lunes, 28 de octubre de 2019

Holderin


Andreu Jaume iba hoy a hablar de Hölderlin en el CCCB como sustituto de la prevista Alda Miguez, pero a fe que se sabía el tema, porque ha dado una conferencia redonda, que me ha servido la mar de bien como introducción al poeta alemán.
Ha repartido un poema -“A mitad de la vida”- al entrar:
Con peras doradas y llena
de rosas silvestres cuelga
sobre el lago la tierra,
cisnes encantadores
y ebrios de besos
hundís la cabeza
en el agua sobria y sagrada.
Pobre de mí, ¿dónde, cuando
llegue el invierno, tendré flores, y dónde
la luz del sol
y las sombras de la tierra?
Los muros se elevan,
fríos y sin habla, al viento
chirrían las veletas.
Yo la he leído e interpretado pensando eso de que cuando uno empieza a hacerse mayor ya ve las cosas de otra manera, pero él ha esperado al final de su recorrido por su vida, dando las claves de su obra, para leerlo, y han salido entonces muchas más cosas.
La idea que ha trasmitido en la conferencia ha partido de hablar del cambio profundo que se da en todos los órdenes a finales del XVIII, principios del XIX, colocando al poeta como a caballo entre clasicismo y romanticismo. Ha definido a Hölderlin como poeta incomprendido en su época, no habiéndose empezado a comprenderlo hasta bien entrado el s. XX.
Después de alguna primera nota biográfica (Pietista, estudios de teología y filosofía y literatura griega en Tubinga, impacto de la revolución francesa, escritura de su más popular libro, “Hiperión”), se ha puesto a hablar de sus tres intentos de tragedia sobre Empedocles que, según Jaume, reflejan la decepción por el sueño revolucionario, convertido en un mar de sangre.
Más datos biográficos (decisión de no ejercer de pastor protestante, empleos como preceptor en familias de muchos sitios, enamoramiento de Susette que marcan el inicio de sus desequilibrios mentales) y ha centrado ahí (coincidiendo con sus traducciones de Sófocles) su producción literaria más valiosa, antes de perderse en el mundo de la locura (tratamiento en la clínica mental de Tubinga, rescate por parte de un ebanista amante del Hiperión que se lo lleva a su casa, en cuya torre junto al río Neckar permanecerá treinta y tantos años, hasta su muerte). Hasta la locura, su vida había sido errante, una huida constante, de todo: de su casa, de su familia, de su papel como pastor protestante, de otras obligaciones,...
Ha definido sus poemas más interesantes como himnos al abismo, diciendo que se pasa en ellos de la muerte al estilo griego a la muerte del hombre de hoy, la modernidad. Una “modernidad” ya alejada de Dios, donde se da una muerte vulgar. Y ahí ha vuelto a poner un verso suyo:
“No todo lo pueden los celestiales. En efecto, antes alcanzan los mortales el abismo”.
Los poetas, desorientados si se quiere, son los nuevos dioses de esa modernidad.


 

martes, 22 de octubre de 2019

¿Para qué sirve la Historia de la Filosofía?


¿Para qué sirve la Historia de la Filosofía? Ésta ha sido la pregunta que Jordi Ibáñez ha lanzado a los dos participantes de hoy en el ciclo “Genealogías de pensamiento. El legado del Col.legi de Filosofía”.
Quienes debían responder eran un cartesiano de 85 años, Pere Lluís Font, y un prestidigitador del lenguaje de bastantes menos, Jesús Hernández Reynés. Cada uno lo ha hecho de una forma que yo diría que justificaría el calificativo que les acabo de adjudicar.
Pere Lluís Font ha empezado respondiendo sin dilación, directo: “Para aprender el oficio de la Filosofía”. Es algo que me ha sonado muy parecido a lo que oí que se decía hace bastantes años (luego las cosas han cambiado mucho, para bien) respondiendo a la pregunta de “¿para qué sirve estudiar geografía?: para enseñar geografía”. Él ha aclarado un poco su frase, diciendo que la Historia de la Filosofía es el laboratorio del filósofo, puesto que en ella se encuentra todo y lo único que debe hacer el filósofo es repensarlo desde hoy.
A continuación ha desmenuzado de forma ordenada (como decía Descartes que debía hacerse con un problema para analizarlo) la cosa explicándola atendiendo a varias de sus facetas. Así, ha señalado por ejemplo que sirve para tener una referencia, un lenguaje común a partir del que discutir y ponerse de acuerdo; para ofrecer todo un arsenal de modelos, de instrumentos con los que trabajar; como antídoto contra el dogmatismo (indicando, en este sentido, que es aconsejable pasar entonces más tiempo con los filósofos adversarios que con los amigos) o simplemente por el placer de participar en un diálogo inacabable.
Si bien estoy acostumbrado a respuestas tan concisas, claras y estructuradas, no lo estoy en absoluto al brillante juego con el lenguaje y pensamiento que ha supuesto la respuesta de Jesús Hernández Reynés. Digo esto porque puedo meter el remo explicando lo que -fascinándome de su respuesta- he entendido, que puede estar profundamente equivocado.
Lo ha basado todo en lo que se ve dijo Aristóteles que debía ser la Filosofía: totalmente inútil, porque lo útil implica esclavitud. Aplicando ese concepto no a la Filosofía, sino a la Historia de la Filosofía, que no sería sino la Filosofia en el tiempo, ha empezado a preguntarse en voz alta qué pasaría si se hiciera un uso libre de la filosofía. Su respuesta: filosofar.
Ha vuelto a poner la referencia de Aristóteles, quien se ve que siempre trabajaba con la dualidad amo-esclavo. ¿Podrían los esclavos alguna vez liberarse? Aún admitiendo la posibilidad de una liberación individual, ha señalado la liberación colectiva de la esclavitud como dudosa, explicando que Aristóteles tenía claro que era imposible.
Si se hace historia de la filosofía -ha continuado razonando- se estaría asumiendo una esclavitud, porque la dimensión amo/esclavo está inherentemente unida al acto de hacer obra.
Por el contrario, un uso libre de la historia de la filosofía comportaría no sacar lecciones de la misma, destruir todo tipo de mapas construidos para su interpretación, acabar con cualquier canon existente.
Oír esta brillante y sugerente explicación no ha debido agradar demasiado a la audiencia, porque han llovido preguntas (o, mejor, esas mucho más frecuentes y terribles “reflexiones” -sic-) que, interpretándola -erróneamente, pues a mi parecer destila una propuesta de actuación profundamente vivificante- como algo de un nihilismo insoportable, se han apresurado, para compensar, a dar una opinión convenientemente edificante, que es lo que suele tener siempre buena aceptación, de la función de la Historia de la Filosofía.
Finalmente, tras oír de nuevo una reflexión de Pere Lluís Font sobre lo que ofrece la Historia de Filosofía, Jesús Hernández Reynés ha estado de acuerdo en nombrar algo: experiencia.

 

miércoles, 16 de octubre de 2019

Genealogías de pensamiento. El legado del Col·legi de Filosofia

Antoni Vicens casi tapa al joven de la foto, cuyo aliento, ha señalado, notaba en su nuca.

No es del todo cierto, porque si me empiezan a rascar un poco en esos campos, en seguida hago aguas, pero en teoría yo debería tener raíces más bien científicas y técnicas. Digo esto porque lo que sí está claro es que si me meto en el área de la Filosofía y el Psicoanálisis, me siento como un pulpo en un garaje.
¿Qué hacía yo hoy, pues, en la sesión correspondiente de “Genealogías de pensamiento. El legado del Col·legi de Filosofia”, que navegaba entre esas dos aguas? Pues salvar el tipo, pero no se quiera que lo que apunto más abajo, que me sirve a mí para estructurar y recordar un poco pensamientos, tenga un mínimo de coherencia, ni que por asomo se acerque a lo que realmente se ha planteado y discutido en él Aula 1 del CCCB.
La pregunta que había lanzando Jordi Ibáñez a los ponentes era bastante curiosa: ¿Qué deseamos realmente? A esa pregunta cada uno responderíamos como nuestra madre y nuestro padre nos habría dado a entender, pero en el seno de un seminario de este estilo, a esa pregunta se le saca punta de una forma indecible y es verdad que, aún sin entender ni papa de la globalidad, me ha gustado engañarme pensando que a alguna de las argumentaciones, quizás porque las he seguido con placer por el buen encadenamiento de razonamientos que suponían, llegaba a sacarles partido.
Antoni Vicens, uno de los fundadores del Col.legi de Filosofia en los años 70, el del cabello bufado de la foto del fondo, tras asegurar sentirse con el aliento de ese muchacho en su nuca, ha traducido inicialmente la pregunta por ésta otra doble: ¿Qué has hecho con tu vida, tío? ¿Has actuado según tu deseo? Y al menos a lo primero ha respondido en voz alta, pero algo flojilla: “Transformarme en psicoanalista lacaniano”.
Como tal, a continuación nos ha vendido el discurso lacaniano. Así, remontándose a Freud en “La interpretación de los sueños”, le ha hecho decir que el deseo es indestructible, un hilo que va del pasado al futuro, para luego, ya situándose en Lacan, añadirle a eso la “dimensión del disfrute”. Pero parece que, si se habla del deseo real, pintan bastos, porque “el deseo humano no se satisface nunca: lo deseado es otro deseo, y así seguiríamos”.
Ante eso, su respuesta a la pregunta de qué deseamos realmente, de lo más categórica, ha retumbado entre las paredes del aula: “Morir. Porque el morir representa la extinción del deseo.”
Para representar vía imágenes esa cadena sin fin, ha echado mano de la Sibila de Cumas, quien yendo de profecía en profecía se ve que fue, a medida que pasaba el tiempo, empequeñeciéndose, hasta quedar reducida a una seca miniatura que colocaron en lo alto de un poste. Allí, a quien le preguntaba qué qué deseaba, no le decía otra cosa que “¡Morir!”
Respondiendo luego a preguntas del auditorio ha aclarado de nuevo que los deseos no son, por definición, realizables, por lo que el anuncio ese de La Caixa que reclama la atención del paseante diciendo algo así como “Pídanos su deseo” no está diciendo, en sí, nada.
Por su parte, Sonia Arribas -que ha hablado con una claridad que por momentos hasta me ha hecho creer que llegaría a entender algo-, joven como es ella, ha empezado diciendo que los jóvenes responderían a esa pregunta aludiendo al cambio climático (al control del cambio climático, supongo). Curiosamente, en su intervención ha explicado casi exclusivamente, con alguna acotación, el argumento de una película de Alexander Payne de 2017, “Downsizing” (“Una vida a lo grande”), en lo que parecía que se iba a parecer como un huevo a una castaña a lo que acababa de decir Vicens, pero que luego, como por arte de magia, hemos visto que presentaba aspectos muy similares.
La película va de una idea, puesta en práctica, de empequeñecer a la gente para salvar un planeta que se está quedando sin recursos. Miniaturizados, los humanos consumen infinita mente menos, su dinero cunde infinitamente más, etc. Pero la película, llegado un momento, se descubre una auténtica distopía. Por ahí entran en juego lecturas de esas de que los deseos nunca se pueden alcanzar y hasta procesos como el de reducción de la Sibila de Cumas, para darnos cuenta que hasta parecía que se habían puesto previamente de acuerdo.

Sonia Arribas enseñando, ante los ojos asombrados de Jordi Ibáñez, como en la película de Alexander Payne quedaban miniaturizados los humanos.

E Ibáñez y Vicens se reían de cómo una doctora recogía a los humanos miniatura con un aparato parecido al recogedor de migas de un pastel.

El protagonista de “Downsizing”, Matt Damon, lo primero que hace tras su proceso de empequeñecimiento es mirar cómo ha salido del embate su pene.

La verdad del mundo miniaturizado: hay todo un mundo que no gozan de magníficas casas con jardín, sino que viven confinados en una especie de colmenas: son la fuerza del trabajo del mundo ideal.
 

miércoles, 2 de octubre de 2019

Esfera pública e identidad cultural en la era digital (Tiziana Terranova e Ingrid Guardioka)


Con mi lento ritmo de lectura (unas pocas páginas) aún no he podido acabar el libro de Ingrid Guardiola, pero el ciclo “Democracias perplejas”, organizado por Joan Majó para el Palau Macaya, me ha dado hoy una oportunidad de ratificar y digerir buena parte de lo ya leído.
Una objeción: No creo que el sistema escogido sea el más adecuado. Es posible que lo determinante para que diga esto haya sido que me he enterado de la misa la mitad de todo lo que iba, alternando la palabra con ella, diciendo Tiziana Terranova (veía, eso sí, que iba bastante a su rollo, hablando de grandes corporaciones y cosas así). Aún siendo siciliana y trabajando en la Universidad de Nápoles (aunque bien es verdad que habiendo estudiado en Gran Bretaña y Estados Unidos), utilizaba el inglés, tenía el micro a una distancia y de una forma que hacía un extraño eco, y si a eso se sumaba el molestísimo eco de toda la gente de la sala que utilizaba un aparatito de traducción simultánea y el continuo susurro de las dos niñas de la fila de atrás mío mientras era su turno de palabra, podría acumular alguna excusa sólida para disfrazar y no acusar a mi ínfimo nivel de inglés de haberme perdido totalmente con ella, pero es que creo realmente que no es productivo, a los efectos que nos ocupan, que empiecen a hablar entre sí dos personas que no se conocen sobre un tema tan amplio como “Esfera pública e identidad cultural en la era digital”, que se puede, además, tomar por donde se quiera.
Hubiera preferido mil veces una exposición de cada una de ellas -o, ya se puede deducir: sólo de Ingrid Guardiola- y luego que se sometieran a preguntas o precisiones de la otra y del público sobre lo oído.
Todo esta larga introducción para decir que hablo sólo, pues, de una de las teóricamente dialogantes, la que me resulta más próxima. Me gusta la forma que tiene de sorprenderse con lo que lee, oye y va entendiendo sobre ese magma difícilmente calificable que es su campo de estudio. Y, sobre todo, cómo sabe ironizar sobre ello, cuestionándoselo, sacándole punta. Frente a la mención de las obviedades más o menos constatadas por todos, focalizar su discurso en las paradojas, utilizando una visión crítica y la mar de irónica. Unos pocos ejemplos:
- Varios podrían versar sobre los nombres dados a los protagonistas en ese mundo. Muy pertinente ha sido, en mi opinión, su pregunta sobre si al usuario (user) de las nuevas tecnologías, por todo lo que se va sabiendo de ellas, no debiera llamársele used (usado).
- Su sorpresa (inicialmente ha dicho indignación por la hipocresía) cuando recientemente supo de gente joven que decían, con toda naturalidad, emplear en las redes dos identidades, una para su vida profesional (porque saben que es necesario para su triunfo. Y su pregunta: ¿realmente?) y otra para su vida y entorno privado (y su observación: que es usado profesionalmente...)
- Su divertida -al principio incrédula- mirada al vídeo sobre el libro “Capitalismo de plataformas”, encabezado por un anuncio de Airbnb que, mostrándote un viaje a la Antártida, te dice que debes “viajar con un propósito”. Es decir, la constatación de que la moral pública, ya bien adiestrada, penaliza los mensajes que no sean ecológicos, feministas, etc y cómo las compañías y corporaciones actúan teniendo en cuenta eso.
- Su introducción a una cita de McLuhan con un “Bueno, pues ‘el racista de’ McLuhan...”, tras reírse diciendo que pronto no se le podrá nombrar ni en su campo de teoría de la comunicación porque se había descubierto que era racista.
- Su constatación de que los nuevos medios son sistemas que, por su propia naturaleza expansiva, llevan al pánico.
- Su advertencia ante esas voces que se oyen de que hay que hacer caso a la opinión general, haciendo la más que pertinente aseveración de que antes siempre nos debemos preguntar quién y cómo ha conformado esa opinión general.

- Y su pregunta, muy seria, final: ¿pueden realmente funcionar las democracias actuales con todos estos mecanismos de socialización? 

Genealogías del pensamiento. El legado del Colegio de Filosofía”


Los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo. Ahora toca transformarlo. Jordi Ibáñez ha soltado la frase de Marx y ha retrocedido su posición, como poniéndose en un más discreto segundo plano, para dar juego a quienes han iniciado hoy los diálogos que constituirán el ciclo “Genealogías del pensamiento. El legado del Colegio de Filosofía”, Ester Jordana y Josep Ramoneda.
De vuelta, íbamos recapitulando. ¿Que hemos retenido? No demasiado. O poca cosa para salir dando saltos de contento por la esperanza de un futuro prometedor.
Ester Jordana nos ha hablado de algunas experiencias, de hecho de ciertas ramas de la filosofía, que intentan hacer eso que considera absolutamente necesario: situarse en el mundo, alejándose de ese eterno discurso que constituye la Filosofía académica, en la Universidad.
Por su parte, Ramoneda nos ha hablado de una situación que quien más quien menos tiene asumida: cómo se han estrellado las nuevas formas de vida propuestas, que acabaron cruentamente en los totalitarismos del s. XX. Ha señalado dos puntos del proceso que llevó a todo eso y, de hecho, a la situación actual. Uno, la pérdida de la noción de límites, que ha llevado a los totalitarismos y a otros males, como el terrorismo suicida. El segundo, la pérdida del sentido trágico de la vida.
Me he apuntado dos cosas curiosas que ha dicho: La primera, que el totalitarismo no es el orden, sino el caos. Fue el notorio fracaso de los planes de cambio de sistema los que llevaron en la Unión Soviética a las purgas. La segunda, que es imperioso recuperar a Montagne, ya que se ha dejado abandonado por completo el humanismo, teniendo hoy sólo Carta de naturaleza el homo económicus.
Como de un diálogo se trataba, Ester Jordana ha planteado -con lo que Ramoneda ha estado de acuerdo- que en otro orden de cosas la existencia del calentamiento global está llevando (por narices, por extinción del negocio, añado yo) a la recuperación de ese sentido trágico de la vida que reclamaba Ramoneda.
Ibáñez ha intervenido, recuperando el pensamiento de Foucault del que se dicen deudores los dos que diagolaban. La idea que trasmitía Foucault, muy razonable, es la de una revolución transformadora de verdad no por los hechos revolucionarios en sí, sino por la irradiación posterior de sus ideas. Pero, se ha dicho, ¿no estaremos ahora inmersos en un mundo lleno de micro núcleos revolucionarios, pero con un núcleo de revolución totalmente vacío?
Los dos han señalado al Ecologismo y al Feminismo como únicos “proyectos” subversivos. Pero, y esto es cosecha nuestra: estaría muy bien que las mujeres alcanzaran la igualdad buscada y no digamos, por cuestión de supervivencia, que un sentido ecológico envolviese las actividades humanas. Claro está. Pero algo fundamental quedaría fuera: lo invocado, precisamente, por todos los movimientos políticos progresistas que han sido.
Ante este panorama, alguien del público ha venido a preguntar qué que se puede hacer. Ramoneda ha aventurado una doble receta:
-Defender a ultranza el pensamiento crítico.
-Buscar una jerarquización informativa. En estos momentos de confusión, en que hay, según se dice, una ridícula concatenación de “hechos históricos”, hay que saber que es lo importante, no dejándose llevar.
Es poquito, pero es lo que hay.

 

Sobre la guerra Irack-Irán

El inicio de la guerra fue la invasión por parte de Irak de la región de Shatt al Arab, quizás pensando Sadam Hussein que en ese momento ten...