martes, 27 de enero de 2026

Etimología


Tras la tercera clase del mini-curso de Etimología he sacado dos conclusiones:
1/ La convicción de lo didáctico y divertido que es Javier Velaza, el que lo da.
2/ Lo complicado que se deduce que es esta Ciencia, con tantas variables que parece imposible sacar el agua clara en toda una carrera, y no digamos en un mini-cursillo como el nuestro. Sobre eso volveré al final.
Hoy la clase iba (se quedó a medias) sobre el latín, por aquello de que nuestras lenguas (el castellano, catalán, etc.) son derivaciones del latín. Y la primera lógica advertencia es que el latín, como todas las lenguas naturales, sufrió a lo largo de la historia todo tipo de variaciones y no hay que verla como una cosa única, inamovible. Es verdad que cuando una lengua tiene una institución que la protege suele ralentizar los cambios que, de otra manera, se producirían de forma acelerada, pero sólo las lenguas artificiales, como el esperanto, no sufren variaciones. Y en Roma no había una política lingüística, ni una Academia de la Lengua.
Las lenguas sufren variaciones por el tiempo (diacrónicas), el espacio donde se hablan (diatónicas), las condiciones socio-culturales de los que las utilizan (diastráticas) y situacionales (diafásicas: no hablamos de la misma forma a nuestra pareja que en un estrado).
El mismo latín tuvo -o sigue teniendo: dice que anualmente en el Vaticano se establece un concurso de poesías- muchas variaciones de ese tipo. Esta mañana ha tenido tiempo de hablar un poco -y rápidamente- de las dos primeras de los tipos de variaciones señalados.
Pensando en las variaciones diacrónicas, se suelen marcar para el latín varias etapas en el tiempo, cada una con su idioma diferenciado. Hay que pensar que del s. III a.C. hasta el XVI se pasa de una lengua de campesinos a una lengua absolutamente culta.
Hasta el s.I a.C. -con Cicerón- se puede hablar de un latín arcaico, en correspondencia con una Roma nada palaciega, como a la que nos tiene (mal)acostumbrados el cine. De hecho, ha estado también muy bien lo que ha explicado de la arquitectura y urbanismo romanos del momento, que aún no poseía nada de esa perfección de diseño de un de cardus i un decomanus, con el fórum aproximadamente en su intersección: nada de eso, que ya corresponde a la época de Augusto. Hasta entonces, aldeas del tres al cuarto.
Con Cicerón empezará el llamado periódico clásico del latín. A final del s.IV se definió un canon de cuatro autores (entre ellos Cicerón), que sirvieron de modelo, venciendo las tendencias a variar esa lengua, a romperla, que tenían gente como Séneca.
Durante todo el tiempo de todas esas lenguas diacrónicas, el latín tuvo, además, contacto con otras lenguas. Por eso, durante su época arcaica introdujo elementos etruscos, como la palabra ‘persona’ (de et.fersu: en ese momento los romanos no tenían la f) o la palabra ‘rojo’ del sabélico rufus ‘rufo. (En latín había ruber -y de ahí Llobregat- pero otra variante sería rufus).
Luego hay también mucho elemento nuevo debido al contacto con los cartagineses (como punicus, que venía del griego Phoinikos, cuando aún no tenía el sonido f).
Y, por otra parte, al margen de las diacrónicas, quedan las variaciones de otro tipo, empezando por las diastrásicas. Lo de ‘Latín vulgar’ es un concepto que tuvo gran aceptación en el s.XX. Pero no era la forma en que hablaban los menos cultos: también Cicerón hablaba diferente en sus discursos que en sus cartas.
Surgió entonces el concepto del latín familiar y, paralelamente, el latín de los cristianos. San Jerónimo, para escribir la Vulgata, como los cristianos para hacer entrar una serie de nuevas palabras para el culto que no existían en el latín, tuvieron que hacer unas cuantas adaptaciones en el idioma. Era en una lengua culta, pero los cristianos no sólo utilizaban el latín para fines cultos…
No tenemos grabaciones que nos digan cómo hablaban el latín vulgar. Nos han llegado unas cuantas inscripciones, pero al escribir se emplea siempre un lenguaje que quiere ser mejor que el hablado.
Marco Aurelio Probo, de Beirut (y Velaza ha puesto una cara llena de dolor señalando que, pese a lo que sepamos ahora, Beirut fue siempre, durante el Imperio Romano, una ciudad de lo más culta), nos dejó una serie de explicaciones sobre cómo había ido ‘degenerando’ (según él) el idioma que veía hablaba la gente. A partir de ese momento, Javier Velaza se ha puesto a enseñar una serie de tablillas clasificando los diferentes procesos de variación que se detecta, a través de Probo, que hubo en el latín vulgar desde el culto:
-Una cosa que se produjo fue la Sincopa (pérdida de vocal interior en posición postónica) como en speclum a partir de speculum, anglus a partir de angulus o calda a partir de calida.
-Otra el desarrollo de la ‘yod’ a parir de vocales en hiato (aquí ya empiezo a tener dificultades en seguir este tipo de cosas), como lancia en vez de lancea o lileum en vez de lilium.
-Una tercera el paso de la u a la o (colomna en vez de columna)
-Una cuarta el Apócope (perdida de -m a final de palabra). Oli en vez de olim, ide en vez de Idem o nunqua en vez de nuquam.
-Una quinta la reducción de ns a s (asa en vez de ansa o mesa en vez de mensa).
Y otras. Pero he de decir, por lo comprobado esta mañana, que todas estas alteraciones son conocidas por los estudiosos con un vocabulario específico que ya veo que soy incapaz de retener, además de que existen en el interior de cada cambio diferentes reglas de formación muy complejas que se contradicen entre sí. ¡Todo un galimatías! Que me temo, vaya, que no vamos a salir con un cuadernillo debajo del brazo con tres o cuatro reglas básicas para emplear tomando una cerveza y dejar patidifusos de sabiduría a nuestras amistades.




 

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