Victoria Combalía, sola en su pequeño pupitre en medio del escenario, frente a las 350 personas que llenaban el auditorio, escuchando la presentación que de ella hacían.
Si asistes a una conferencia de Victoria Combalia ya sabes que vas a salir conociendo el estado del arte del tema del que trate. Pero ayer, en Caixaforum, acudiendo a su “Figuras femeninas en Montmartre”, confieso que por un momento tuve dudas sobre si sería capaz de hacernos oír cosas que sonaran a nuevas en un tema -que ella señaló fuera de su especialidad- que me imaginaba con unas ciertas costuras prefijadas. Tras su paseo por unas cuantas personalidades y hacerme descubrir una pintora que ya me quedará fijada en la memoria, creo que puedo responder que sí, que de calle.
La duda lingüística del presentador sobre cómo nombrar a una poseedora -como ella- del título de Chevalier des Arts et des Lettres (Ese “caballera” que tan raro sonó) le dio oportunidad de ganarse (recordando todo aquello de las miembras y los miembros) al nutrido auditorio con el que había de enfrentarse desde su pequeño y aislado pupitre en medio del escenario: ¡Nada menos que 350 personas en anfiteatro frente a ella! Llegamos una hora antes con la intención de ojear previamente un poco las exposiciones, pero por suerte, para evitar colas después, se me ocurrió pasar por taquilla: ¡Ya sólo quedaban cuatro entradas para su conferencia!
Organizó muy bien el recorrido por la vida y obra de cinco mujeres, como dijo, no únicamente musas, sino “de las que hacen cosas”, acabando, tras un inicio que habrá hecho también las delicias de los seguidores de los ecos de sociedad, con dos auténticas, enormes, pintoras. La ultima fue Mary Cassatt. La penúltima, la que he apuntado en la libreta de “a no olvidar”: Suzanne Valadon, que me sonaba por haberle visto algo por algún museo, pero a quien decididamente no reconocía en absoluto.
La primera fue Misia Sert, quien tocaba el piano al parecer bastante bien, habiendo llegado a ser, en un internado en la que le confinaron, alumna de Fauré. Amiga de Mallarmé, Debussy, Jarry, Ravel, Cocteau o un Josep Maria Sert con el que se casó. Por aquí asomaron los ecos de (la alta) sociedad, con la relación que hizo de sus diferentes líos amorosos, ciertamente numerosos.
La segunda presencia femenina significativa de Montmartre que nos presentó fue Berthe Weill, la primera mujer en llevar una galería de arte. Con el carácter, gusto e intuición para tratar con pintores como Toulouse Lautrec o Picasso cuando eran muy baratos. Expuso además a varias mujeres pintoras, como Emily Charmy o Jacqueline Maval, de quienes Combalia mostró en el auditorio de Caixaforum obras muy atractivas.
La tercera la que fue amante de Picasso, Fernande Olivier, de la que nos explicó que se había descubierto que también pintaba.
A Suzanne Valadon, la cuarta biografiada, con solo verle la foto que proyectó, ya se intuía una gran personalidad. Modelo de Toulouse Lautrec, amante de Puvis de Chavannes, madre de Maurice Utrillo, a quien enseñó a pintar. Hay que ver sus dibujos de desnudos femeninos, o ese “Desnudo con manta a rayas”...
Por último otra pintora, la más conocida de entre los impresionistas, junto a Berthe Morrisot: Mary Cassat. Victoria Combalia leyó la apreciación de Gauguin de que tenía más fuerza que Morrisot, señalando eso de que siempre hay que escuchar, por certeros, los comentarios de los pintores cuando hacen de críticos de otros pintores. Americana, de regreso a su país se ve que asesoró la compra de muchos cuadros de los Nabis, lo que justificaría la nutrida presencia hoy de pintura de ese grupo en los museos de Estados Unidos. De Mary Cassat (como poco antes pasó con Suzanne Valadon), mostró unos cuantos cuadros señalando en cada uno de ellos una o dos características definitorias muy atinadas. Habló también de su tendencia a mostrar mujeres en actividad intelectual o -y ahí enlazó con esa polémica sobre si existe una mirada plenamente femenina cuando una mujer ejerce de pintora- en comunicación con sus hijos.
Ovación final y cierre. Vamos: como para salir silbando bien satisfechos, afrontando sin problema la noche, que se iniciaba fresquilla.
Pierre Bonnard. “Misia al piano” (1902).
Berthe Weill.
Emilie Charmy. Autorretrato.
1920. Retrato de Berthe Weill. Picasso.
Fernande Olivier.
Explicó Victoria Combalia que se comenta que la mujer de este dibujo de Picasso podría ser Fernande, por primera vez pintada por él.
Suzanne Valadon, pintora auténticamente asociable a Montmartre, donde vivió desde los cuatro años.
La naturalidad con que esta niña posa, con sus piernas abiertas, en este interior azul, dio pie a Victoria Combalia a pensar lo que habría llovido de haber sido pintado el cuadro por un hombre, en vez de por Mary Cassatt.
La mirada que se cruzan niño y madre en este cuadro de Mary Cassatt, imprescindible si se ha de hablar de la mirada femenina en pintura.













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