Hace muchos años de sus intervenciones en "La Clave" y otros buenos programas culturales de la televisión de aquel entonces, pero Ian Gibson curiosamente no ha cambiado tanto. Continúa apoyando pasionalmente las convicciones a las que le llevan sus ideas e investigaciones, convenciendo a diestro y siniestro, aunque en esta ocasión le he llegado al final a oír un modesto "pero a lo mejor me equivoco".
Hoy estaba, traído por la Llibreria Vitel.lia, en la sala de actos del Ayuntamiento de L'Escala, llena para la ocasión, en la que le iba haciendo unas muy atinadas preguntas y encauzando su enorme flujo de información el periodista Víctor Fernández. Venía con la excusa de una revisión y nueva edición de sus libros sobre Lorca y Dalí, y le ha dado tiempo hasta de hablar de su inconclusa biografía sobre Luis Buñuel, debido a que se secaron las subvenciones aragonesas con las que contaba para la investigación.
Tiene muchas tablas, y lo ha demostrado la mar de bien hoy. Se ha ganado al auditorio nada más arrancar, con un elogio encendido a la zona ("por la que entraron los romanos a poner orden en el caos de la Península Ibérica"), hablando del origen etimológico de la palabra España (Tierra de Conejos para los cartagineses) y lamentando el olvido de Portugal, "una Cataluña por el otro lado", en los mapas del tiempo de la televisión española.
Cuando Gemma García, de la librería Vitel.la, ha hecho un apunte de su biografía, ha lanzado alguna aclaración complementaria, muy bien narrada, que ha acabado de conquistar al público. Cualquiera ha podido visualizar, por ejemplo, la impresión que le causó en su juventud leer el "Romance de la luna" de Federico, en un volumen de poesía española que llegó a sus manos. Quedó hipnotizado, ha explicado, con ese niño obsesionado con la luna, que era también su muerte. Tanto es así que se puso a aprender castellano para poder leer a Lorca en su idioma, y encaminó su tesis, con estancia de cuatro meses en Granada, hacia las raíces rurales del poeta. Hasta que vio clara -ha seguido- la obligación moral que tenía de investigar quienes fueron los que lo asesinaron.
Con Víctor Fernández ha ido trazando un recorrido a tres bandas, Dalí, Lorca y Buñuel, empezando por el de su encuentro, en la Residencia de Estudiantes. Una vez en su bolsillo los asistentes, Gibson ha podido explicar sin percances la sorpresa de Dalí al llegar a Madrid, de la que nada bueno se esperaba, Velázquez y Goya al margen, procediendo de una Barcelona mucho más cosmopolita, y con una Galería Dalmau que Madrid ni por asomo tenía. Se encuentra en una institución de nivel europeo, única en España, y con unos amigos increíbles, que le influirán para toda su vida.
Por su parte, en la Residencia, sus amigos de El Rinconcillo (de la cafetería de Granada) van anunciando la buena nueva de la próxima llegada de un ser excepcional, irrepetible, que pronto conquista a todo el mundo: Federico García Lorca, quien vencía hasta el rechazo de los que se apartaban de él -cosa frecuente hasta en la Residencia- por su evidente homosexualidad en cuanto se ponía a recitar su poesía o a tocar el piano, cantando.
La conversación se ha centrado mucho en el tema de la homosexualidad o no de las tres personalidades. "La única diferencia entre Salvador Dalí y un loco es que yo no estoy loco", ha explicado que decía Salvador Dalí, tras haber leído en Freud que la paranoia era una defensa contra la homosexualidad, a la que temía casi tanto como Buñuel, quien en sus memorias nunca habló de la declarada de su hermano. También ha contado lo que le dijo un Dalí con sus condiciones físicas ya muy deterioradas, entubado lo indecible: Que Margarita Manso, joven y libre, fue la que se situó en una ocasión en la cama entre Lorca y Dalí. "Como yo no quería que Federico me hiciera el amor, él lo hizo por única vez con una mujer, interpuesta entre los dos. Ha habido más sobre este tema, pero llevaría demasiado espacio reproducirlo. Únicamente no dejar en el tintero esa imagen de Eluard enseñando orgulloso a sus amigos, Dalí incluido, la foto de su mujer, Gala, desnuda: "Rusa, es rusa", se ve que iba diciendo, pavoneándose, mientras mostraba la imagen.
Luego han pasado a hablar del tema, aún no resuelto, de la muerte de Lorca. Nos hemos hecho una idea del percal de gente como Ramón Ruiz Alonso, padre de Emma Penella y Terele Pavez, que, tras lo que le confesó finalmente Emma, le obligó a cambiar el título de su libro "El hombre que detuvo a García Lorca" por el de "El hombre que delató a..." O como Juan Luis Trescastro, a quien se le oyó comentar al día siguiente en Granada un "Acabamos de matar a Federico García Lorca. Yo le he metido tres balas por el culo".
Pese a lo trágico del tema, la cosa ha acabado con risas cuando ha recordado las diferentes ocasiones en que Lorca había representado a sus amigos su propia agonía, muerte, entierro y putrefacción, para quitarse de encima el miedo que siempre tenía de la muerte y poder entonces dormir bien. O, hablando de las eternas dudas de los investigadores biógrafos, la que le sembró la enfermera que cuidaba a Dalí en sus últimos días, diciéndole que sólo repetía "Lorca, Lorca, Lorca". "Estoy convencido que lo decía por el poeta de Granada, pero claro, puede entrarte la duda, ya que el alcalde de Figueres de aquel entonces se llamaba también así..."

