Andreu Jaume iba hoy a hablar de Hölderlin en el CCCB como sustituto de la prevista Alda Miguez, pero a fe que se sabía el tema, porque ha dado una conferencia redonda, que me ha servido la mar de bien como introducción al poeta alemán.
Ha repartido un poema -“A mitad de la vida”- al entrar:
Con peras doradas y llena
sobre el lago la tierra,
cisnes encantadores
y ebrios de besos
hundís la cabeza
en el agua sobria y sagrada.
Pobre de mí, ¿dónde, cuando
llegue el invierno, tendré flores, y dónde
la luz del sol
y las sombras de la tierra?
Los muros se elevan,
fríos y sin habla, al viento
chirrían las veletas.
Yo la he leído e interpretado pensando eso de que cuando uno empieza a hacerse mayor ya ve las cosas de otra manera, pero él ha esperado al final de su recorrido por su vida, dando las claves de su obra, para leerlo, y han salido entonces muchas más cosas.
La idea que ha trasmitido en la conferencia ha partido de hablar del cambio profundo que se da en todos los órdenes a finales del XVIII, principios del XIX, colocando al poeta como a caballo entre clasicismo y romanticismo. Ha definido a Hölderlin como poeta incomprendido en su época, no habiéndose empezado a comprenderlo hasta bien entrado el s. XX.
Después de alguna primera nota biográfica (Pietista, estudios de teología y filosofía y literatura griega en Tubinga, impacto de la revolución francesa, escritura de su más popular libro, “Hiperión”), se ha puesto a hablar de sus tres intentos de tragedia sobre Empedocles que, según Jaume, reflejan la decepción por el sueño revolucionario, convertido en un mar de sangre.
Más datos biográficos (decisión de no ejercer de pastor protestante, empleos como preceptor en familias de muchos sitios, enamoramiento de Susette que marcan el inicio de sus desequilibrios mentales) y ha centrado ahí (coincidiendo con sus traducciones de Sófocles) su producción literaria más valiosa, antes de perderse en el mundo de la locura (tratamiento en la clínica mental de Tubinga, rescate por parte de un ebanista amante del Hiperión que se lo lleva a su casa, en cuya torre junto al río Neckar permanecerá treinta y tantos años, hasta su muerte). Hasta la locura, su vida había sido errante, una huida constante, de todo: de su casa, de su familia, de su papel como pastor protestante, de otras obligaciones,...
Ha definido sus poemas más interesantes como himnos al abismo, diciendo que se pasa en ellos de la muerte al estilo griego a la muerte del hombre de hoy, la modernidad. Una “modernidad” ya alejada de Dios, donde se da una muerte vulgar. Y ahí ha vuelto a poner un verso suyo:
“No todo lo pueden los celestiales. En efecto, antes alcanzan los mortales el abismo”.
Los poetas, desorientados si se quiere, son los nuevos dioses de esa modernidad.









