Josep Ramoneda dice que suele funcionar por titulares. El que puso para su conferencia de ayer en el Palau Macaya, que quería responder a la pregunta sobre el papel que podían asumir las Humanidades en un futuro, no era sin embargo muy vistoso, porque necesitaba de bastante explicación adicional. Lo sacó de Marcuse y su “El hombre unidimensional”, que con esa expresión quería indicar el cambio brusco de la humanidad hacia únicamente el consumo, un camino que desde entonces no ha hecho sino avanzar.
Ramoneda explicó que a esa nueva era él le pone una fecha, 1979, el inicio del gobierno de Margaret Thatcher, quien soltó esa joya de que “La Sociedad no existe, sólo existen los individuos”. Entonces pasamos ya directamente a ser exclusivamente el hombre economicus.
A continuación lanzó un aviso, consistente en que hay que ser conscientes de nuestra contingencia, el sentido trágico de la vida, y no dejarse llevar por ilusiones infundadas. Esa locura de que se podía crecer ilimitadamente fue la que provocó la crisis del 2008, que aún arrastramos... Con este percal, continuó, solo las Humanidades pueden defender las cosas básicas. Y fue entonces cuando hizo de nuevo aparición su predilección por los titulares. Definió tres principios a tener muy en cuenta:
1/ Principio de armonía. La verdad es, en sí, precaria, y no es cierto que la posesión de la verdad implique per se un criterio de bondad.
2/ Principio de imperfección. No hay que creer eso de que el hombre es bueno por naturaleza. La maldad es también intrínseca. Siempre hay una situación social exculpatoria y si se dan alas, eso sería abrir las puertas al totalitarismo.
3/ Principio de emotividad. Es normal tener una cierta empatía con la tribu (y aquí señaló que habiendo nacido accidentalmente en Cervera, donde solo vivió sus primeros nueve años y no le queda nadie, él se siente visceralmente de ahí, y tiene la necesidad de ir a patear sus calles periódicamente). Se ha de tener en cuenta esa dimensión, pero la democracia no puede convertirse en una emocracia...
A partir de ahí, concluyó citando el imperativo categórico de Kant, que dijo admirar, queda la pregunta sobre si es posible una ética universal. Las Humanidades deben seguir ahí para saber plantearse siempre el por qué de las cosas, sin asumir directamente nada. También, ahora que el progreso al que solían ir ligadas parece haber tocado un cierto techo, sin ofrecer ya más promesas, para intentar dar sentido a las cosas.
Acabó, creo recordar, con una definición que Hannah Arendt hizo del Totalitarismo: un sistema que no deja espacio para la intimidad. En un momento en que todos volcamos miles de datos propios en las redes, entregándolos sin resistencia a quienes hacen uso ampliamente de ellos, a ver quién dice que esa intimidad está preservada y señala como pequeño el enorme peligro al que nos enfrentamos.

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