martes, 26 de noviembre de 2019

Literatura del holocausto


Con el despiste que me caracteriza iba yo ayer pensando que acudía a oír en el CCCB a Gonzalo Pontón, el editor, cuando claro está se trataba de su hijo. Su charla, dentro del ciclo “La tragedia 2: la modernidad”, iba sobre “Literatura del holocausto” y la ha hecho cautivando a la audiencia como hacía tiempo que no veía.
Salieron todas esas frases que se suelen decir o leer sobre este tema, pero precisándolas y dándoles un sentido bastante más certero y profundo que el que se desprende de solo repetirlas una y otra vez como un sonsonete, sin analizarlas y comprenderlas lo que deben.
Una primera fue la de Adorno. Que no es exactamente esa que tanto suena de “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”, que nunca escribió, sino, concretamente, “Escribir un poema despues de Auschwitz es un acto de barbarie”.
Pontón fue dando forma a la idea de que todos los que pasaron por esa terrible experiencia de la reclusión en un campo de concentración nazi, se plantearon en algún momento esta pregunta: hubo solo entre un 9 y un 12% de supervivientes. ¿Por qué nosotros y no otros mucho más dotados? Una pregunta que les devolvía una imagen de culpabilidad que les impedía ponerse a explicar lo (no) vivido. La conferencia tenía como objetivo precisamente analizar las estrategias que adoptaron cada uno de cuatro escritores destacados en este campo para superar esa barrera y explicar esa experiencia, que Semprún decía que sí era decible, pero que lo que era es no vivible.
El que más centró su atención fue ayer Kertesz, uno de los judíos húngaros deportados en 1944 a los campos, de los que más de 400.000 fueron gaseados en dos meses, y su “Sin destino”, libro que tiene un protagonista de quince años con todas las características y vivencias que tuvo Kertesz, pero que no lleva su nombre.
Otro de los grandes escritores sobre el tema es, señaló, Primo Levi, que escribió “Sí esto es un hombre”, un libro relativamente temprano que apareció cuando Europa no podía aceptar ya más horror, razón por la que posiblemente pasó entonces sin pena ni gloria. El infierno, que no le sirve a Kertesz para explicar los campos, sí le sirve a Levi: el infierno de la Comedia de Dante es leído en su relato en el campo de concentración por su personaje principal a otro cautivo que quiere aprender italiano.
Situó a Paul Celan como el gran poeta del Holocausto, que se sirvió de la referencia del “¡Absalón, Absalón!” de Faulkner para escribir, y, finalmente, habló también de Jorge Semprún, quien en sus novelas no habla directamente de Buchenwald, el campo donde estuvo, sino del recuerdo que Semprún, su personaje (Semprún habla -frente a un Kertesz que lo hace en tercera persona- siempre en primera persona), tiene sobre el campo. Como todos, siguió explicando Pontón, tamizó esa experiencia, intentando huir de la descripción frontal del horror.
¿Qué es lo que hace grandes a estos escritores entre los cientos que han escrito sobre el Holocausto? -se preguntó entonces Pontón. Para responderse acudió a Todorov y la diferencia que éste trazó entre Memoria Literal y Memoria Ejemplar. No transcriben literalmente los hechos que vivieron. Lo hacen fabulando...
Pero volvió a Kertesz, porque señaló que era el más adecuado a esa sesión sobre (la imposibilidad de) la tragedia a la que asistíamos. Kertesz estaba obsesionado en escribir algo que no fuera una tragedia. El protagonista no es ningún héroe, no puede serlo...
Dió algún viraje más Gonzalo Pontón en su charla. Aclaró, primero, lo de la banalidad del mal de Hannah Arendt, señalando que su intento fue el de no demonizar (y por tanto simplificar) a Eichmann, dejando claro que a veces hay que pensar el mal en términos humanos. Y luego habló, entre otras cosas, de un artículo de Kertesz en el que éste habla de dos películas sobre el Holocausto: deplora en ese artículo “La lista de Schlinder” de Spielberg (hecha como para parecer un documental, dando carta de realidad a excepciones) y en cambio justifica “La vida es bella” de Benigni, que, por lo menos, cuenta unos hechos que no pueden ser considerados sino absurdos.
Fue Gonzalo Pontón desarrollando su disertación hilvanando todo perfectamente, precisando los peligros de literaturizar todas estas temibles cosas, incitándolos muy persuasivamente a leer esos y otros títulos, hablándonos todo el rato de usted. En un momento tuvo un desliz y apeó el tratamiento, rectificando rápidamente. Aunque sabía positivamente que sólo un porcentaje muy pequeño había leído todo eso, una y otra vez se apoyaba, muy educadamente, con gran respeto, en las posibles sensaciones y conocimientos del auditorio. Vamos, que todo el mundo salió reconfortado viendo, por una vez, al margen de con mayor conocimiento sobre temas de los que se suele hablar demasiado ligeramente, por cómo había sido considerado. Qué elegancia...




 

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