La lectura por parte de David Castillo de un par de bellos poemas de Consuelo Gay (tia de José Agustin, Juan y Luís Goytisolo), abrieron y cerraron el acto de ayer, segundo y último dedicado por la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC) a esa saga de escritores.
En esta ocasión aparecían en la mesa Luis Goytisolo, Julia Goytisolo y el mismo David Castillo, pero al quite, entre las primeras filas de la sala del Ateneu, se podía ver -y oír de tanto en tanto- a Miguel Dalmau y a Ton Carandell. Fuera llegó a tronar, granizar y llover de lo lindo, pero dentro de la sala del Ateneo nosotros, a lo nuestro, ni nos enteramos.
Toda una primera parte de la sesión, que se ha centrado en la infancia de los tres hermanos, me ha resultado muy interesante. En seguida ha aparecido el nombre de un gran ausente, Antonio, el primer hijo de José María Goytisolo y Julia Gay, muerto en 1928, el mismo año en que nació José Agustín. Ese niño al que no conoció marcó mucho la personalidad de José Agustín, quien, en cierta forma, asumió su papel de recambio no del todo aceptado. Julia Goytisolo puso en boca de Juan una frase diagnóstico: “José Agustín fue puenteado”. A él casi no le hacían caso y todo el amor de los padres fue para Juan y, más tarde, José María.
La muerte de Julia Gay, víctima del bombardeo del Coliseum, acabó de determinar un ambiente familiar extraño. Marta, que tenía 16 años en el momento del fallecimiento de su madre, tuvo que desempeñar un papel similar al de madre para sus hermanos. Luis Goytisolo confesó en la sesión que ella resultó siempre muy hermética en su relación con él, mientras que José Agustín se vengaba cruelmente de Juan por la atención que recibía de vía paterna, muy superior, desde luego, a la que él ocasionaba. Luis, por su parte, al ser el pequeño, campaba por sus respetos a su aire.
Ha explicado Luis cosas curiosas sobre su vocación literaria. Sus referentes literarios no eran en absoluto rebuscados: Salgari, Stevenson, Zane Grey. A los 11 años fue en pantalón corto a ofrecer una novela que había escrito a una editorial, donde se lo sacaron de encima mediante una imaginativa estrategia: Le dijeron que todo el proceso de corrección y producción duraría unos dos años. Empezó a escribir poesía a los 12/13 años, pero pronto vio claro que eso no era para él, mientras que su hermano José Agustín ya lo había hecho hasta en latín.
A sus 17 años Luis Goytisolo fue a ver a Castellet, a quien no conocía, y se le ofreció a escribir para la revista Laye. Sorprendentemente, Castellet contestó afirmativamente, si bien al poco tiempo la revista desaparecía, aún sin sus colaboraciones.
Presentó entonces un cuento al premio Sésamo pensando que le iría bien si, ya que había entrado en el PSUC, le detenían. Sin duda le tratarían mucho mejor. Ese cuento lo incluyó más tarde en “Las Afueras”, premio Biblioteca Breve y primera “novela”, si bien su adscripción al género se discutió mucho. Cumplió sus temores más tarde. Entró en la cárcel de Carabanchel en los 60, pero no lo recuerda con gran pesadumbre, porque aprovechó el tiempo: En papel de water, porque no tenía otro, escribió allí su “Recuento”, primera parte de “Antigonia”.
Surgió en la conversación de nuevo entonces la relación entre hermanos. Miguel Dalmau señaló que Juan Goytisolo, por ejemplo, tuvo difícil encontrar su voz literaria, mientras que a Luis desde el inicio se le vio un pulso excepcional. Luis estaba encantado de la vida con el éxito inmediato de su carrera literaria, pero José Agustín y Juan veían con cierto mosqueo que ese mocoso, sin aparente esfuerzo, triunfase de esa manera. Antes, hablando de su infancia, Luis señaló que recuerda que había llegado a escribir con su hermano Juan. Como había dicho que José Agustín, dedicado a la poesía, no podía ser ningún competidor de lo suyo, que en todo caso ese sentimiento podría haberse presentado con el también dedicado a la prosa, Juan, aunque también vio que eran cosas las suyas muy diferentes, apunté rápido esa confesión, pensando que habían ensayado algún trabajo a cuatro manos. En seguida nos sacó de la cabeza la idea, explicando en qué consistía eso de escribir juntos. En la misma habitación, uno se ponía a escribir mirando a una pared y el otro a la opuesta.
Tras la sorprendente confesión de Luis que dijo ya haber intuido, ambos de niños, la tendencia sexual de Juan, hubo un cierto corte en la marcha del acto e, incitada por David Castillo, Julia Goytisolo se puso a enseñar unos preciosos cuentos manuscritos que le había escrito su padre, José Agustín, cada uno centrado en un fantasioso animal, ilustrados con unos dibujos también muy buenos. Anoté uno de los nombres de esos animalitos, que son legión, para retener alguno, pues en su nombre está uno de sus encantos: “El ratón Pérez Toté”.
Luis Goytisolo, feliz de la respuesta del auditorio a sus explicaciones parecía estar a sus anchas y se puso a explicar recuerdos de infancia que lo pintaban como un personajillo muy curioso y activo. En una ocasión, a sus cinco años, explorando la casa, encontró en un armario, preparados ya tiempo antes, los regalos de reyes. Fue a contar, emocionado, su descubrimiento. Su padre tuvo que improvisar el encuentro de una carta de un rey en la que explicaba las razones de orden logístico que les habían obligado a anticipar la entrega. En esa línea, también nombró a una misteriosa “banda del cangrejo” y su afición a “seguir sospechosos”. En una vecina casa en construcción, gracias a esa novelesca afición, ayudó a frustrar el robo de un saco de cemento de un desgraciado que realmente confirmó su aspecto.
Un capítulo extraño de la sesión se concentró en sus afanes como cazador, hasta descubrir por completo que la crueldad asociada que tenía aparejada esa actividad no iba con él. Surgieron escenas (para desconsuelo de Ana Pániker, a quien tenía delante e iba hundiéndose, sin saber dónde meterse, en su butaca) en las que recordó haber matado a un ruiseñor (“ese pájaro que canta tan bien por la noche”), haber hecho otro tanto, por el placer de disparar, con un águila, o se recordaron ahí las cacerías con José Agustín por el Delta del Ebro o en Coria, en casa de Doña Liliana, la madre de Sánchez Ferlosio, donde les estuvieron “levantando piezas” de todo tipo. La cosa acabó de cuajo cuando la Torci, la hija de Carmen Martin Gayte y Rafael Sánchez Ferlosio (a la que, por cierto, Ton Carandell dijo que se contaba que le venía el nombre porque se parecía a una niña que habían visto que, tras ver el dibujo de una charranca que acababan de hacer, dijo que les había salido “torcío”) se le encaró y mirándole desconsolada fijamente a los ojos, le preguntó eso de “¿Qué te ha hecho a ti este conejo?
Surgió entonces, a raíz de los libros de los Goytisolo que iba mostrando David Castillo (quien repitió que tenía 130 en su casa), alguna explicación sobre la colaboración de Luis con Joan Ponç como ilustrador (aseguró que en una ocasión éste le había informado que se le había llegado a sentar al lado, en un banco, un demonio), sobre su papel como descubridor de Vargas Llosa siendo lector de Seix Barral (cuyo mérito, honestamente, cedió a su mujer Maria Antonia) y su amistad posterior con el escritor, pues sus hijos iban al mismo colegio, pero la cosa no avanzaba mucho por el lado de la caracterización literaria de los tres hermanos. Fue entonces cuando hubo un cierto bache, un vacío extraño, a mi modo de ver provocado involuntariamente por Castillo, que no sé en qué debía estar pensando cuando o yo lo entendí mal o le vino a preguntar a Luis Goytisolo que qué se sentía con eso de que todos sus referentes y amigos hubieran muerto.
Como ya se había cumplido una hora de acto, tras alguna que otra vacilación, se despidió la sesión, no sin antes repetir que se seguirán haciendo de este estilo. Antes y el día anterior Castillo habló de una posible sobre José Mari Carandell. A ver si es verdad.
Escuchando los de la mesa a Miguel Dalmau.



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