el imperativo categórico de Kant, que dijo admirar, queda la pregunta sobre si es posible una ética universal. Las Humanidades deben seguir ahí para saber plantearse siempre el por qué de las cosas, sin asumir directamente nada. También, ahora que el progreso al que solían ir ligadas parece haber tocado un cierto techo, sin ofrecer ya más promesas, para intentar dar sentido a las cosas.
Acabó, creo recordar, con una definición que Hannah Arendt hizo del Totalitarismo: un sistema que no deja espacio para la intimidad. En un momento en que todos volcamos miles de datos propios en las redes, entregándolos sin resistencia a quienes hacen uso ampliamente de ellos, a ver quién dice que esa intimidad está preservada y señala como pequeño el enorme peligro al que nos enfrentamos.
 


 

miércoles, 22 de enero de 2020

Los pintores expresionistas alemanes (Rfael ALgullol)

Jordi Llovet, la cultura universal y els castellers.

No me había inscrito en el seminario del Institut d’Humanitats sobre “La cultura del fin de siglo”, pero ayer -un día expresionista, según lo definió el ponente debido, claro está, al temporal de lluvia y viento que azotaba el país, que mermó hasta casi la mitad su habitual auditorio- quise asistir a la charla de Rafael Argullol sobre “Los pintores expresionistas alemanes”. No hube de arrepentirme de la decisión. Fue una sesión calmada, clara, de esas que ayudan a situar sin problema las cosas.
Jordi Llovet presentó previamente a Argullol como el conferenciante que inauguró, en los años 80, las sesiones de la institución, colaborando desde entonces sin interrupción. Estuvo divertido señalando su solidez cultural en un entorno que no parece dar muestras de valorar más que la cultura popular:
-¿Por qué se conoce la cultura inglesa? Por Shakespeare. ¿Por qué la cultura francesa? Por Montagne ¿Y la alemana? Por Goethe. En nuestro país parece que lo único que interesa dar a conocer de nuestra cultura sean els castellers...
Por lo demás, en cuanto a la charla, nos mostró unas pocas imágenes, a una per cápita, de predecesores (El último Van Gogh, el último Gauguin, Ensor, Munch) y luego de componentes del grupo Brucke (Kirschner, Jawlensky) y del Der Blaue Reiter (Kandinsky, Klee, Marc, Grosz), por los que se vio bien claramente que iban sus preferencias.
A todo el movimiento artístico lo calificó como el paradigmático, el más fundamentado en una base filosófica e intelectual, el que más repercusión, además, tendría posteriormente en todas las vanguardias. Y dejó una conclusión sobre sus tres principales características no formales, desde su punto de vista:
-Enclavado con la utopía
-Fuertemente influido por Nietzsche (muy interesante, por cierto -no tenía ni idea- lo que ha explicado de que Nietzsche era, al final de su vida activa intelectualmente, un don nadie, un outsider, sin ningún tipo de reconocimiento, reconocimiento que no llegó a existir para con él en los ambientes universitarios hasta después de la I Guerra Mundial, empezando antes en medios artísticos.
-Transición entre la tradición y el arte contemporáneo.

El Gauguin de Provenza y sobre todo la Polinesia como precursor.

James Ensor, recordando en cierto modo a ese precursor inicial en el que confluyen tantas cosas: Goya.

Autorretrato con modelo, de Kirschner.

Kandinsky, como en general todos los de El Jinete Azul, enlazados (como también hiciera cierto Goya) con el expresionismo abstracto posterior.

El jinete azul de Marc.

La Metrópolis de Grosz. Como luego en Lang, como primero en Beaudelaire, esa intuición de saber que la belleza ya no se encontrará en el mundo rural, sino en la confrontación, en los contrastes de la gran metrópolis.

Un conferenciante que midió, con tranquilidad y tino, sin aspavientos, su mensaje.
 

Sobre la guerra Irack-Irán

El inicio de la guerra fue la invasión por parte de Irak de la región de Shatt al Arab, quizás pensando Sadam Hussein que en ese momento ten...