martes, 20 de enero de 2026

Millán Astray contra la robavellaire del carrer ponent


Otro curso en el que me he apuntado es “Barcelona. Cartografia marginal del segle XX”, organizado en la Llibreria Finestres. Ayer tuvo lugar su primera sesiòn.
Según comentó Alberto Valle, su conductor, todas las sesiones seguirán un mismo esquema: primero él efectúa una introducción genérica al tema suscitado y luego da paso al invitado del día para desarrollar un tema específico de esa Barcelona de, sobre todo, inicios del s.XX hasta 1923, año de la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera.
La sesión de ayer llevaba por título “Millán Astray contra la robavellaire del carrer ponent”, y la persona invitada era Elsa Plaza, autora de una serie de investigaciones sobre el período centradas, principalmente, en la situación de las mujeres de las clases más desfavorecidas.
De hecho, cartografía, lo que se dice cartografía (es decir, el “aquí estaba situado este sitio tan famoso, y en este otro extremo de la calle funcionó durante unos años tal otro”), que es lo que realmente me indujo a apuntarme en el curso, ayer bien poco, hablándose más bien de generalidades del periodo, sin acabar de poner el punto en el mapa.
En su introducción genérica, Alberto Valle intentó ofrecer una imagen impresionista de esa Barcelona del actual barrio del Raval, antes de llamarse Barrio Chino, que ha pasado tanto por los mas reconocidos caricaturistas de la época que lo pintaron (APA, Junceda, Brunet, Opisso), las organizaciones obreras que surgieron en el periodo (Solidaritat Obrera en el 1907, CNT en 1910), los autores que hablaron de todo el ambiente de la mala vida del barrio (Juli Vallmitjana, Max Bembo, etc). Y mencionó la importancia de la guerra europea, en la que España fue país neutral, tanto para el enorme enriquecimiento de muchos como para traer notorios extranjeros (el caso de Picabia) y hacer famosa la vida nocturna de la ciudad. Todo ello en un ambiente de enorme miseria de la clase trabajadora.
Elsa Plaza, por su parte, intentó precisar que es imposible hablar del periodo sin remontarse a notorios antecedentes del siglo XIX y protestar por seguir hablando del barrio como núcleo de “los bajos fondos” barceloninos, cuando también es el sitio donde surgieron importantes movimientos culturales y políticos ligados a la clase obrera, y entre ellos nada despreciables movimientos de mujeres.
Para hacer notar lo primero mentó la figura de Josep Barceló, hilador y dirigente obrero que fue víctima a mitad del XIX de un montaje policial acusándole de un robo en un lugar que ni siquiera había visitado, por el que fue ejecutado.
Para lo segundo, la manifestación anticlerical de mujeres librepensadoras, vestidas de blanco, por el actual Passeig Lluís Companys el 1910. O la posterior, el 1918 de mujeres republicanas radicales (del Lerroux inicial), capitaneadas por Amalia Alegre y Maria Marin, contra la escasez y carestía de la vida. Un movimiento que se prolongó luego dirigido por mujeres anarquistas, más combativas, que llevaron a la huelga hasta a coristas y camareras.
Elsa Plaza es la que se acercó inicialmente al concepto de cartografía barcelonesa. Situó las últimas ejecuciones públicas de la ciudad en lo que ahora es el Mercat de Sant Antoni, para indicar que luego pasaron a efectuarse en el patio de la Cárcel (de condiciones infrahumanas) de Amalia (por donde ahora está la plaza Folch i Torres)
No situó -me habría interesado- los prostíbulos más elegantes, diciendo sólo que estaban en chalets de la parte alta de la ciudad, pero sí el más famoso, el de Madame Petit, en la Calle Arc del Teatre.
Como autora de un libro sobre el tema, explicó luego quien fue esa mujer desgraciada, Enriqueta Martí, a quien a partir de los años 70 se le etiquetó con el nombre de la vampiro del Raval, atribuyéndole el Jefe de policía de Barcelona de la época, José Millán Astray padre, toda una serie de crímenes que pudieran ir bien con su teórico perfil, aireado de forma escandalosa por la prensa y rumores de la época, que se inventaron de todo.
Autora también de un libro de pronta aparición sobre la prostitución reglamentada previa a la República, nos explicó detalles de ese menester que convertía a las mujeres que la practicaban el estrato más bajo de toda la sociedad, sin protección alguna. El Servicio de Higiene efectuaba inspecciones periódicas a las mujeres en todos los prostíbulos y si detectaba alguna inapta para el servicio, la ingresaban en el “Sifilicomio”, situado por Santa Madrona. El Servicio de Higiene no actuaba nunca a favor de las mujeres, que morían mayoritariamente de tuberculosis y otras enfermedades contagiosas, sino para prevenir pudieran dañar a los clientes de la prostitución.
Al final, viendo que como bibliografía ajena de la época no citaban más que “La verdad sobre el caso Salvolta”, de Eduardo Mendoza, salí a informar de los libritos de kiosco de los que nos informó Josep María Carandell, aunque sólo fuera porque hasta el propio Mendoza ha explicado en alguna ocasión lo que les debe para la escritura de su novela, o la maestría que les adjudicaba Manuel Vázquez Molntalban.
Hablo de los libros -escritos ya en la postguerra- por Llorenç de Sant Marc, seudónimo de Joan Carandell, padre de los hermanos Carandell. De origen muy humilde, Carandell había sido en esos tiempos convulsos uno de los “jóvenes bárbaros” de Lerroux, para más tarde llegar a ser una especie de Conseller de Economía de la Generalitat y, pasado a Burgos con su familia, ser vecino de los Franco, con cuya hija jugaban Luis y Josep María Carandell.
En un momento de crisis económica familiar, apartado de sus negocios, lo único que le tranquilizaba era escribir estas novelitas (lo hacía de pie) que gracias a sus experiencias vitales pasan por ser el mejor retrato de la Barcelona del pistolerismo.






 

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