El jurista y escritor Philippe Sands está entre nosotros y aprovecha para dar una serie de entrevistas (ver eldiario de hoy o ayer) y conferencias. Aunque no he leído hasta ahora ninguno de sus libros, ante la estima de grandes lectoras de mi familia y la posibilidad de acompañarlas, he estado esta mañana en la entrevista que ha tenido con él, en La Central, Ramón Girbau, presentado como idóneo por Raúl Ramirez (director de la librería) por ser abogado, aunque probablemente ya sin dedicarse a su profesión, enfocado totalmente hacia su exquisita editorial “Días contados”.
La conversación ha empezado con bromas sobre la comprensión absoluta actual, por parte de Sands, del idioma español, lo que me ha animado un montón, pero desgraciadamente luego todo -incluida la única pregunta que le han lanzado al final desde un público que sorprendía por su juventud- se ha desarrollado en inglés. Aviso, pues, que puedo haberme columpiado, completando con mi imaginación todo aquello a lo que no la llegado mi conocimiento del idioma.
Me ha gustado el tipo de preguntas por el que le ha hecho navegar Girbau, que un cartel con el que me he topado después en la librería (segunda foto) me ha hecho ver puede ser el de todo un ciclo de la misma: “Los libros que me han influido”. Completaba así el conocimiento ofrecido sobre el autor, que en el CCCB parece respondía más a su papel de jurista internacional especializado en temas de Medio Ambiente y Derechos Humanos.
La cosa ha empezado por donde era de rigor, por su formación escolar, de la que ha destacado la suerte de haber contado con dos maestros de excepción, uno de ellos profesor de materias económicas.
De ahí ha saltado al conocimiento, cuando casi terminaba la veintena, de su mujer, además de por ella por quien se convertiría en su suegro, quien le hizo entrar en contacto con un grupo de personas excepcionales, conocedoras de desde leyes internacionales a otras materias todas de sumo interés. Aunque ha hablado en repetidas veces, sin nombrarlos más que por sus nombres propios, de los miembros de su familia política, ha sido gracias a una pequeña exploración por internet que he sabido que su suegro fue el famoso editor, biografiado y alabado por Jorge Herralde en alguno de sus libros sobre editores amigos. Su suegra María Elena de la Iglesia y su mujer Natalia, también jurista destacada.
No sé cómo ha llegado a explicar que suele prepararse sus conferencias y mesas redondas con antelación, para relatar su embarazo cuando, en una ocasión en Lyon, en un congreso, debió verse ante un auditorio de 600 personas frente a un escritor español, cuando entonces aún no sólo no había leído nada suyo, sino tampoco nada escrito en español. La primera pregunta se la hicieron entonces al escritor español, queriendo saber que le habían parecido sus libros, por lo que se hundió en la butaca esperando que a él le hicieran la misma pregunta sobre los libros del otro. Ha hecho reír comentando que pudo salirse del aprieto gracias a su experiencia como abogado, que como todo el mundo sabe, puede hablar de todo sin tener ningún conocimiento específico sobre la materia que se trate, para después desvelar la intriga diciendo que luego fue a cenar con Javier Cercas y desde entonces son muy buenos amigos. Pero, para hablar de embarazos, ha vuelto a recalcar que en todo su carrera como estudiante sólo conoció a autores -hombres, por supuesto- blancos.
Un primer intento de hablar mínimamente de sus libros ha llegado con -creo- East West Street: On the Origins of Genocide and Crimes against Humanity (2016), que ha definido como libro de transición desde lo académico a lo más literario posterior, y que Girbau ha calificado como el tipo de libro sobre cosas que todo estudiante debiera saber.
El carácter en tierra de nadie entre la ficción y no ficción de ese libro (y en toda su obra posterior) se ha convertido en el tema protagonista de la sesión. Ha confesado efectuar más lecturas de libros de no ficción que de ficción, pero mostrarse encantado con libros en los que es difícil diferenciar ambos cosas. Es la conexión entre ambos mundos la que ve en Bolaños o en el libro de Chatwin sobre la Patagonia.
No sé si ha sido mi fatal oído con el inglés, junto a mi imaginación, el que me ha llevado a entenderle hablar de los tres relatos totalmente diferentes del mismo hecho que supone la historia del “Ran” de Kurosawa, y a ligarlo con su formación como abogado, confrontándolo irónicamente con ese gusto suyo por los elementos de no ficción en su obra de ficción. Algo que quizás ha querido completar Girbau cuando le ha hecho confesar que sí, que escribir es para él una forma de abogacía, que cada acto de escritura lo es. Dicho sea esto con la múltiple traducción que se le puede dar a la palabra “advocacy”.
Ramon Girbau lo ha vuelto a llevar hacia ese mundo próximo, material, de los libros, preguntándole cómo era físicamente su biblioteca personal, cuántas bibliotecas tenía. Ha empezado diciendo que tiene en la sala en la que trabaja cuatro estantes con libros sobre el tema que está tratando en el momento, para señalar que el resto de la casa está invadida de libros, todas las paredes forradas de estanterías. ¿Cómo organizar esa locura? Abandonado un primer intento de hacerlo por orden alfabético, ha soltado sonriente que ahora lo tiene ordenado por color, dando un resultado muy bonito. Me da la impresión que ha debido decir una verdad a medias y que debe haberlos ordenado por editoriales y colecciones -como aproximadamente intentamos en casa-, pues es verdad que una colección suele respetar en general un color… Más recientemente, desde hace 5 o 6 años, ha señalado, ha organizado otra biblioteca agrupando los libros por los amigos que los han escrito, sintiéndose muy contento de la reacción de satisfacción y orgullo que detecta en ellos cuando le visitan.
Pero lo que realmente le provoca una fuerte admiración -¡y a quien no!- es disfrutar de la biblioteca de tres generaciones de la familia de su mujer Natalia. No en balde el abuelo de su mujer fue el fundador de los Libros de la Pléyade… En una ocasión, mientras pensaba escribir sobre Kafka, desesperado por la enorme cantidad de libros escritos sobre él, ha comentado que su suegra oyó el nombre, arrugó la cara, diciendo que creía que tenía algo suyo, se ausentó… y volvió con una primera edición de “La metamorfosis”…
Sobre pequeñas manías de bibliófilo, ha confesado leer los libros que son propiedad suya subrayándolos, anotándolos por todas partes. Y el placer de haberse hecho con libros con la firma de Leonard Cohen, o tener en sus manos un libro con la idea de que Lemkin lo tubo en las suyas. Más de este estilo: No podría destruir ningún libro. Los que no quiere conservar los suele ofrecer a Oxfam, con los que mantiene un flujo de unos 50 al mes. Que, cuando viaja y quiere deshacerse de un libro, tiene una técnica precisa para que no pueda asociársele como la persona que los ha abandonado. Los va dejando en diferentes rincones para que no se puedan relacionar entre sí y con él.
Ha dado unos cuantos nombres de autores favoritos. Ha salido el “Long Island” de Colm Tóibín como ejemplo de rara -por escasa- novela que le gusta y que va leyendo en pequeñas dosis para alargar el placer de su lectura. Ha subrayado y hasta deletreado el apellido de Jeanette Flannan, como una sensacional escritora, de las mejores observadoras de historias sobre juicios, pero no la encuentro por ningún lado por internet. ¿Se tratará de Janet Flanner, y habré errado una vez más mi traducción?
Más nombres de escritores preferidos que ha dado: Agnès Desarthe, y especialmente su libro “Cinco fotos de mi mujer”, Curzio Malaparte y su “Kaput”, o John Le Carré y su “Un espía perfecto”, un libro que leyó con el conocimiento adicional que le daba haber leído previamente el relato sobre su padre que el escritor escribió con su verdadero nombre para la revista “The New yorker”.
Y poca cosa más, de no ser recalcar esa intersección entre ficción y no ficción, que quedó claro es lo que más le atrae.














