Al acabar la conferencia he ido a cumplir lo que le prometí hace poco a Martí Font: que me presentaría y le saludaría la próxima vez que coincidiéramos en un acto. Así lo he hecho, para a continuación decirle que, estando él ahí, me consideraba exonerado de hablar de lo escuchado de boca de Jordi Amat.
Pero llegado a casa, tras regresar caminando con Teresa dándole vueltas a lo oído en el Palau Macaya, he pensado que estará muy bien leer su artículo, pero por si no lo escribe -porque igual está ya demasiado cansado de leer y escribir tan frecuentemente sobre lo mismo- no estaría mal que, para recordarlo, escriba yo lo que he captado y hemos medio razonado sobre ello.
En el coloquio final Martí Font ha recordado lo que se ve que cuenta Bricall en sus memorias relativo al Liceo y el Teatro Real de Madrid, compensando una intervención previa de otro asistente, que se ha definido como víctima y victimista, tildando de desproporcionado el presupuesto de las instituciones culturales madrileñas respecto del de las catalanas. El relato: Barcelona tenía un teatro de ópera muy activo, en pleno funcionamiento, sí bien con grandes necesidades económicas, el Liceo, mientras que en Madrid el Teatro Real languidecía, medio cerrado. Javier Solana ofreció, como ministro de cultura, apoyar económicamente, de forma decidida, al Liceo, apostando para mantenerlo, como es en Italia el caso con la Scala de Milán, como el gran teatro de ópera español. Pujol se negó, alegando que entonces dejaría de ser totalmente catalán.
Bueno, no lo he dicho, pero la conferencia de hoy de Jordi Amat llevaba por título “La normalización incompleta” y Ramoneda ha explicado al principio que su encargo fue que hablase sobre qué había pasado en la cultura catalana en los últimos cuarenta años. Nervioso como es Amat, continuamente tocando con la mano el micrófono, girando la cabeza para mirar uno de los libros que ha traído y citado, volviendo a tocar el micrófono, elevando y bajando la cabeza con cierta brusquedad, ha ido leyendo y comentando un texto dando tantas vueltas adelante y atrás, arriba y abajo como nos tiene acostumbrados, lo que puede haberme ocasionado algún error interpretativo, por el que pido anticipadamente excusas.
“Si lo de la normalización existió, ya murió hace tiempo. Posiblemente de éxito”. Así, más o menos, ha empezado su conferencia. Habría que explicar antes que ese “proceso de normalización” del que hablaba era el de “la cultura catalana”, justificado el nombre, según también ha dicho, por seguir el periodo analizado a lo que se había definido como una época de genocidio de la misma.
Jordi Amat suele entresacar casi del olvido momentos, determinadas coyunturas de la historia, no siempre considerados como decisivos, para señalarlos como cruciales, de inicio, final o cambio de sentido, totalmente significativos para la tesis que quiere defender. Esta tarde nos ha hecho viajar con él en el espacio y el tiempo del presente al pasado, de un momento a otro.
No ha empezado por él su relato, pero posiblemente el momento más lejano en el tiempo que ha mencionado, llegando a él por un recorrido brillante literariamente, haya sido el de un hoy casi olvidado Congreso de Cultura Catalana. Ha hablado de él con lo que me ha parecido apreciar era una cierta mirada enternecida. Fue producto de un momento, ha dicho, en que se creía en la ruptura, dando pie a unas ideas nacionalistas rupturistas, que pensaban en el ámbito de todos los “Países Catalanes”. Propugnaban una cultura para todos ellos con una lengua y contenidos (y ahí ha reflexionado que no sabe muy a bien a qué se estaban refiriendo con eso) catalanes. No fue ese -ha acabado el párrafo- el camino que se siguió, o solo parcialmente.
Lo siguiente cronológicamente hablando (en la historia, que no en la conferencia) mencionado ha sido ya el inicio del largo mandato de Jordi Pujol en el Govern de la Generalitat. Su idea: entrar en un proceso de normalización por el que, sin enfrentamientos, la lengua y cultura catalanas pasaran a ser las predominantes en el país. Pujol intenta ir creando un para-estado, hasta que cae en la cuenta que su proceso llega a sus límites sin alcanzar lo esperado.
De hecho, Amat ha empezado por el final, por esa muerte actual de la normalización o, mejor dicho, al momento previo de gran éxito del camino trazado para dar a conocer la cultura catalana internacionalmente: Cataluña como invitado de honor a las Ferias del Libro de Guadalajara y Frankfurt, ésta última sobre todo con presencia catalana por todo lo alto, desembarcando en ella tropecientos catalanes (con casi todo pagado -ha indicado entre paréntesis- por un inesperado Ministerio de Industria, que contaba no por casualidad con Montilla como ministro).
Ha señalado entonces -y ahí ha vuelto a brillar su imaginación literaria- el juego de espejos que se produjo en Frankfurt entre el discurso que leyó entonces Quim Monzó y el discurso del Sr. Amargós, el personaje de su relato “Ante el Rey de Suecia”, en el que el tal Amargós lee un discurso de recepción del primer premio Nóbel otorgado a un catalán...
Pero después de la cima, nada. Patricia Gabancho publica un libro en 2007 muy pesimista sobre la cultura catalana, en vías, según ella, de desaparición. Relata, se ve, una anécdota que tiene lugar durante el encuentro en un restaurante de Félix de Azúa, Eduardo Mendoza y Narcis Comadira. El dueño del restaurante pide a Azúa, que acaba de recibir por entonces un premio, un autógrafo para el libro de honor. Después se fija en Mendoza y le solicita otro tanto. Después se llevó el libro. Nunca le pidió su firma a Comadira...
Otra línea seguida por Amat ha sido la de lo relativo al campo del Ayuntamiento de Barcelona, también iniciada por su fracaso, por su nada final, para el que ha dibujado aquella escena de Carlinhos Brown subido a una plataforma móvil de un autobús, en el que destacaba el alcalde Clos, con una camiseta amarilla, bailando la samba.
Si antes ha hablado de la línea del pujolismo, le ha tocado el turno, pues, a la línea del maragallismo, con realizaciones espectaculares, como el correspondiente a las bibliotecas públicas por todos los barrios. Ha aparecido también el proyecto, diseñado por Lluís Clotet, “Del Seminari al Liceu” y el CCCB, un proyecto del que Amat ha dicho (y luego el propio Ramoneda ha confirmado) que Pujol soltó a su propulsor : “Sólo quiero que sepas que éste es un proyecto totalmente contrario a mi política y a la de mi gobierno”.
No sé si ha sido por aquí, pero seguramente sí, cuando Jordi Amat ha dejado caer una posible explicación del final de esta línea, cuando ha hablado del fin del proyecto marxista, puesto que se queda desarmado, sin la utopía del siglo, tras la caída del muro de Berlín.
“¿Cuando se jodió lo nuestro?”, tituló Arturo San Agustín un libro suyo sobre la cuestión catalana... Bueno: Jordi Amat ha explicado la constatación de un fracaso, el de esa “normalización” que por aquí se perseguía, pero ha señalado también por dónde deberían ir en buena ley los tiros. Se debería tratar, ha concluido, no de normalizar una cultura, sino de crear una cultura normal. Y ha puesto el ejemplo del nuevo Club Editor y el trabajo de Maria Bohigas, adquiriendo con su trabajo un prestigio que le ha permitido, tras el éxito de volver a editar a los grandes autores del fondo de la editorial, editar a nuevos autores, que parten bien situados gracias a ese prestigio ganado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario