Llucia Ramis presentando a Ignacio Martínez Pisón.
Me gusta como escribe, y me agrada que sigan habiendo novelas como las suyas, que te describen una época vivida de una forma a la que no le estás poniendo justificados escrúpulos continuos sobre su verosimilitud. Como será el caso también, seguramente, de "Derecho natural" (Seix Barral), que está ambientada durante la transición: en la Barcelona (y por la Avenida de Madrid, se ha dicho) de los años 70, en el Madrid de los 80. Además, como voy viendo que coincido con buena parte de las ideas y pensamientos reincidentes que le voy conociendo, he acudido hoy a la presentación que Ignacio Martínez Pisón ha hecho de esta su última novela en el Centro Social de la calle Urgell, a ver qué decía.
Llucia Ramis, como luego le ha afeado uno del público, le ha estado preguntando cosas relacionadas con el argumento de la novela. Como aún no la he leído (pero caerá si fuerza mayor no me lo impide), me he limitado entonces a anotar las frases felices, las cosas graciosas con que las Ignacio Martínez Pisón ha ido sazonando sus explicaciones. Así, ha hablado del "ñoño de mi narrador" (con el que luego, sin embargo, se ha identificado), ha señalado que "en la familia los agravios no prescriben nunca", que el Logroño de los años 60, en donde vivió, si llegaba a la categoría de ciudad era muy justo, pues sólo tenía un autobús ("literalmente uno sólo: no sólo una línea"). Ha hablado de esas viudas que empiezan a hablar bien de su marido justo cuando muere, y lo ha ligado con la posibilidad de rehacer entonces su historia como quería, algo a lo que casi todos nos acoplamos.
Más tarde, hablando de la investigación que está haciendo para su próximo libro (sobre un estafador que engañó a Franco con una gasolina sintética, y que fue extraditado después de la guerra mundial como si se tratara de un nazi), también ha soltado que prefiere que le hagan una clonoscopia a leer sentencias judiciales, pero, en cambio, ha tenido buenas palabras para el ordenamiento jurídico que se fue edificando durante la transición.
También ha tenido tiempo de otras cosas, como de señalar que es sobre todo cuando realmente te das cuenta de que la vida es finita ("finita no de muy delgada") cuando lo que escribes puede ser una auténtica celebración de la vida (como dice que pasa con los poemas de un poeta amigo de su juventud, que estuvo a punto de morir).
Cuando ese espectador se ha quejado de tanto preguntar de cosas que no podemos valorar, le ha preguntado a su vez sobre las estructuras de las que se ha planteado dotar a su novela, y cosas así. Se le ha visto cómodo explicando que le gusta ir pensando en qué cosas, qué pistas previas ir dando por todo el libro. Cosas que tendrán sentido, se podrán apreciar, muchas páginas después. También que repasa mucho para intentar que las frases no tengan dobles sentidos que no sean los que quiere.
Y ha dado palabras a una de las razones por las que me gustan sus novelas: Dice que siempre intenta conseguir lo que él mismo busca en las que lee: A través del relato sobre gente no particularmente relevantes dar a conocer un poco cómo fue una época.
Ha explicado que eso de poner fotos en blanco y negro en las portadas de sus libros se viene de Vila-Matas, que estaba ahí escuchándole...
Y ha desvelado que los niños de la foto de la portada son en realidad hermanos de su editora. Iban buscando una foto "como esa", y al final pensaron que no encontrarían otra que dijera lo que ésta.










