miércoles, 2 de octubre de 2019

Genealogías del pensamiento. El legado del Colegio de Filosofía”


Los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo. Ahora toca transformarlo. Jordi Ibáñez ha soltado la frase de Marx y ha retrocedido su posición, como poniéndose en un más discreto segundo plano, para dar juego a quienes han iniciado hoy los diálogos que constituirán el ciclo “Genealogías del pensamiento. El legado del Colegio de Filosofía”, Ester Jordana y Josep Ramoneda.
De vuelta, íbamos recapitulando. ¿Que hemos retenido? No demasiado. O poca cosa para salir dando saltos de contento por la esperanza de un futuro prometedor.
Ester Jordana nos ha hablado de algunas experiencias, de hecho de ciertas ramas de la filosofía, que intentan hacer eso que considera absolutamente necesario: situarse en el mundo, alejándose de ese eterno discurso que constituye la Filosofía académica, en la Universidad.
Por su parte, Ramoneda nos ha hablado de una situación que quien más quien menos tiene asumida: cómo se han estrellado las nuevas formas de vida propuestas, que acabaron cruentamente en los totalitarismos del s. XX. Ha señalado dos puntos del proceso que llevó a todo eso y, de hecho, a la situación actual. Uno, la pérdida de la noción de límites, que ha llevado a los totalitarismos y a otros males, como el terrorismo suicida. El segundo, la pérdida del sentido trágico de la vida.
Me he apuntado dos cosas curiosas que ha dicho: La primera, que el totalitarismo no es el orden, sino el caos. Fue el notorio fracaso de los planes de cambio de sistema los que llevaron en la Unión Soviética a las purgas. La segunda, que es imperioso recuperar a Montagne, ya que se ha dejado abandonado por completo el humanismo, teniendo hoy sólo Carta de naturaleza el homo económicus.
Como de un diálogo se trataba, Ester Jordana ha planteado -con lo que Ramoneda ha estado de acuerdo- que en otro orden de cosas la existencia del calentamiento global está llevando (por narices, por extinción del negocio, añado yo) a la recuperación de ese sentido trágico de la vida que reclamaba Ramoneda.
Ibáñez ha intervenido, recuperando el pensamiento de Foucault del que se dicen deudores los dos que diagolaban. La idea que trasmitía Foucault, muy razonable, es la de una revolución transformadora de verdad no por los hechos revolucionarios en sí, sino por la irradiación posterior de sus ideas. Pero, se ha dicho, ¿no estaremos ahora inmersos en un mundo lleno de micro núcleos revolucionarios, pero con un núcleo de revolución totalmente vacío?
Los dos han señalado al Ecologismo y al Feminismo como únicos “proyectos” subversivos. Pero, y esto es cosecha nuestra: estaría muy bien que las mujeres alcanzaran la igualdad buscada y no digamos, por cuestión de supervivencia, que un sentido ecológico envolviese las actividades humanas. Claro está. Pero algo fundamental quedaría fuera: lo invocado, precisamente, por todos los movimientos políticos progresistas que han sido.
Ante este panorama, alguien del público ha venido a preguntar qué que se puede hacer. Ramoneda ha aventurado una doble receta:
-Defender a ultranza el pensamiento crítico.
-Buscar una jerarquización informativa. En estos momentos de confusión, en que hay, según se dice, una ridícula concatenación de “hechos históricos”, hay que saber que es lo importante, no dejándose llevar.
Es poquito, pero es lo que hay.

 

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