¿Para qué sirve la Historia de la Filosofía? Ésta ha sido la pregunta que Jordi Ibáñez ha lanzado a los dos participantes de hoy en el ciclo “Genealogías de pensamiento. El legado del Col.legi de Filosofía”.
Quienes debían responder eran un cartesiano de 85 años, Pere Lluís Font, y un prestidigitador del lenguaje de bastantes menos, Jesús Hernández Reynés. Cada uno lo ha hecho de una forma que yo diría que justificaría el calificativo que les acabo de adjudicar.
Pere Lluís Font ha empezado respondiendo sin dilación, directo: “Para aprender el oficio de la Filosofía”. Es algo que me ha sonado muy parecido a lo que oí que se decía hace bastantes años (luego las cosas han cambiado mucho, para bien) respondiendo a la pregunta de “¿para qué sirve estudiar geografía?: para enseñar geografía”. Él ha aclarado un poco su frase, diciendo que la Historia de la Filosofía es el laboratorio del filósofo, puesto que en ella se encuentra todo y lo único que debe hacer el filósofo es repensarlo desde hoy.
A continuación ha desmenuzado de forma ordenada (como decía Descartes que debía hacerse con un problema para analizarlo) la cosa explicándola atendiendo a varias de sus facetas. Así, ha señalado por ejemplo que sirve para tener una referencia, un lenguaje común a partir del que discutir y ponerse de acuerdo; para ofrecer todo un arsenal de modelos, de instrumentos con los que trabajar; como antídoto contra el dogmatismo (indicando, en este sentido, que es aconsejable pasar entonces más tiempo con los filósofos adversarios que con los amigos) o simplemente por el placer de participar en un diálogo inacabable.
Si bien estoy acostumbrado a respuestas tan concisas, claras y estructuradas, no lo estoy en absoluto al brillante juego con el lenguaje y pensamiento que ha supuesto la respuesta de Jesús Hernández Reynés. Digo esto porque puedo meter el remo explicando lo que -fascinándome de su respuesta- he entendido, que puede estar profundamente equivocado.
Lo ha basado todo en lo que se ve dijo Aristóteles que debía ser la Filosofía: totalmente inútil, porque lo útil implica esclavitud. Aplicando ese concepto no a la Filosofía, sino a la Historia de la Filosofía, que no sería sino la Filosofia en el tiempo, ha empezado a preguntarse en voz alta qué pasaría si se hiciera un uso libre de la filosofía. Su respuesta: filosofar.
Ha vuelto a poner la referencia de Aristóteles, quien se ve que siempre trabajaba con la dualidad amo-esclavo. ¿Podrían los esclavos alguna vez liberarse? Aún admitiendo la posibilidad de una liberación individual, ha señalado la liberación colectiva de la esclavitud como dudosa, explicando que Aristóteles tenía claro que era imposible.
Si se hace historia de la filosofía -ha continuado razonando- se estaría asumiendo una esclavitud, porque la dimensión amo/esclavo está inherentemente unida al acto de hacer obra.
Por el contrario, un uso libre de la historia de la filosofía comportaría no sacar lecciones de la misma, destruir todo tipo de mapas construidos para su interpretación, acabar con cualquier canon existente.
Oír esta brillante y sugerente explicación no ha debido agradar demasiado a la audiencia, porque han llovido preguntas (o, mejor, esas mucho más frecuentes y terribles “reflexiones” -sic-) que, interpretándola -erróneamente, pues a mi parecer destila una propuesta de actuación profundamente vivificante- como algo de un nihilismo insoportable, se han apresurado, para compensar, a dar una opinión convenientemente edificante, que es lo que suele tener siempre buena aceptación, de la función de la Historia de la Filosofía.
Finalmente, tras oír de nuevo una reflexión de Pere Lluís Font sobre lo que ofrece la Historia de Filosofía, Jesús Hernández Reynés ha estado de acuerdo en nombrar algo: experiencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario