Antoni Vicens casi tapa al joven de la foto, cuyo aliento, ha señalado, notaba en su nuca.
No es del todo cierto, porque si me empiezan a rascar un poco en esos campos, en seguida hago aguas, pero en teoría yo debería tener raíces más bien científicas y técnicas. Digo esto porque lo que sí está claro es que si me meto en el área de la Filosofía y el Psicoanálisis, me siento como un pulpo en un garaje.
¿Qué hacía yo hoy, pues, en la sesión correspondiente de “Genealogías de pensamiento. El legado del Col·legi de Filosofia”, que navegaba entre esas dos aguas? Pues salvar el tipo, pero no se quiera que lo que apunto más abajo, que me sirve a mí para estructurar y recordar un poco pensamientos, tenga un mínimo de coherencia, ni que por asomo se acerque a lo que realmente se ha planteado y discutido en él Aula 1 del CCCB.
La pregunta que había lanzando Jordi Ibáñez a los ponentes era bastante curiosa: ¿Qué deseamos realmente? A esa pregunta cada uno responderíamos como nuestra madre y nuestro padre nos habría dado a entender, pero en el seno de un seminario de este estilo, a esa pregunta se le saca punta de una forma indecible y es verdad que, aún sin entender ni papa de la globalidad, me ha gustado engañarme pensando que a alguna de las argumentaciones, quizás porque las he seguido con placer por el buen encadenamiento de razonamientos que suponían, llegaba a sacarles partido.
Antoni Vicens, uno de los fundadores del Col.legi de Filosofia en los años 70, el del cabello bufado de la foto del fondo, tras asegurar sentirse con el aliento de ese muchacho en su nuca, ha traducido inicialmente la pregunta por ésta otra doble: ¿Qué has hecho con tu vida, tío? ¿Has actuado según tu deseo? Y al menos a lo primero ha respondido en voz alta, pero algo flojilla: “Transformarme en psicoanalista lacaniano”.
Como tal, a continuación nos ha vendido el discurso lacaniano. Así, remontándose a Freud en “La interpretación de los sueños”, le ha hecho decir que el deseo es indestructible, un hilo que va del pasado al futuro, para luego, ya situándose en Lacan, añadirle a eso la “dimensión del disfrute”. Pero parece que, si se habla del deseo real, pintan bastos, porque “el deseo humano no se satisface nunca: lo deseado es otro deseo, y así seguiríamos”.
Ante eso, su respuesta a la pregunta de qué deseamos realmente, de lo más categórica, ha retumbado entre las paredes del aula: “Morir. Porque el morir representa la extinción del deseo.”
Para representar vía imágenes esa cadena sin fin, ha echado mano de la Sibila de Cumas, quien yendo de profecía en profecía se ve que fue, a medida que pasaba el tiempo, empequeñeciéndose, hasta quedar reducida a una seca miniatura que colocaron en lo alto de un poste. Allí, a quien le preguntaba qué qué deseaba, no le decía otra cosa que “¡Morir!”
Respondiendo luego a preguntas del auditorio ha aclarado de nuevo que los deseos no son, por definición, realizables, por lo que el anuncio ese de La Caixa que reclama la atención del paseante diciendo algo así como “Pídanos su deseo” no está diciendo, en sí, nada.
Por su parte, Sonia Arribas -que ha hablado con una claridad que por momentos hasta me ha hecho creer que llegaría a entender algo-, joven como es ella, ha empezado diciendo que los jóvenes responderían a esa pregunta aludiendo al cambio climático (al control del cambio climático, supongo). Curiosamente, en su intervención ha explicado casi exclusivamente, con alguna acotación, el argumento de una película de Alexander Payne de 2017, “Downsizing” (“Una vida a lo grande”), en lo que parecía que se iba a parecer como un huevo a una castaña a lo que acababa de decir Vicens, pero que luego, como por arte de magia, hemos visto que presentaba aspectos muy similares.
La película va de una idea, puesta en práctica, de empequeñecer a la gente para salvar un planeta que se está quedando sin recursos. Miniaturizados, los humanos consumen infinita mente menos, su dinero cunde infinitamente más, etc. Pero la película, llegado un momento, se descubre una auténtica distopía. Por ahí entran en juego lecturas de esas de que los deseos nunca se pueden alcanzar y hasta procesos como el de reducción de la Sibila de Cumas, para darnos cuenta que hasta parecía que se habían puesto previamente de acuerdo.
Sonia Arribas enseñando, ante los ojos asombrados de Jordi Ibáñez, como en la película de Alexander Payne quedaban miniaturizados los humanos.
E Ibáñez y Vicens se reían de cómo una doctora recogía a los humanos miniatura con un aparato parecido al recogedor de migas de un pastel.
El protagonista de “Downsizing”, Matt Damon, lo primero que hace tras su proceso de empequeñecimiento es mirar cómo ha salido del embate su pene.
La verdad del mundo miniaturizado: hay todo un mundo que no gozan de magníficas casas con jardín, sino que viven confinados en una especie de colmenas: son la fuerza del trabajo del mundo ideal.





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