miércoles, 29 de marzo de 2017

Derecho Natural (Ignacio Martinez de Pisón)

Llucia Ramis presentando a Ignacio Martínez Pisón.

Me gusta como escribe, y me agrada que sigan habiendo novelas como las suyas, que te describen una época vivida de una forma a la que no le estás poniendo justificados escrúpulos continuos sobre su verosimilitud. Como será el caso también, seguramente, de "Derecho natural" (Seix Barral), que está ambientada durante la transición: en la Barcelona (y por la Avenida de Madrid, se ha dicho) de los años 70, en el Madrid de los 80. Además, como voy viendo que coincido con buena parte de las ideas y pensamientos reincidentes que le voy conociendo, he acudido hoy a la presentación que Ignacio Martínez Pisón ha hecho de esta su última novela en el Centro Social de la calle Urgell, a ver qué decía.
Llucia Ramis, como luego le ha afeado uno del público, le ha estado preguntando cosas relacionadas con el argumento de la novela. Como aún no la he leído (pero caerá si fuerza mayor no me lo impide), me he limitado entonces a anotar las frases felices, las cosas graciosas con que las Ignacio Martínez Pisón ha ido sazonando sus explicaciones. Así, ha hablado del "ñoño de mi narrador" (con el que luego, sin embargo, se ha identificado), ha señalado que "en la familia los agravios no prescriben nunca", que el Logroño de los años 60, en donde vivió, si llegaba a la categoría de ciudad era muy justo, pues sólo tenía un autobús ("literalmente uno sólo: no sólo una línea"). Ha hablado de esas viudas que empiezan a hablar bien de su marido justo cuando muere, y lo ha ligado con la posibilidad de rehacer entonces su historia como quería, algo a lo que casi todos nos acoplamos.
Más tarde, hablando de la investigación que está haciendo para su próximo libro (sobre un estafador que engañó a Franco con una gasolina sintética, y que fue extraditado después de la guerra mundial como si se tratara de un nazi), también ha soltado que prefiere que le hagan una clonoscopia a leer sentencias judiciales, pero, en cambio, ha tenido buenas palabras para el ordenamiento jurídico que se fue edificando durante la transición.
También ha tenido tiempo de otras cosas, como de señalar que es sobre todo cuando realmente te das cuenta de que la vida es finita ("finita no de muy delgada") cuando lo que escribes puede ser una auténtica celebración de la vida (como dice que pasa con los poemas de un poeta amigo de su juventud, que estuvo a punto de morir).
Cuando ese espectador se ha quejado de tanto preguntar de cosas que no podemos valorar, le ha preguntado a su vez sobre las estructuras de las que se ha planteado dotar a su novela, y cosas así. Se le ha visto cómodo explicando que le gusta ir pensando en qué cosas, qué pistas previas ir dando por todo el libro. Cosas que tendrán sentido, se podrán apreciar, muchas páginas después. También que repasa mucho para intentar que las frases no tengan dobles sentidos que no sean los que quiere.
Y ha dado palabras a una de las razones por las que me gustan sus novelas: Dice que siempre intenta conseguir lo que él mismo busca en las que lee: A través del relato sobre gente no particularmente relevantes dar a conocer un poco cómo fue una época.

Ha explicado que eso de poner fotos en blanco y negro en las portadas de sus libros se viene de Vila-Matas, que estaba ahí escuchándole...

Y ha desvelado que los niños de la foto de la portada son en realidad hermanos de su editora. Iban buscando una foto "como esa", y al final pensaron que no encontrarían otra que dijera lo que ésta.
 

domingo, 26 de marzo de 2017

Werner Herzog


No suelo prestar atención a los anuncios, pero me he fijado que en Facebook me aparece constantemente uno con la cara de Werner Herzog, que ofrece una “master class”. Tras eso, viendo cómo se iniciaba el montaje preparado ayer noche en el Kosmópolis del CCCB (Werner Herzog hablando en una tarima con un ceceante Paul Holdengräber –quien ya ha tenido con él alguna que otra vez esa experiencia- sobre su última –y no muy elogiada- película de ficción, de la que se pasaba algún fragmento), me he escamado un poco, temiéndome lo peor: una representación, unos bolos ya requeteensayados, cubriendo el expediente.
Poco a poco he ido erradicando esa sesación, y transcurridas más de dos horas de charla, hasta he disculpado que, mientras se proyectaba un fragmento de una película suya filmada en la jungla, Herzog se acercase a Holdengräber para decirle en el oído que no admitiera preguntas del público: debía estar agotado. Aún así después todavía se ha vuelto a sentar para hablar sobre su experiencia en Corea del Norte, a donde dice que le gustaría volver para rodar una segunda película, y para responder a la pregunta de un filósofo amigo: ¿De qué tienes miedo? Su tajante “A nada”, dado lo vivido por él hasta el momento, no me ha parecido arrogante, y me lo he creído.
De cosas más o menos anecdóticas se ha pasado previamente a hablar de los grandes problemas que afectan al planeta: “Hemos tardado unos 8000 años para domesticar a todos los animales, y ahora no dominamos muy bien el mundo. No digo que se deba volver a vivir como en el Paleolítico, pero habría que hacer algo, y no mantener una estúpida mirada naif. Las cosas no pueden acabar bien como sucede en las películas americanas.”
Ha hablado bastante del papa Benedicto XVI, del que le impresionó que en su visita a Auschwitz se preguntara hasta tres tres veces en voz alta “¿Dónde estaba Dios cuando pasó esto?” Dice que se le veía su miedo, evidenciando su pérdida de fe. Según él, por eso dimitió.
Otra cosa que he anotado: Dice no tener un Smartphone, que es una persona analógica, y quiere ver directamente a la gente con la que habla, como nos estaba ahí viendo. Que cree firmemente que los niños han de construir casas de madera con sus manos, no únicamente a través de una aplicación de su teléfono.
Los grandes temas han ido desfilando, y uno de ellos ha sido, curiosamente, el fútbol, del que es un aficionado de esos que se fijan en los movimientos genéricos. Ha alabado a Busquets, porque “es de esos jugadores que saben leer el juego”. Vio el partido del otro día entre el Barça y el París St. Germain, en el que el club blagrana recuperó un 4-0 en contra. Pues bien: señala que después del milagro de esos tres últimos goles posteriores al gol de los franceses que dejaba la cosa en 3-1, y la necesidad para el Barcelona de meter unos imposibles tres goles en diez minutos si quería salvar la eliminatoria, se debería haber cerrado el estadio durante todo un año, para poder pensar en ese hecho extraordinario.
Entre gran y gran tema ha habido tiempo también para que leyera fragmentos de sus escritos al público que abarrotaba el hall del CCCB y una sala anexa desde donde lo veían en streaming. Y también hasta para lo más peregrino, como para señalar que todos los grandes directores son siempre gente que ha leído mucho, para explicar cómo se hipnotiza una gallina (cosa que ya hizo en “Gaspar Hauser”), para asegurarnos que él es de lo más sano que puede encontrarse en Hollywood, donde hay mucho enfermo, o para decir que si le acaban poniendo una camisa de fuerza ese podría ser un buen final para su carrera.
Explico una última cosa de las que ha soltado –ésta de gran interés para cineastas-, tras indicar su creencia en que los hechos no llevan siempre, como norma, a la realidad: Que él suele inventar cosas en sus documentales. No para despistar, sino para profundizar.

La silueta de Werner Herzog ante la pantalla donde se proyecta una escena de uno de sus films, en la que unos monjes tibetanos vana meditar ante las vistas del Sky line de Chicago desde el Planetario.

Los dos en el escenadio vistos en el reflejo del cristal de la cabina del traductor instantáneo, cuyo rostro se aprecia ligeramente.

Acabada la sesión fue asaltado por multitud de gente para que les firmara en alguno de sus libros, cosa que hizo pacientemente y con la sonrisa en la boca. En la imagen, firmando un póster de "El enigma de Gaspar Hause" que le tendió un espectador.
 

sábado, 25 de marzo de 2017

Pierre Lemaitre y John Banville

Al aparecer en el estrado. Los he visto llegar, acompañados de dos chicas, por la calle, bajo paraguas. Lemaitre, decidido, precedía el cortejo. Incluso ha entrado en el sitio equivocado. Banville, más discreto, lo cerraba. Eso ya daba una idea del carácter que después podría deducirse de sus respectivas intervenciones. La de uno explosiva, la del otro igualmente con cargas de profundidad, pero bajo una espesa capa de socarronería. No en vano Irlanda es también una de las islas británicas...


No he leído ni al uno ni al otro, pero fui a acompañar a Teresa, que sí a ambos, en uno y otro tipo de sus novelas. Fue ayer en el CCCB, dentro de Kosmópolis. Dos autores que han practicado tanto la novela negra como la novela tout court, pero en orden inverso. Pierre Lemaitre empezó, a una edad tardía, con novelas policiacas, para luego empezar a escribir otra cosa. John Banville, después del éxito de sus alaboradas novelas, se puso, bajo el pseudónimo de Benjamin Black, a escribir también novela negra.
Prácticamente todo el coloquio ha versado sobre esto. John Banville dice que hizo el salto impresionado de lo que veía que podía hacer Simenon. Dice, no obstante, escribir mucho más rápido las novelas de Black, frente a las de Bainville, escritas minuciosamente, con “papel y pluma”. Pierre Lemaitre, por su parte, dice que empezó a escribir novela policiaca porque era lector de ese tipo de literatura, y veía que se leía muy facilmente, pensando que así también sería en cuanto a su escritura. Cuando vio que no era así, su cabezonería y el ver que había bastante dinero por el medio a ganar –asegura- le hizo seguir.
Me ha gustado Anna Guitart, que hacía de moderadora, preguntando astutamente un par de cosas mediante las que obligar a estar atentos a sus entrevistados y hacer que no se dejaran ir por el camino fácil, dejando el automático puesto. Así, a Bainville le soltó que estaba muy bien decir cosas tan bonitas del género negro, pero que curiosamente le había leído decir sobre sus otras obras que escribe “obras de arte”, mientras que nunca le ha oído decir lo mismo sobre las de género. Y a Pierre Lemaitre, cuando ha celebrado que ya se está acabando la moda de “esa desastrosa novela negra escandinava, literatura depresiva donde la haya”, le ha recordado que a él precisamente le habían presentado como “el nuevo Stieg Larson”…
Sobre el éxito de la novela negra (Más de una curta parte de las publicadas en Francia, según Lemaitre) los dos han estado de acuerdo en que esto suele pasar en épocas de crisis. Bainville ha añadido que estamos en época rebosante de violencia, y ha aprovechado para lanzarle un recado cariñoso a Trump: “La violencia últimamente se ceba sólo en países libres (Canadá…). En régimenes fascistas como el suyo deben pensar que ya no es necesario un crimen en serie, pues de eso ya se encargará el gobierno.”
Sólo al final hablaron de temas genéricos sobre escritura. Lemaitre ha explicado que lo que más le cuesta es siempre el primer capítulo. Para su ultima novela, que ahora presenta, necesitó para el definitivo capítulo inicial de 23 versiones. Bainville confirmó que el principio del libro es el que dará la tonalidad del resto, pero rebajó ese momento difícil al primer párrafo y acabó como Lemaitre: “Una vez conseguido ya está. Sólo queda escribir el libro.”
Ha dado la sensación de corto. No habrá durado ni una hora, y en ese tiempo, descontado el necesario calentamiento, es difícil hacer que entren en profundidades, más allá de promocionar indirectamente sus últimos libros. Pero el público se ha retirado dócilmente, con la sonrisa en la boca, hacia el tremendo aguacero que ha golpeado Barcelona (la rampa de descenso a la subterránea entrada del hall del CCCB era un rápido, y al dejar la puerta debías sortear un buen charco), haciendo cola previamente para devolver los aparatos de la tradución simultánea para la multilingüe conversación. Quizás ya querían levantar sus posaderas de las sillas tijera en las que habían reposado bastante más tiempo, pues el inicio del acto se retrasó bastante, yo creo que precisamente para el montaje y puesta a punto de una tercera cabina de traducción simultánea.

Anna Guitart, presentando a ambos. Ya habían preparado la paradita de libros y ese aparador al borde del escenario.



 

Sobre la guerra Irack-Irán

El inicio de la guerra fue la invasión por parte de Irak de la región de Shatt al Arab, quizás pensando Sadam Hussein que en ese momento ten...