miércoles, 27 de noviembre de 2019

Barcelona: del franquisme a la democràcia. El protagonisme de la ciutadania (1973-1983)


Parece que Scorsese digitalizó en “The irishman” los rostros de sus actores para rejuvenecerlos. Esta mañana, ante esta mesa redonda, daba la impresión de que estabas presenciando los efectos de un procedimiento opuesto: Recordabas los rostros de los personajes que tenías delante, pero algún sorprendente sistema de estos los había envejecido.
La mesa redonda correspondía al acto final de la primera mañana del XVI Congrés d’Història de Barcelona, dedicado al tema “Barcelona: del franquisme a la democràcia. El protagonisme de la ciutadania (1973-1983)” y buscaba sondear que decían ahora del primer gobierno democrático de la ciudad (1979-1983) sus protagonistas.
Basta ver la foto: Eulàlia Vintró, que ha hecho de moderadora, estuvo por ahí justo en el periodo posterior. Rafael Pradas fue concejal del ayuntamiento por el PSUC en ese periodo, Josep María Cullell de 1979 al 80 y más tarde del 87 al 93 por Convergencia. Narcís Serra (PSC) fue el primer alcalde democrático de 1979 al 1982. Enric Truñó, por último, concejal de 1979 al 1998.
Todos han coincidido en la ilusión que los animaba y en un espíritu colectivo (que han recalcado tan diferente al actual) que les llevaba, con discrepancias, a navegar en un mismo sentido, haciendo cosas de las que aún se sienten orgullosos. Vamos a lo que he anotado o lo que recuerdo de sus intervenciones, que me han resultado del mayor interés:
Serra se ha hecho esperar, pero no por ser consciente de ir un poco de vedette de la sesión, sino porque en vez de presentarse en el Born, donde se celebra finalmente el congreso, lo ha hecho en la casa de la Ardiaca, sede del Arxivo Histórico de la Ciudad, donde estaba inicialmente anunciado. La mesa redonda no ha empezado hasta que un taxi lo ha traído desde ahí.
Con un marcado tic en su cara cuando Vintró lo ha presentado, ha dibujado a continuación un poco la situación previa: un periodo en el que la democratización alcanzaba no solo a Barcelona, sino a Cataluña, a toda España, no siendo en ese proceso las ciudades la máxima prioridad. El alcalde anterior, Socias Humbert, no lo hizo nada mal -ha razonado- teniendo en cuenta que fue nombrado a dedo. Abrió las puertas y dejó mostrar su fuerza a la ciudadanía (las Asociaciones de Vecinos, las corporaciones mayoritarias) y, para poder operar mínimamente, tuvo que hacer funcionar al Banco de Crédito. Al llegar las elecciones municipales de 1979 el pago de la deuda se llevaba casi todo el presupuesto del Ayuntamiento.
Ha nombrado Serra varios aspectos de la intervención de su gobierno municipal:
-Que se trató de un gobierno de unidad del que sólo se excluyó, en lo que ahora ha tildado de gesto quizás algo infantil, a la UCD.
-Estrategia de “Embolica que fa fort” (algo así como “enreda y extiende el conflicto todo lo que puedas”) para intentar afrontar el problema de la deuda municipal. Se consiguió que 21 alcaldes de grandes ciudades se plantaran reclamando soluciones, que llegaron con una ley de 1983. Hasta entonces, para empezar a realizar proyectos de plazas por barrios, se acudió a un primer empréstito, que hoy parecería ridículo, en el extranjero.
-Política de pequeños proyectos por barrios, zurcidos por aquí y por allá. De hecho, ha confesado, se atendieron buena parte de las reclamaciones de las Asociaciones de Vecinos, asumiéndolas en buena parte.
-Enfrentamiento a los sindicatos en sus huelgas de empleados de limpieza y transportes que, ha señalado, no se podían asumir, para no mostrar preferencias con sectores organizados fuertemente respecto a otros de la ciudadanía.
-1981 como año decisivo, encerrándose él con Pasqual Maragall para planificar las cosas y con la comunicación al rey, en el Consell de Cent, de que querían aspirar a tener los Juegos Olímpicos en la ciudad.
Enric Truñó ha explicado que él era ingeniero químico y que su única credencial política previa era haber participado en las reivindicaciones de La Sedeta para su barrio y en el Congreso de la Juventud de Cataluña. Le hicieron entrar en el ayuntamiento para llevar a cabo políticas de juventud. Serra, ha dicho, lo consideraba ya un poco mayor. Tenía 28 años, pero es que Serra tenía entonces 34.
Ha recalcado lo dicho por Serra en cuanto a las bondades del gobierno de progreso (diciendo que ya le pareció bien entonces dejar fuera a la UCD) y al esfuerzo económico, hablando de la reforma administrativa emprendida, para centrarse luego en el ámbito de lo social.
Por ahí ha ido nombrando los diferentes puntos que tenían identificados y que fueron haciendo: Primeras vacaciones organizadas para escolares, plazas para el Servicio Social sustitutorio del militar (que parece enfurecieron al capitán general), servicios sociales, dejando de lado unas instituciones de beneficencia preexistentes muy obsoletas, para hacer políticas de lo que en el futuro se llamaría bienestar social, centros cívicos, urbanismo de las pequeñas plazas, fiestas de la Mercè, Festival del Grec (tras la previa experiencia de la Asamblea de Actores y Directores Teatrales), Consejos de Distrito y proceso de descentralización.
Josep María Cullell, que era en principio el que menos me interesaba oír, ha resultado lo más atractivo de la sesión y creo que ese ha sido un sentimiento común, porque ha sido el primero en recibir una fuerte salva de aplausos tras su intervención. Mientras Eulalia Vintró efectuaba su presentación, tenia (ver segunda foto) la cabeza gacha, como dormido o algo peor. Pradas, a su lado, le echaba miradas preocupado.
Su inicio ha explicado bastante a que venía todo eso. Ha dicho que ya no sale de casa, que el 3 de enero tuvo un incidente vascular y que tras ello le quedan pocos recuerdos de entonces. Que no podría dar cifras y datos exactos, sólo sensaciones.
Lo que ha ido diciendo a continuación ponía en entredicho todo esto, porque ha estado muy expresivo y ha definido muy bien varías sensaciones, y entre ellas un espíritu que ha lamentado que ya no ve en el mundo político.
Una primera sensación que recuerda, según él, perfectamente: la ilusión del equipo municipal, que expresaba una frase promocional: “entra con nosotros en el Ayuntamiento”.
Para explicar lo despistados que estaban casi todos los que entraban tras las primeras elecciones municipales en el Ayuntamiento ha trasmitido una anécdota, una imagen bastante sorprendente. Hicieron su primera entrada a la luz de velas, porque no sabían dónde estaban los interruptores que iluminaban los diferentes espacios.
Ha vuelto a mencionar, él que llevaba las cuestiones económicas, aspectos ya mencionados, como la enorme deuda que se comía todo el presupuesto, pero se ha vuelto a centrar en aspectos generales muy claros.
Uno ha sido cuando ha señalado que el líder de la oposición era Güell de Sentmenat. Con gente en la oposición tan educada como él, ha explicado, es evidente que todo funcionaba “com a una bassa d’oli”. Nada que ver con lo de ahora, se ha lamentado, recordando los insultos que se ven cotidianamente entre politicos por televisión. ¡Válgame Dios! -ha finalizado, en catalán.
Otro también ha resultado muy ilustrativo. Una manifestación de protesta en la Plaça Sant Jaume. Gente de entre nosotros, como Justiniano, dispuesto a bajar a apoyarla. Intentar convencerlo de que no, que en ese momento tocaba quedarse ahí arriba...
Y dos finales emotivos, de agradecimiento: “Un día, Jordi Conill, enemigo político mío, pero al que respetaba extraordinariamente, como condenado a muerte por el franquismo, me pidió mi voto para una moción suya. No es que fuera votar la República -en aquel momento hacíamos cosas más sencillas-, pero vaya. Le di mi voto, en contra de la opinión de mi partido”.
El segundo, el recuerdo de gentes de otros partidos, Serra, Maragall, Abad, organizándole una despedida para desearle suerte en Madrid. Imposible también hoy. Era, ha concluido, servir a la ciudad, no al partido.
Rafael Pradas se ha visto, como ex-miembro del PSUC, aludido en lo de Justiniano y ha recordado que ellos eran de un “Partit de lluita, partit de govern”. Ha recordado su procedencia de la revista CAU y aquel número sobre la Barcelona de Porcioles, una Barcelona que se había cargado la Rambla de Sant Andreu, una de las primeras cosas que se preocuparon de resucitar, o una Barcelona con barracas, que se pusieron a erradicar. Una Barcelona con un Nou Barris, ha recordado, que era Terra Incógnita.
A él le tocó la consejería de Cultura, aunque, como recordando el triste sino de la cultura, como “torna” (compensación) de una consejería de Enseñanza que se quedaron los socialistas.
Quizás, no obstante, fuese de los mejores periodos para la cultura municipal: se encontraron con que los músicos eran funcionarios, en el Grec tuvieron que poner a los vigilantes de museo como acomodadores, enfrentarse al problema de cobrar por las entradas y pagar a las compañías contratadas, sacar piezas de museo para exhibirlas en exposiciones: nunca se había hecho.
Perdón por la macro-extensión del relato sobre lo visto y oído...


 

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