miércoles, 10 de octubre de 2018

Ana Basualdo


Recuerdo el nombre de Ana Basualdo en negrita, en el encabezado de artículos de cuando leía El País. Buscando nuevas conferencias a las que asistir en el Palau Macaya, di con que iba a hablar de crónicas periodísticas y, por curiosidad, me apunté para ver cómo resultaba.
En vez de una conferencia resultó ser un curso compuesto por cinco sesiones. Antes de la primera, nos enviaron desde la Fundación La Caixa unos cuantos textos para leer. Por un lado había dos de José Martí. En uno -delicioso- hablaba sobre Coney Island. El otro texto suyo coincidía con otro de Djuna Barnes en hablar de un mismo tema: el entierro de un patriarca chino en Nueva York. (Me pareció infinitamente mejor el de José Martí). Lamentablemente, no pude asistir a la sesión.
Por eso ayer fue mi primera asistencia. Fui despistado pero muy interesado, porque se iba a hablar de artículos-entrevista realmente de gran interés: Irene Polo en L’Opinió (una muy informativa cita con Josep Lluís Sert en su casa, para hablar de la Casa Bloc y de arquitectura social en general) y Truman Capote (con Marlon Brando para The New Yorker).
Visto cómo se desarrolló la sesión no sé si repetiré. Me cayó muy bien, viéndola en persona, Ana Basualdo. Argentina exiliada en Barcelona desde hace muchos años (denotó emoción fuerte cuando explicó lo que sintió al averiguar que Irene Polo hizo el viaje en sentido contrario, con un final bien diferente), se le detectó gran pasión, herida por los libros, por determinado tipo de libros, por la literatura y el buen periodismo. Como los textos hablan de diferentes cosas, algo escéptica sobre el resultado de sus pesquisas, se puso a preguntar quién de la nutrida aula sabía algo de Capote, de Josep Lluis Sert, del barrio de Aunós, o de lo que fuera. Preguntas para ver hasta qué punto su auditorio le seguía en cuanto a conocimientos. Su impresión debió ser ambivalente: Sí, pero...
Ahí está el posible problema que puede llevar a repensarme asistir a otras sesiones: Pude constatar que el promedio del alumnado estaba formado por gente muy concienciada y preocupada por clasificar, definir... y dar cuenta de su juicio... en vez de disfrutar. Unos cuantos, ya con la veda abierta, son de esos que empiezan su pregunta con ese nefasto “Quisiera hacer unas reflexiones...”
Yo no voy ahí para oír las reflexiones de ese señor, el disparate del de detrás de ese (que, ven a saber por qué interrumpiendo e interviniendo públicamente para sentar cátedra, confundió hipérbole con elipsis), o los pensamientos con apariencia de doctorales pero más que nada autosatisfechos de mi vecina de delante. Voy para oír las cosas interesantes que pueda decir o hacernos ver Ana Basualdo. Pero apenas si le quedó tiempo para nada, dentro de ese mar tan cansinamente agitado.
Entre intervenciones supuestamente doctorales, pero cosecha de lugares comunes realmente, tuve tiempo de pescar unas cuantas perlas de la ponente, dando pie a pensar lo interesante que debería ser participar en una tertulia en la que pudiera informar de sus lecturas y experiencias o, simplemente, parar la oreja tomando unas cervezas con ella. Aquí van algunas:
Definió “Música para camaleones” como el laborioso ejercicio de expresar lo máximo a partir de lo voluntariamente más depurado, lo más sencillo, dando ejemplos de sus ironías y hasta astutas maldades. Habló de su canon sobre Capote, un autor del que sólo abjura de sus “Plegarias atendidas”. Hizo reparar cómo, con qué sutilidad, hacía notar el paso del tiempo en su larguísimo artículo para el New Yorker.
Comparó la barroca prosa de Lezama Lima con la extremadamente limpia poesía de Sandro Penna.
Lanzó opiniones, comentarios sobre las crónicas argentinas actuales (que no sigue demasiado porque ve que no cubren ninguna función periodística). Se indignó públicamente del “Relato de un náufrago” de Garcia Márquez, porque había roto el pacto que toda crónica debe guardar con la realidad, engañando al lector, dejando solo el decorado.
Todo esto luchando con un micrófono que le hacía mantenerse incómodamente rígida y sin poder desarrollar lo que quería porque ella misma daba pie a las intervenciones del auditorio, que se centraban una y otra vez en los empollones o al menos parlanchines de la clase.
Así las cosas, miraré si voy o no las clases siguientes o simplemente paso a leer directamente los escritos por ella lanzados, que contienen a Pla, Juan Goytisolo, Marcelo Cohen, Robert Arlt, Canetti, Lara, Pasolini y muchos otros que seguro son de lo más atractivos. No como la mayoría de los alumnos del curso, tan sufridores de incontinencia.

 

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