El barrigón -incluso más profundo que el mío- de Mr. Roy, con su pinta de antiguo burgués standard, me confirmaba si cabe mi idea previa de que íbamos a oír poca cosa más que los ya habituales lugares comunes acerca de las características y las causas del terrorismo suicida. Su disertación, sus opiniones siempre fundadas en la recopilación y análisis exhaustivos de datos, me fueron sacando de mi error.
La tesis de Oliver Roy, expuesta ayer en su conferencia del Palau Macaya, es que, por encima de la línea histórica de estos atentados, el terrorismo suicida actual es un fenómeno contemporáneo, ligado a circunstancias y aspectos totalmente generacionales.
Sí efectuó un pequeño repaso histórico, señalando que el terrorismo (atentado indiscriminado contra víctimas civiles) empezó en el s. XIX y ha seguido produciéndose por diferentes causas hasta el momento. Pero él está focalizado en lo relativamente nuevo: aquel en el que quienes lo perpetran no tienen intención de sobrevivir.
Hasta hace poco, este tipo de atentados, efectuados primero por Al-Qaeda, más tarde por Daesh (ISIS), invocando siempre la Yihad (aunque el suicidio está condenado por el Islam, y sin embargo no existe nunca un plan B para poder huir), tenían un perfil muy parecido.
Se trataba de crímenes cometidos por jóvenes de segunda generación, hijos de inmigrantes, convertidos al Islam inesperadamente. Tenían una red detrás. Si pensamos en casos como el del 11S, tenían esos casos siempre una irracionalidad política galopante asociada. Un atentado de esas características precisa una formación exigente (tuvieron, por ejemplo, que aprender a pilotar aviones…) y con el atentado acaban con toda esa gente formada, que desaparece del mapa, sin poder participar en ninguno más.
A partir de 2017, el perfil del atentado cambia radicalmente. Casi siempre se trata de acciones individuales, sin red organizada detrás. Sobre todo con arma blanca. Y ninguna red logística de soporte.
Pocos de sus autores tiene una formación religiosa fuerte. Les asesora un autoproclamado Imán, pero que tampoco tiene una sólida formación religiosa: son, en este aspecto, como él.
Es la prisión, a donde van a parar por pequeños robos, generalmente relacionados con la droga, la que ejerce de Acadèmia del islamismo, muy por encima de la mezquita.
Les arrastra la fascinación por la violencia, el deseo de venganza, antes que la fe religiosa, que llega después: la religión les da un relato en el que acoger sus ideas.
Sus atentados tienen ciertas similitudes con los de esa temible e inacabable racha de asesinatos masivos en institutos y universidades norteamericanos, de los que sería paradigmático el caso de Colombine. En éstos sus protagonistas serían también suicidas o se dejan matar por la policía.
Ambos avanzan lo que van a hacer. Publican cosas sobre ello, hacen declaraciones, incluso a veces filman sus crimines. Las inscripciones satánicas de unos se corresponderían con las invocaciones al Islam de los otros. Ambos buscan la notoriedad y se auto-definen como héroes.
Una cosa curiosa es que aparecen entre ellos muchos hermanos: en el atentado de Bataclán estaban involucrados 5 pares de hermanos. Ese sería, en todo caso, su apoyo exterior, no el de toda una organización.
Oliver Roy pasó a explicar por qué razones los tilda de nihilistas: Antes los grupos terroristas pensaban en traer con sus acciones un tiempo futuro mejor. Ahora no hay futuro. Ésta es una característica que se extiende hasta los activistas de ONGs, grupos ecologistas, etc: el tiempo va contra ellos, y quisieran frenarlo, quedarse en una situación pasada, para retrasar la destrucción del mundo.
Como fenómeno generacional, sigue la cultura joven. Rap, juegos de vídeo (el Scarface encarnado por Robert de Niro es su héroe), clubs de deporte y combate están entre ellos al orden del día.
A los atentados actuales no se les ve un hilo conductor. Los suelen efectuar jóvenes de una población flotante, migrantes que no paran de migrar, sin asentarse definitivamente en un lugar. Son innumerables los casos psiquiátricos. Siempre les empuja su pesimismo sobre su vida futura. Son sus autores miembros de segunda generación de migrantes. En cambio, los de la tercera generación son muy pocos: esos ya tienen otros registros que la radicalización para la protesta.
A estos atentados efectuados con cuchillos, los medios de comunicación sólo les dan fuerte divulgación si los cometen musulmanes. Roy habló del caso de uno sucedido en Annency, cometido por un joven de apellido árabe. “Atentado islamista” rezaban los titulares. Cuando se supo que el asesino era cristiano, bajó rápidamente su divulgación.
En la rueda de preguntas, Oliver Roy expresó una serie de evidencias muy preocupantes:
Veo -señaló- que en estos jóvenes se produce una radicalización por desculturización. El problema es que hoy en día hay una desculturización general. No vienen a ser sino el síntoma de la crisis de toda una civilización.
Y acabó poniendo un par de ejemplos de cómo se está actuando en contra de lograr una mayor integración en sociedad de todo el mundo, cómo se cierran muchas formas de socialización, dejando a estos bichos al margen.
Una es casi de risa: es el caso de esos pobres ‘riders’, que van en sus bicicletas de aquí para allá repartiendo lo que sea, y cómo les imbuyen que se tratan de emprendedores, nada de asalariados de una empresa.
El otro ejemplo que dio fue el del cambio de consideración social del autismo, que ha pasado de enfermedad a ser considerado como una bienaventuranza para los Jefes de Recursos Humanos de las empresas y elogiado como fuente de felicidad.
Su última intervención fue, sin que sirva de precedente, para sentirse optimista en el caso de Siria, sobre el que le preguntó su opinión una señora. Explicó que Ahmed al Charaa, después de años de experiencia, ha visto que las actividades del Estado Islámico no llevaban a ninguna parte, que no tenían futuro, y ha hecho lo que podrían hacer otros de otras tendencias, dentro de una lógica de recuperación del país: pasar a preocuparse de sus fronteras hacia dentro, procurar el fin de la violencia, intentar asegurar la convivencia pacífica con las otras creencias: la cristiana, la drusa y -ahí un cierto respingo sacudió su cuerpo- alauitas. Sí, zanjó, intentando restar hierro a todo el plomo vertido: por una vez optimista.





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