Francisco Madrid
Ayer, disfrute total en la sesión del seminario sobre la Barcelona canalla de la librería Finestres. Pero era algo previsible, porque su invitado era Xavier Theros, nombre que vi en el temario y me indujo a matricularme.
El tema del día era teóricamente el Barrio Chino, nombre aparecido por vez primera en un artículo de 1925 del cronista Francisco Madrid, diciendo que la zona del entonces Barrio de Atarazanas (Theros trazó su línea más alta en la calle Nou de Rambla) ya era igual que el Barrio Chino de Chicago o Nueva York.
También especificó Theros que los dos únicos chinos que vivían en el barrio eran una pareja que vendía baratijas en las Ramblas, de los que un periodista oportunista publicó un reportaje. Por el contrario, lo que sí había en el Barrio Chino, según investigó para la confección de su novela recientemente publicada -“Aqui no viu ningú”-, era una comunidad judía muy importante, y añadió unos datos escalofriantes: que recibían las batidas de jóvenes nazis que vivían en los años 30 en las zonas altas de Barcelona para golpearlos y destrozar sus bienes.
Se comenzó mencionando a unos cuantos cronistas del barrio, ya sea como periodistas o novelistas. Quizás el nombre más valorado fue el de Tomas Gil Llamas, jefe de la Brigada Criminal de la Policía, autor de novelas como “Brigada Criminal” y también de la base para “Apartado de Correos 1001”, ambas también dos buenas películas del cine negro barcelonés de los 50. Pero también surgieron Manuel Casal Gomez o hasta Tomas Salvador, otro policía de quien Alberto Valle destacó “El inocente”, llevada al cine por Josep María Forn en “Muerte al amanecer”. Theros señaló que en la relación sólo había echado en falta el nombre de Llorenç de Sant Marc (Joan Carandell). A todos esos se sumaron espléndidos cronistas fotográficos, como Joan Colom.
De policías no escritores pero con gran incidencia en el barrio, Xavier Therós esbozó un retrato de El Gravat (o también El Grabao o El Picao en Sevilla: tenía huellas de una viruela infantil). Éste era un policía de la Guardia Municipal, auténtico animal, que iba con sus esbirros y bien podía acelerar su camioneta por el mercado matinal de la calle Arc del Teatre para destrozar a aus perseguidos. Un matón impune, del que Francisco Candel le relató que en una ocasión fue víctima de las pescateras del mercado, pues le tendieron una trampa y le empezaron a golpear con pescado congelado. Fue luego quien iba a controlar los inmigrantes que llegaban a la Estación de Francia, y si no tenían un trabajo o un domicilio comprometido los hacía volver por donde habían venido, generalmente encerrándolos en el pabellón de Montjuic habilitado para estos menesteres.
Otro personaje peculiar fue Jack Bilbo, escritor de unas supuestas memorias “Al servicio de Al Capone: memorias de un gangster”
Sobre cómo se formó el Barrio Chino como centro del ocio canalla de la ciudad, Theros lo tiene claro: el precedente se dio en 1850, cuando las fábricas del lugar, después de varios accidentes, fueron erradicadas de la ciudad y trasladadas al extrarradio (Sants, Poble Nou). Rápidamente , tras su abandono, los espacios de las fábricas fueron ocupados por míseros sitios de ocio para el servicio a los soldados del vecino cuartel de las Atarazanas. El cruce de lo que es ahora la Avenida de las Atarazanas (sitio de la ciudad luego desventrado por las bombas durante la guerra civil) y Arc del Teatre quedó lleno de unas míseras tabernas y casas de prostitución. Pero el dinero llegado a la ciudad con los europeos que no querían ir a la primera guerra mundial fue convirtiendo poco a poco esas tabernas de mala muerte en cabarets, prostíbulos y salas de fiestas que alcanzaron cierta fama.
Se pasó lista entonces a unos cuantos locales míticos:
-La taberna La Mina, que tenía dos entradas, una por la calle del Cid, dice Theros que tiene más de literatura que realidad. Adquirió fama de reunirse allí lo más nutrido del hampo de Barcelona. Encima suyo había un par de pensiones donde se decía que se podía dormir muy barato gracias al sistema de la cuerda (sobre una cuerda tendida de lado a lado dejaban caer sus torsos los pobres durmientes y cuando llegaba la mañana deshacían el nudo que sostenía la cuerda…). No sobrevivió a la guerra civil.
-La Terra negra (en la plaza Carboneras) esa sede de la prostitución más infecta.
-Madame Petit fue otra de las leyendas de Barcelona, apareciendo en la “Vida Privada” de Josep María de Sagarra. Ocupaba todo un edificio entre la calle Lancaster y la Guardia, en donde ahora es Arc del Teatre. Disponía de habitaciones temáticas, cama redonda, etc.
-En La Criolla, y de forma más evidente y morbosa en la anterior, disponían de reservados para que los burgueses pudieran observar sin ser vistos.
-El Chalet del Moro, otro de los frecuentados por los burgueses, estaba al final del carrer del Ginjol. De ahí viene la expresión catalana esa de estar “més feliç que un gínjol”.
Junto a éstos, a los que bajaban desde los barrios buenos de la ciudad, había también en el Chino zonas de prostitución de lo más lúgubres, a donde no habrían ido nunca.
El que se llegó a llamar en la prensa, siempre exagerada, el Harlem Barcelonés estaba formada exclusivamente por dos locales de la Calle Nou de Rambla, La Estrella y el Edén. Allí se tocaba jazz (los Chocolates Kid), acudían boxeadores… y poseían una gramola donde giraban los discos más nuevos del momento del jazz.
Finalmente habló largo y tendido Xavier Theros de La VI Flota en Barcelona. Pero como creo que en su día ya hice una entrada a partir de la presentación del libro que escribió, que consistió en un magnífico recorrido por los sitios de la ciudad que tuvieron mucho que ver, mejor lo dejo, no sin antes trasmitir lo que señaló ayer Theros: que de toda la retahíla de locales -normalmente por la calle Escudellers- con nombres de territorios norteamericanos, surgidos para atraer a los marines, ya no queda sino el Bar Kentucky, que además no fue de los creados para la ocasión, sino que ya tenía ese nombre previamente. Ahí aún se puede ver en él la gramola en la que los marines podían oír su música.
Bueno: y para acabar, reproducir el chiste que recordó. Un diálogo entre un marine despidiéndose de una prostituta:
-A lo que te dejo, ponle Johnny.
-A lo que te dejo ponle penicilina







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