Una portada sugerente...
Era la presentación en Altair, ayer jueves, de “Los mitos del viaje” (Fórcola, 2019), el último libro de Patricia Almarcegui, que a la chita callando ya va para escritora prolífica.
Jordi Carrión fue el encargado de conducir la sesión. A mi juicio creó nada más empezar una tensión innecesaria, anunciando que el acto iba a constar de dos partes. La primera era -dijo- una presentación, pero la segunda -remató-, pese a que no se suele hacer, sería una polémica, pues, aunque le había interesado mucho el libro, no estaba de acuerdo con una de las cosas que en él se decían.
Luego, todo sea dicho, la sangre no llegó al río, y él mismo, señalando lo amigable de la no-discusión que finalmente hubo (P. Almarcegui no quiso empuñar el sable), dejó entrever que lo había hecho para remover un poco el interés. El caso es que previamente hizo un repaso fiel de la trayectoria de la escritora y trazó lo que pareció una muy buena explicación del contenido del libro, que parece marcar el “arte de la cuestión” en todo lo referente a la teoría del viaje. Pero todos estábamos pendientes de qué le iba a echar en cara a la autora...
Bueno: nada especial, algo que entra de lleno dentro de estos conceptos que se barajan siempre en este tipo de discusiones. Se puso revolucionario, negó la línea divisoria (aunque ya calificada de “ínfima” por la misma Almarcegui) entre el viaje y el turismo y soltó que eso del viaje no era más que un concepto de clase, de una clase adinerada que deja para las otras lo de ser turistas.
Patricia Almarcegui, como digo, no quiso entrar al trapo, redujo distancias asumiendo cosas dichas en su planteamiento por Carrión (eso de que, en el fondo, lo de la consideración del viaje en uno u otro sentido no deja de ser una categoría mental), y pasó al siguiente tema.
Fue entonces cuando Jordi Carrión, tras hablar de la pérdida de de dos de los mecanismos que tenía antes un viajero para entablar contacto con los indígenas (pedir, ayudado de un mapa, una dirección y solicitar a un paseante que le hicieran una foto frente a un monumento) volvió a valorar aspectos del libro. Elogió que, mientras la moda y manía del “selfie”, dijo, se extiende más allá de lo de hacerse así mismo con el palo o estirando el brazo una foto, y está entrando con fuerza en el mundo de la literatura, “Los mitos del viaje” demuestra que Patricia Almarcegui sigue preocupada por leer, escuchar, sentir a otros, situados más allá del propio ombligo.
¿Qué más cosas explicar de la sesión? Pues que la autora va trenzando imágenes para unir sus diferentes puntos de interés, que por el momento se traducen en unas cuantas áreas temáticas para sus libros. Una muy clara es la de ella niña, en el coche de su padre, que le llevaba a sus ensayos de danza, y su obsesión por todo ese mundo desconocido que le mostraba la ventanilla. Memoria, danza, viaje, cuadro, fotografía, cine.
Otra, su respuesta a la pregunta de Jordi Carrión sobre el empleo que da en sus viajes a la cámara: no suele hacer muchas fotos y, si en alguna ocasión hace alguna, lo es sólo para poder a través de ella luego explicar, describir cosas.
Otra más: pues que lleva ya cuatro años con la escritura de su última novela, que señala está casi terminada, y que se tratará de un libro con mucho silencio.
Y una última. Que la escritura se le queda corta y está, ya desde hace un tiempo, asistiendo a un taller con un vídeo artista para usar una cámara para explicar con ella ciertas cosas que se le hacen difíciles mediante la escritura.
Y una definitiva, pero muy personal: que me gusta mucho la naturalidad y a la vez rotundidad con la que Patricia pronuncia el nombre de su ciudad natal: Zaragoza.
Sentándose para iniciar el acto.
Concienzuda, escribiendo luego una dedicatoria.



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