Nos veremos obligados, dada ya su eventual magnitud, a crear la Biblioteca Almarcegui, unificando los libros que actualmente están dispersos por estanterías de diferentes habitaciones, al pertenecer a editoriales y géneros diversos. Eso pensábamos ayer regresando a casa desde Altair, donde tuvo lugar la presentación de su último item, “Treintamil dromedarios” (H&O Editorial, 2026).
Ojeando previamente el libro, de pequeño tamaño y reducido número de páginas (pasa por muy poco del centenar), del que no se sabía demasiado (porque, según confesó la propia Patricia Almarcegui, nadie lo había leído aún: había salido dos días antes, y eso no es una expresión coloquial, sino un hecho literal), me alegró ver que, mas allá de la constatación de que contenía, según había trascendido, su dosis de crítica a la aberrante explotación actual turística, parecía estar repleto y hasta organizado a base de historias cortas, mosaico con el que parecía construirse todo su edificio. Pero vayamos a lo que surgió y se divulgó del libro en la sesión:
A Andreu Navarra le tocó el dificil papel de ir haciendo comentarios y preguntas a Patricia Almarcegui para ir desentrañando de qué iba el libro… sin destriparlo del todo. Así, nos comentó -y la autora no se opuso a esa visión- que iba de un dromedario de una postal de los años 60, del que se ofrecía su biografía.
Estudiosa del Orientalismo, es curioso ver que la autora se topó en las mismas islas en las que vive con un ejemplo aplicado -en forma de un dromedario que, además, se llamaba Mohamed- de ese espítitu con el que los turistas de más allá de los Pirineos venían a descubrir territorios de por aquí. Y del que aviesos comerciantes locales pintaban todo lo posible para que actuase como eficaz reclamo.
Ya entrando en honduras, Patricia Almearcegui desveló que lo que originó que el manuscrito ahora publicado interrumpiera y se colara a otros proyectos suyos literarios en curso fue el hallazgo, en el Archivo Planas (esa enorme colección de postales que reflejan el turismo de masas de los años 60) de una foto de la playa del Arenal en la que se veía a un par de turistas subidas a un pobre dromedario. A partir de ahí, la investigación consecuente le llevó a conocer todos los datos asociados a lo que se veía en esa postal, a lo que se añadió el encuentro del relato sobre el viaje que, con el bueno de Mustafá, habían realizado dos jóvenes por la isla.
Los otros datos que vertió en la presentación ya fueron más fraccionarios, pero no por ello menos sugerentes. Aquí están unos cuantos elementos de entre los que nombró para atestiguarlo: Sáhara, Sidi Ifni (en 1964…), disquisiciones con el lenguaje a usar para hacer protagonista al dromedario sin personalizarlo,… Sin olvidar lo que internamente conceptué como una completa enciclopedia sobre detalles de la forma de vida de los dromedarios que podrian servir en los tiempos que corren, de ser bien estudiados, para grendes avances de la humanidad.
Por el final del acto se entró, irremisiblemente, en la discusión sobre el turismo como mal depredador. Andreu Navarra resumió lo principal con una divertida expresión, que adjudicó a Ballard: “¿Por qué ir a Marte, teniendo aquí al lado a Empuriabrava?



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