sábado, 2 de abril de 2022

La Geopolítica de l’Europa de l’Est: La guerra a Ucraïna


Ayer fue la noche de la Geografía 2022, que se celebra a nivel internacional. Aquí se optó por derivarla hacia la geopolítica, lanzando una mirada sobre las bases del conflicto actual en Ucrania. Fue la mesa redonda “La Geopolítica de l’Europa de l’Est: La guerra a Ucraïna”, organizada por la Societat Catalana de Geografia, el Col.legi de Geògrafs y la Associació de Geògrafs Profesionals de Catalunya, por suerte con un plantel de cuatro ponentes que en seguida despejaron todas las dudas sobre si íbamos a presenciar un bla bla bla de sentidas opiniones mil y una vez oídas. Todo lo contrario.
Josep Puigsec, profesor de Historia Contemporánea de la UAB, se encargó de hablar en reducidos minutos de la historia previa a 1991. Empezó señalando el origen común de los rusos y ucranianos, surgiendo con el tiempo diferencias religiosas (con el distanciamiento del patriarca de Kiev y el de Moscú) y lingüísticas.
Sobre todo en el siglo XIX se desarrolla un paulatino proyecto de expansión ruso, en competencia con Polonia y el Imperio Austrohúngaro. No es hasta la revolución rusa cuando llega, con el comunismo, una fuerte ucranización. Bajo la bandera de Ucrania se identifican entonces grupos muy variados, incluida una extrema derecha nacionalista.
Durante la II Guerra Mundial la destrucción se ceba con Ucrania. Es el territorio que ha visto la invasión de Alemania, que ocasionó deportaciones y muertes muy elevadas y, luego, el de la expulsión del ejército alemán.
Granero de la URSS, con minas de, por ejemplo, el ahora tan buscado Litio, tuvo bajo la Unión Soviética una fuerte industrialización, que hace que hasta este mismo año importantes piezas de los aviones rusos se fabricasen ahí.
Kruschev fue quien, en un momento de fuerte cohesión de la Unión Soviética, entregó al Estado de Ucrania la península de Crimea, tradicionalmente siempre rusa. Otro tanto sucede con la zona del Donbas.
Viendo la historia del país, siempre azotado por fuertes luchas, la guerra actual no puede decirse que sea una sorpresa -acabó Puigsec.
La historia más reciente, desde 1991 hasta nuestros días le tocó en suerte a Abel Riu, especialista en geopolítica y en el espacio postsovietico en el Catalonia Global Institute.
Nos pintó inicialmente de una forma muy clara las razones por las que el proceso de disolución de la URSS no derivó en un baño de sangre en Ucrania (de hecho apenas hubo conflictos bélicos entre Estados), sino produciéndose de forma bastante civilizada. Gran parte fue debido, nos explicó, al interés de Boris Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, de sacarse de encima a Gorbachov, entonces Jefe de Estado de la Unión Soviética. La forma más fácil que vio de conseguir eso fue deshaciéndose de todos los estados no rusos. Fue así como se llegó al acuerdo de disolución de la URSS entre los presidentes de sus tres Estados fundadores: Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
Pero una serie de cuestiones quedaron no resueltas en esa disolución:
-La propia identidad nacional ucraniana, pues el estado no era sino una mezcla de componentes de difícil conjunción.
-No quedó muy claro donde acababa Rusia y empezaba Ucrania.
-No estaba definido en qué espacio superior iba a encuadrarse Ucrania.
Así las cosas, unos referéndums en las zonas “rusas” dejaban claras las preferencias de sus habitantes hacia esa otra identidad. Pero no sé recorrió ningún paso en esa dirección y llegó (2004) la “revolución naranja”. Ésta provocó la construcción de todo un relato nacionalista, dejando de lado todo lo pensado -pero no ejecutado- sobre el Este y el Sur del país.
Surgió entonces la apuesta por la integración en la Unión Europea y, en 2008, la petición de entrada a la OTAN, pese a que la mayoría de la población era contraria.
En 2010 hubo un cambio de gobierno, que la terminología al uso etiquetó como “pro-ruso”, cuando verdaderamente lo que en un principio intentó Yanukovich hacer fue volver al paradigma previo. Inició la negociación para la asociación con Europa, pero -completó Abel Riu- “no le salieron los números”. Y entonces estalló Maidán, con una primera manifestación de unas doscientas personas a las que poco a poco se le fueron incorporando cantidad de grupos y asuntos de muy diverso tipo, incluida una fuerte implicación de grupos de extrema derecha nacionalistas, que son los que ahora permiten decir a Putin que ha ido, entre otras cosas, para desnazificar el país.
Tras la revolución hubo un cambio de poder, ilegal según la constitución del país. Y entonces se dio el “antimaidán” en las zonas del sur y del este del país, donde un 70% de la población se mostraba contraria al nuevo gobierno. La represión gubernamental fue brutal, Rusia invadió entonces Crimea y tras fuertes luchas que dieron con el orden de unos quince mil muertos (¡para una población total de 5 millones de habitantes!) la guerra por las zonas del este no finalizó, pero sí se estancó. Los acuerdos de paz a los que se llegó (tendentes a una serie de libertades en esos territorios) nunca se implantaron.
Pasado el tiempo, llega ahora la invasión del ejército ruso. La opinión de Riu es que Putin tuvo un error de cálculo, creyendo que la guerra sería rápida y que el ejército ruso sería recibido como héroes, como sucedió en Crimea y Donbas hace unos años.
La pregunta que se hizo en voz alta Carme Colomina, periodista e investigadora del CIDOB que cerró el turno de palabras, fue ¿por qué ahora?
Toda su intervención fue en la dirección de señalar el profundo giro que está efectuando el mundo entero. Estamos -señaló- en un mundo en transito, pasando a enumerar la larga lista de lo que está ahora en proceso de cambio…radical.
Una de las cosas que indicó es la ambigua y hasta contradictoria posición de una Europa que, mientras en 2016 daba luz a su primer documento sobre Estrategia de Seguridad Global, en el que dejaba de tener a Rusia como interlocutor preferente en la negociación comercial, pasando a ser “un peligro”, al mismo tiempo se incrementaba mucho la dependencia energética suya. La retórica por un lado, los hechos por el otro.
Previamente, Albert Orta, doctorando en Geografia Política y Urbana, intentó hablar del valor que la Geografia puede aportar a la Política Internacional, explicando por qué apenas hay geógrafos trabajando en ella.
La mala reputación de la geopolítica, explicó, viene de su nacimiento en el momento de la gran competición de los Estados entre sí por diferentes territorios, una vez completada la gran expansión colonial, sin nuevas tierras que “descubrir”. De ahí la frase de Yves Lacoste: “La Geografia sirve para hacer la guerra”. Los nazis, con su historia del “espacio vital”, no arreglaron, precisamente, la mala fama.
¿Qué hacer- se preguntó a continuación Orta- para acabar con esa mala fama? Él ve dos posibilidades:
1/ Tener una posición crítica versus el discurso dominante.
2/ Trabajar para otras cosas que no sean la guerra. Es decir, trabajar por la paz.
Y entonces aportó la respuesta de Koprotkin -él mismo geógrafo- a la pregunta sobre qué habría que ser, que habría de hacer la Geografia:
-Enseñar que todos somos hermanos, eliminar prejuicios, hacer ver que todos podemos aportar algo.
El debate llegó con más intensidad, si cabe, que las exposiciones.
Las respuestas de la mesa a la pregunta del moderador, el periodista y geógrafo Roger Solé, sobre cómo veían la posibilidad de que realmente acabemos en una tercera guerra mundial no dejaron tranquilo a nadie. Es decir: se explicó que ninguno de los actores estaba interesado en una guerra larga… pero añadiendo que a medida que se vaya alargando, mayor es la posibilidad de un accidente. Abel Riu fue quien dio una respuesta, a mi entender, más intranquilizadora: Centró el peligro en una posible reconquista de las tropas ucranias que obligasen a retroceder en el Este a un ejército ruso que no puede de ninguna manera perder la guerra. En esas circunstancias Putin vería bien una escalada, con posibilidades altas de emplear bombas atómicas (de alcance reducido y mucho menos de lo que pensamos).
Otras cosas que surgieron en el debate fue, aún considerando a Putin como el punible desencadenante del conflicto actual, el nefasto papel de Estados Unidos con sus acciones previas, la penosa decisión actual de la Unión Europea de sacar dinero para armas del fondo existente para el establecimiento de la paz y la voluntad de los estados miembros de incrementar drásticamente su presupuesto bélico, la oportunidad histórica perdida de hacer las cosas de otra manera en un momento en el que hasta llegó a existir la petición de Yeltsin de entrada de Rusia en la OTAN: no sólo no se le aceptó la petición, sino que tuvo que ver cómo metieron en ella a todos sus vecinos. De estos polvos llegaron estos lodos.





 

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