viernes, 21 de octubre de 2022

Ramon Llull (Francesc Torralba)


Me perdí la sesión del pensamiento hindú y la del griego, pero ayer acudí por fin a la que seguía en el seminario de filosofía que ha organizado Pere Montaner en Betulia.
Por suerte, sabiendo que ha encargado los diferentes temas a conferenciantes de valía, no miré bien a qué sesión concreta correspondía, porque si lo llego a saber posiblemente se me habría hecho más penoso el recorrido de metro en hora punta hasta Badalona. No en balde iba de las ideas que, aunque de forma más bien bruta, nos machacaron en nuestra tierna infancia y juventud: el pensamiento cristiano, con el subtítulo aclaratorio de filosofía y teología medieval.
A sala casi llena, hicieron acto de presencia el organizador y Francesc Torralba. Mientras el primero efectuaba la introducción, ligando a Platón con San Agustín, miraba yo el rostro -serio- y los gestos -austeros, con un cierto ramalazo a los que ofrecían los tecnócratas del plan de desarrollo de los años 60- del catedrático de la Ramon Llull.
Empezó citando a Ortega (“La claridad es la cortesía del filósofo”) y, desde luego, tras una hora de ordenada explicación, vocalizando perfectamente, intentando expresar lo que los asistentes podían llevar en sus mentes para limar posibles barreras, creo que no hubo nadie que no saliera diciendo lo bien que se explicaba. Quizás sólo alguno, en pequeño comité, encontró que quizás se escuchaba a sí mismo demasiado (¿para ver si realmente resultaba tan claro como pretendía?)
Pese a decir que se focalizaría en Ramon Llull, lo cierto es que pasó la mitad de su tiempo hablando del pensamiento cristiano en genérico, rechazando que fuera un pensamiento único, pues lo había de todos los colores, y asegurando que abarcaba desde el siglo I hasta nuestros días, pese a reconocer que era el periodo medieval el de su esplendor.
Sobre los pensadores cristianos medievales en general, corroboró que todos partían de la existencia de Dios, creador del mundo, que en su gran mayoría eran religiosos que profesaban obediencia a diferentes órdenes y resumió señalando que partían de Grecia (Platón, sólo más tarde Aristóteles, traducido por los musulmanes) para explicar Jerusalén.
En cambio Llull tuvo la originalidad de ser laico y, frente al uso del latín como lengua franca, fue un precursor, escribiendo y labrando la prehistoria de la lengua catalana.
Prácticamente sólo le dio tiempo de dar los nombres de sus libros más prestigiosos y un ligero barniz sobre su contenido:
En el “Libro del gentil y los tres sabios”, el gentil hacía una serie de preguntas junto a una fuente a cada uno de los tres sabios: cristiano, judío y musulmán.
Llull decía, como es normal en la época, que el mundo era obra de Dios. Conociendo el mundo, pues, algo sabremos de su creador. Y que todas las criaturas (y ahí hay mucho de San Francisco) reflejan el mundo de Dios.
El mundo, decía también Llull, es un orden escalonado. En la base se halla la piedra, sobre ésta, el fuego. En el siguiente escalón está la planta, Encima, el animal, el hombre, el ángel (escribió toda una Angeología) y Dios, que sería el nivel superior. El hombre estaría, pues, entre el nivel de ángel y el de animal, a veces oscilando entre uno y otro.
Muy al tanto de las preocupaciones emergentes, se apresuró a comentar que según Llull Dios es padre, pero también madre, lo que, según él, lo preservará de cualquier ataque de las feministas.
Más caracterización por Torralba del pensamiento de Llull:
-El hombre tiene la capacidad de pensar y la de amar (la “amancia”). Otra cosa es que lo haga o no.
-Tiene frases como la tan certera de que “triste vive el que no desea”
-La Historia es un camino, un éxodo, hacia una tierra prometida, único lugar donde puede existir la felicidad eterna. Pero no sabemos si iremos o no allí: pasaremos antes por un juicio decisorio.
Ya en el coloquio final, emparentó el “Libro de Amigo y Amado” (el Amado es Dios) con la gran literatura mística de San Juan De la Cruz, y asignó a su enorme creatividad, que destaca entre los de su época, las razones por las que, con su uso de las imágenes del árbol, de la escalera, tenga ahora tanto predicamento entre artistas, incluso muy alejados del cristianismo. Por ahí recordaba yo al último Godard, aunque no he encontrado por Internet precisión y pruebas de ello que quería aportar.
Espero la próxima sesión, dedicada a la revolución científica, para ver si encontramos otra salida pensante más operativa.




 

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