Desde una anterior presentación de libro suyo, antes de la pandemia, parece algo más sordo y camina con menos soltura, aunque también pudiera ser únicamente que le fallara un poco una pierna, por haber estado previamente sentado un rato largo. Pero, de lo que es de cabeza, funciona igual de bien, tan brillante como siempre.
Ayer vino a la librería Byron de Barcelona Félix de Azúa, para presentar un libro recopilación de todos sus artículos de tema musical: “El arte del futuro. Ensayos sobre música” (Debate, 2022). Como resultado, una vez más, un rato de charla muy amena, sirviendo él unas cuantas ideas para ir reflexionando posteriormente sobre ellas y provocando varias carcajadas debido a alguna de sus sorprendentes y afiladas aseveraciones.
En su primera intervención, como siempre, su amable agradecimiento a la gente que se había acercado a la librería, con la (primera carcajada) confesión de que, sinceramente, “no hacía ninguna falta”.
Respondía en esa primera ocasión a una introducción de Andreu Jaume, editor de este -como de otros anteriores- volumen, en la que señalaba que los del libro eran artículos sobre música escritos por alguien lego en la materia, pero que eso, como había comentado Luis Gago en la presentación en Madrid, no era en absoluto importante: lo fundamental para escribir de música es escribir bien. Ni qué decir tiene que Azúa confirmó su ignorancia musical, diciendo no sabiendo ni leer una partitura, y concluyendo que, consecuentemente, era un libro producto “de su desvergüenza”.
En su descargo, mencionó a Schönberg, que se ve que, por su parte, ya había explicado que en ese ejercicio de hablar de música, hay que olvidarse del análisis, y dedicarse directamente a ver y contar qué es la cosa.
Se puso a continuación a reflexionar un poco sobre lo extraordinario de su esencia, pasando revista a la de las otras artes del mundo clásico. Si la arquitectura se basó siempre en materiales muy pesados, o una escultura -hasta hace bien poco- en un único material, si la esencia de la pintura era la luz, la de la música es el tiempo. Cada música -continuó- es un modo de habitar el mundo. Cada una, una habitación distinta, una representación del mundo habitable.
Con estas premisas, lo que cree que hay que hacer con la música, o al menos lo que él ha hecho con esos escritos, es explicar su experiencia. Nada de eso del “me gusta” o “no me gusta” que tanto circula por las redes sociales, que eso no vale ni aclara nada, sino explicar las razones por las que te gusta.
Otro rato se habló en relación al título asignado al volumen, que sitúa a la música como “el arte del futuro”, según Jaume tomando una frase de George Steiner. Para eso se remontó a su experiencia de cuarenta años dedicado al arte, “sin saber aún hoy en día qué es lo que hay detrás de esa palabra”. Negó que fuera la belleza, como mucha gente dice, cuando el arte apenas tiene en su historia un pequeño porcentaje de belleza. Lo que hay, o así lo he llegado a considerar yo -indicó- es un lugar para conocer el mundo. Pasó a explicarse:
Tomemos el caso del agua. Sólo puede ser explicada por la religión, la ciencia o el arte. Si viniese un marciano que quisiera saber que es el agua, la religión se lo explicaría (creada por Dios el segundo día), pero como cosa del pasado poco sacaría de ello. La ciencia explicaría su composición, dos moléculas de hidrógeno por una de oxígeno, pero le aclararía mucho menos que si mirara de entenderlo a través del arte.
Lo malo -siguió especulando- es que las artes han ido desapareciendo. Ya Calder decía que la pobre Escultura era algo puesto detrás de la gente que contemplaba un cuadro para hacerla tropezar (otra carcajada). La Arquitectura, por su parte, parece actualmente hecha únicamente para hacer fotos, reducida prácticamente a escultura. Como Literatura actual queda sólo calderilla, además con función sociológica (y, ahí, después de la cara previa de pena, puso una cara de cierto desprecio).
La Música no, la Música sigue ahí, cada vez más presente -concluyó-. Hasta descubres de tanto en tanto que las series televisivas han acostumbrado y todo a la gente a la música atonal.
Previamente otro momento de sus intervenciones estuvo enfocado a seguir la evolución de la música llamada clásica durante el siglo XX, cuestión de la que se ve que se habla con profusión en el libro.
Habló de un periodo inicial, sobre los 70, muy duro y antipático, mientras que posteriormente -los años 80, y no digamos los 90- la cosa fue mejorando. Nombró a Boulez -a quien no se ahorró de dejar como un maleducado- varias veces, diciendo que ejercía de capo, dirigiendo a sus seguidores a boicotear las óperas de otros que no le merecían su aprobación. Detrás de este estado de cosas -comentó- había un cerebro indiscutible -que aparece muy nombrado en su libro- que era Adorno, señalando quiénes eran los buenos y quienes los malos. Aunque Jaume precisó que le sacaba de quicio, Azúa se cuidó en su charla de dejarlo como intelegentísimo, como creador de “análisis insultantes, pero muy buenos”. Lo colocó, eso sí, como creador del catecismo, como ideólogo de ese momento, de escuelas lanzadas a un combate cruento. Pero señaló que lo respetaba, “sobre todo por otras cosas”.
En un momento del turno de preguntas finales, un asistente le explicó a Azua su plan de vida en lo que respecta a la música, por el que, habiendo nacido en 1961, se había saltado toda esa tristeza que imponía esa colección de músicos que eran el canon, que parecía querer expurgar una guerra que él, por edad, no había vivido, y saltaba directamente a los 90. Si se trata de gozar de tu propia habitación -vino a explicar-, yo me la he montado así.
En su respuesta, Félix de Azúa le señaló que lo entendía y le parecía muy bien su postura, que cada uno, es verdad, se podía hacer a su aire ese espacio que habitar, sin olvidar los habitáculos, más sencillos, de la llamada música popular. Pero, en cambio, estuvo contemporanizador: Los tres grandes de la Escuela de Viena -Schönberg, Webern y Berg-, sin la presión que entonces se ejercía para que los consideraras -señaló-, te van entrando. Y remató (carcajada final): “Suenan como valses vieneses podridos (sic). Sus discípulos, esos sí, son muy duros, difíciles de entrar en ellos. Pero no existe ninguna obligación.”

