miércoles, 10 de abril de 2019

Los Goytisolo


La lectura por parte de David Castillo de un par de bellos poemas de Consuelo Gay (tia de José Agustin, Juan y Luís Goytisolo), abrieron y cerraron el acto de ayer, segundo y último dedicado por la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC) a esa saga de escritores.
En esta ocasión aparecían en la mesa Luis Goytisolo, Julia Goytisolo y el mismo David Castillo, pero al quite, entre las primeras filas de la sala del Ateneu, se podía ver -y oír de tanto en tanto- a Miguel Dalmau y a Ton Carandell. Fuera llegó a tronar, granizar y llover de lo lindo, pero dentro de la sala del Ateneo nosotros, a lo nuestro, ni nos enteramos.
Toda una primera parte de la sesión, que se ha centrado en la infancia de los tres hermanos, me ha resultado muy interesante. En seguida ha aparecido el nombre de un gran ausente, Antonio, el primer hijo de José María Goytisolo y Julia Gay, muerto en 1928, el mismo año en que nació José Agustín. Ese niño al que no conoció marcó mucho la personalidad de José Agustín, quien, en cierta forma, asumió su papel de recambio no del todo aceptado. Julia Goytisolo puso en boca de Juan una frase diagnóstico: “José Agustín fue puenteado”. A él casi no le hacían caso y todo el amor de los padres fue para Juan y, más tarde, José María.
La muerte de Julia Gay, víctima del bombardeo del Coliseum, acabó de determinar un ambiente familiar extraño. Marta, que tenía 16 años en el momento del fallecimiento de su madre, tuvo que desempeñar un papel similar al de madre para sus hermanos. Luis Goytisolo confesó en la sesión que ella resultó siempre muy hermética en su relación con él, mientras que José Agustín se vengaba cruelmente de Juan por la atención que recibía de vía paterna, muy superior, desde luego, a la que él ocasionaba. Luis, por su parte, al ser el pequeño, campaba por sus respetos a su aire.
Ha explicado Luis cosas curiosas sobre su vocación literaria. Sus referentes literarios no eran en absoluto rebuscados: Salgari, Stevenson, Zane Grey. A los 11 años fue en pantalón corto a ofrecer una novela que había escrito a una editorial, donde se lo sacaron de encima mediante una imaginativa estrategia: Le dijeron que todo el proceso de corrección y producción duraría unos dos años. Empezó a escribir poesía a los 12/13 años, pero pronto vio claro que eso no era para él, mientras que su hermano José Agustín ya lo había hecho hasta en latín.
A sus 17 años Luis Goytisolo fue a ver a Castellet, a quien no conocía, y se le ofreció a escribir para la revista Laye. Sorprendentemente, Castellet contestó afirmativamente, si bien al poco tiempo la revista desaparecía, aún sin sus colaboraciones.
Presentó entonces un cuento al premio Sésamo pensando que le iría bien si, ya que había entrado en el PSUC, le detenían. Sin duda le tratarían mucho mejor. Ese cuento lo incluyó más tarde en “Las Afueras”, premio Biblioteca Breve y primera “novela”, si bien su adscripción al género se discutió mucho. Cumplió sus temores más tarde. Entró en la cárcel de Carabanchel en los 60, pero no lo recuerda con gran pesadumbre, porque aprovechó el tiempo: En papel de water, porque no tenía otro, escribió allí su “Recuento”, primera parte de “Antigonia”.
Surgió en la conversación de nuevo entonces la relación entre hermanos. Miguel Dalmau señaló que Juan Goytisolo, por ejemplo, tuvo difícil encontrar su voz literaria, mientras que a Luis desde el inicio se le vio un pulso excepcional. Luis estaba encantado de la vida con el éxito inmediato de su carrera literaria, pero José Agustín y Juan veían con cierto mosqueo que ese mocoso, sin aparente esfuerzo, triunfase de esa manera. Antes, hablando de su infancia, Luis señaló que recuerda que había llegado a escribir con su hermano Juan. Como había dicho que José Agustín, dedicado a la poesía, no podía ser ningún competidor de lo suyo, que en todo caso ese sentimiento podría haberse presentado con el también dedicado a la prosa, Juan, aunque también vio que eran cosas las suyas muy diferentes, apunté rápido esa confesión, pensando que habían ensayado algún trabajo a cuatro manos. En seguida nos sacó de la cabeza la idea, explicando en qué consistía eso de escribir juntos. En la misma habitación, uno se ponía a escribir mirando a una pared y el otro a la opuesta.
Tras la sorprendente confesión de Luis que dijo ya haber intuido, ambos de niños, la tendencia sexual de Juan, hubo un cierto corte en la marcha del acto e, incitada por David Castillo, Julia Goytisolo se puso a enseñar unos preciosos cuentos manuscritos que le había escrito su padre, José Agustín, cada uno centrado en un fantasioso animal, ilustrados con unos dibujos también muy buenos. Anoté uno de los nombres de esos animalitos, que son legión, para retener alguno, pues en su nombre está uno de sus encantos: “El ratón Pérez Toté”.
Luis Goytisolo, feliz de la respuesta del auditorio a sus explicaciones parecía estar a sus anchas y se puso a explicar recuerdos de infancia que lo pintaban como un personajillo muy curioso y activo. En una ocasión, a sus cinco años, explorando la casa, encontró en un armario, preparados ya tiempo antes, los regalos de reyes. Fue a contar, emocionado, su descubrimiento. Su padre tuvo que improvisar el encuentro de una carta de un rey en la que explicaba las razones de orden logístico que les habían obligado a anticipar la entrega. En esa línea, también nombró a una misteriosa “banda del cangrejo” y su afición a “seguir sospechosos”. En una vecina casa en construcción, gracias a esa novelesca afición, ayudó a frustrar el robo de un saco de cemento de un desgraciado que realmente confirmó su aspecto.
Un capítulo extraño de la sesión se concentró en sus afanes como cazador, hasta descubrir por completo que la crueldad asociada que tenía aparejada esa actividad no iba con él. Surgieron escenas (para desconsuelo de Ana Pániker, a quien tenía delante e iba hundiéndose, sin saber dónde meterse, en su butaca) en las que recordó haber matado a un ruiseñor (“ese pájaro que canta tan bien por la noche”), haber hecho otro tanto, por el placer de disparar, con un águila, o se recordaron ahí las cacerías con José Agustín por el Delta del Ebro o en Coria, en casa de Doña Liliana, la madre de Sánchez Ferlosio, donde les estuvieron “levantando piezas” de todo tipo. La cosa acabó de cuajo cuando la Torci, la hija de Carmen Martin Gayte y Rafael Sánchez Ferlosio (a la que, por cierto, Ton Carandell dijo que se contaba que le venía el nombre porque se parecía a una niña que habían visto que, tras ver el dibujo de una charranca que acababan de hacer, dijo que les había salido “torcío”) se le encaró y mirándole desconsolada fijamente a los ojos, le preguntó eso de “¿Qué te ha hecho a ti este conejo?
Surgió entonces, a raíz de los libros de los Goytisolo que iba mostrando David Castillo (quien repitió que tenía 130 en su casa), alguna explicación sobre la colaboración de Luis con Joan Ponç como ilustrador (aseguró que en una ocasión éste le había informado que se le había llegado a sentar al lado, en un banco, un demonio), sobre su papel como descubridor de Vargas Llosa siendo lector de Seix Barral (cuyo mérito, honestamente, cedió a su mujer Maria Antonia) y su amistad posterior con el escritor, pues sus hijos iban al mismo colegio, pero la cosa no avanzaba mucho por el lado de la caracterización literaria de los tres hermanos. Fue entonces cuando hubo un cierto bache, un vacío extraño, a mi modo de ver provocado involuntariamente por Castillo, que no sé en qué debía estar pensando cuando o yo lo entendí mal o le vino a preguntar a Luis Goytisolo que qué se sentía con eso de que todos sus referentes y amigos hubieran muerto.
Como ya se había cumplido una hora de acto, tras alguna que otra vacilación, se despidió la sesión, no sin antes repetir que se seguirán haciendo de este estilo. Antes y el día anterior Castillo habló de una posible sobre José Mari Carandell. A ver si es verdad.


Escuchando los de la mesa a Miguel Dalmau.


 

martes, 9 de abril de 2019

Sobre los Goytisolo

En la mesa Ton Carandell, Carme Riera y Miguel Dalmau. Junto a ellos, de pie, Dagid Castillo. En primera fila, casi en planos hitchkonianos, Julia Goytisolo y Miquel de Palol.


Empezó con poca gente y acabó llenándose. Además se fueron calentando tanto los motores -sobre todo gracias a Ton Carandell- que al final supo mal a todo el mundo que dejaran de funcionar. La convocatoria general de la ACEC iba de los Goytisolo. Ayer se centró básicamente en José Agustín (de cuyo fallecimiento ya se cumplen veinte años) con alguna excursión, vía Ton, mujer del poeta, por la saga Carandell (“Tenéis tanta chicha los Goytisolo, le echó en cara -sonriente- a Luis, que entonces se deja inexplorado el campo de los Carandell”), y hoy se hará otro tanto con Juan y Luis Goytisolo.
Carme Riera traía preparada una mini-conferencia, que esperemos podamos oír en otra ocasión, en la que la lectura de unos cuantos poemas de José Agustín de todas las épocas le iba a permitir ir sacando de ellos su biografía. Sabiendo que el acto no se planificaba lo largo que pensaba, cambió de intención, dedicando sólo una pequeña introducción a las características del J. A. Goytisolo que conoció.
Empezó contradiciendo lo expresado por David Castillo, director de la ACEC, en su introducción del acto, en el sentido de que JAG no ha recibido la atención que merecía: Es -dijo- uno de los más estudiados, y uno de los pocos que cuenta con una cátedra (en la UAB) a su nombre. Luego recordó su enorme trabajo de puente cultural, tanto entre Cataluña y España como con países como Cuba, para acabar recalcando al final cuánto echa de menos su presencia en estos momentos de puentes ibéricos volados.
La mayor reivindicación que hizo Carme Riera (que estuvo en el acto muy simpática) sobre José Agustín Goytisolo fue, no obstante, como persona divertida, que sacaba punta a todas las situaciones. Le llamaba, dijo “Reina Mora” y le asignó el calificativo de “entrañable” a sabiendas que no le gustaría nada a él, porque ese calificativo le acercaba -decía- a las entrañas de la carnicería. Relató como ejemplo un episodio en el que acudieron los dos a un acto, a él se le desgarró un bolsillo de la americana, le preguntó a ella si, pese a su feminismo, le podía pedir que le cosiera el desaguisado, acudió ella atenta a remendar el descosido y en veces sucesivas quedaron entonces manga y cuerpo y manga y falda unidos, dando pie a la sugerencia de José Agustín de pasar al velcro y, más tarde, en el acto, señalar con retintín llegar ambos casi esposados.
No olvidó Riera los momentos duros de José Agustín -luego también recordados por Ton cuando dijo que cuando quería ser pesado también lo era-, ni, lo importante, su enorme labor, señalando “Marca Hispánica” como ejemplo paradigmático.
Miguel Dalmau profundizó a continuación con el retrato con una nota impresionista que me gustó mucho. Ton y Carme Riera habían hablado de las tarjetas postales que se intercambiaban con frecuencia, tras sus reuniones, Salvador Espriu (con su diminuta letra tan característica) y José Agustín Goytisolo. Fue entonces cuando Dalmau dijo que él también había recibido alguna de esas tarjetas de José Agustín. Esos días -señaló- llegaba a mi casa y acercándome al buzón, un aroma de tabaco me llegaba ya antes de su apertura: “Ha llegado carta de JA” -se decía con satisfacción-.
Asunción (Ton) Carandell ha empezado muy discreta, contestando sin apenas extenderse a alguna pregunta de Carme Riera o Miguel Dalmau, que la querían pinchar para que, por ejemplo, quedara clara su autoría de unas cuantas fotografías claves de esa generación de escritores. Pero en cuanto Riera se dirigió a ella para que volviera a decir en público lo que le había dicho en privado de que José Agustín no solía escribir sus cosas sentado en largas tiradas ante una mesa, se destapó:
Vamos a ver ¿Aquí hay poetas? ¿Se sientan a escribir?- inquirió, como aquel que pregunta si hay algún médico en la sala. Quedó entonces claro que se le ocurrían las cosas paseando, escribía alguna nota en cualquier papelito y luego en casa pasaba lo que había recogido por esos informes papelitos. Eso dio lugar a la primera intervención espontánea de Luis Goytisolo, en la primera fila del público, y al considerable lío de pase de micrófonos con cable que se dio a partir de entonces. Dijo -y repitió al final ya disponiendo de micrófono Luis Goytisolo:
“Escribo con los pies. En el paseo organizo lo que vendrá después.”
Y de ahí Ton pasó a desvelar un detalle curioso, muy significativo, sobre José Agustín: Rompía todo lo que había escrito y desechado previamente. Lo rompía en pedacitos y lo tiraba, como si no quisiera que nadie descubriera por donde habían pasado sus textos definitivos.
Fue a partir de entonces el acto un gozoso reguero de anécdotas explicadas por uno y por otro, que fueron configurando a oídos del público el carácter de José Agustín Goytisolo. Dalmau nos habló de una nota manuscrita de José Agustín encontrada en un poema de Cernuda que cambiaba un “el hombre que suspire” por “el hombre que respire”, quedando muy contento con ese descubrimiento que le hacía ver tan bien las diferencias entre ambos poetas. Ton Carandell explicó las diferencias de comportamiento y educación familiar entre los Goytisolo y los Carandell. Cuando iba a casa Goytisolo veía que (señalando a Luis Goytisolo) “Este pequeñajo metía baza en cualquier tema, político, social, que se hablase. En mi casa nada”. Para acabar de explicar la expulsión de los Jesuitas de José Agustín pidieron detalles a Luis Goytisolo, quien perfiló la cosa:
“José Agustín lanzó una plumilla de esas antiguas con tan buena puntería que fue a dar a un Cristo. En el colegio convocaron a José María Goytisolo, su padre, para comunicarle su expulsión, diciéndole que era porque tenía un hijo sacrílego”
Estas cosas salían por ahí porque tanto Carme Riera como Miguel Dalmau, como parcialmente David Castillo, que no lo había conseguido -confesó- por la mañana ante la prensa- querían hacer que Ton Carandell se destapara, pues, como se demostró, guarda en su memoria cantidad de información inexplorada. Y le preguntaban por el inicio del idilio de la pareja. Sobre el primer encuentro Ton explicó algo que ya sabía vía José María Carandell:
José Maria Goytisolo se enfadó tanto con los jesuitas que sacó también a los otros hermanos del colegio y los llevó a todos al Colegio de La Salle. José Agustín Goytisolo y Luis Carandell se hicieron amigos íntimos. En una fiesta del Corpus en casa Carandell de la calle Provenza (en un magnífico patio en el que jugaban a fútbol o representaban obras de teatro), el primero vio a Ton y se la señaló al segundo. Luis Carandell le desanimó:
- Es mi hermana. Es tonta.
No se acabaron ahí las anécdotas. Miguel Dalmau recordó, por ejemplo, lo que explica Salvador Pániker en sus memorias, de que en una pelea jugando a fútbol rompió el brazo a José Antonio. O después de que Dalmau hablara de la multa que iban a poner a José Agustín por lo que decía en uno de sus versos, Ton -ya sin necesidad de que su hija Julia, también en primera fila, le apuntase nada-, recordó otra que le pusieron por lo que le dijo a un policía. Ésta es hilarante:
Estaba en la calle y la policía cargó contra una manifestación. Uno llegó junto a él, sólo frente a una fachada:
- ¡Disuelvase!
- Si estoy sólo no puedo disolverme...
Y la última, porque esto ya se está haciendo eterno:
Ton explicó un viaje a Cuba, en el año 1969. En el regreso de Santiago a La Habana pararon en Cienfuegos y mientras José Agustín hacía, como tenia por costumbre, la siesta en su habitación del hotel, Decidió bajar a recepción para pedir un listín telefónico, a ver si encontraba a algún Goytisolo, pues sabía que tenían familia cubana. En recepción le explicaron que había 500 familias Goytisolo en la ciudad, lo que le dejó desconcertada, y se ofreció a que fuera a su habitación una chica que trabajaba en el hotel. Al cabo de un tiempo llaman a la puerta de la habitación y aparece una mulata de casi dos metros de altura, fuerte, que ella tuvo la ocurrencia de presentar, despertándole a José Agustín. Éste, medio dormido, levanta la vista de la almohada, y la dirige hacia el umbral, ocupado casi totalmente por esa figura. Aterrorizado, se escondió abajo la manta. Una explicación sobre esas 500 familias Goytisolo. La familia Goytisolo había tenido un ingenio en Cuba, con esclavos. Cuando los esclavos quedaban liberados, se les daba el nombre de su antiguo patrono.
Y no sé por dónde colocar lo que apunté de que Ton consideraba su “Taller de Arquitectura”, junto a esos primeros libros tan vividos junto a él, de lo más interesante de la producción de José Agustín.


Luis Goytisolo en su primera intervención, iniciando el lío de micrófonos que nos tuvo en ascuas a todos los asistentes.

 

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