sábado, 29 de septiembre de 2018

Slam poético

La cola para entrar ayer a L’Antiga Fàbrica Damm a ver la gran final del Slam de Escritura. ya estaban vendidas todas las entradas.

El público, entrando.

Con ese nombre de competición deportiva con la que nunca coincidirías, no supe del Slam de escritura hasta que hace poco más de un año un par de amigos que están todo el rato dale que te pego con la cosa literaria, tomada esa por el lado menos formal y más vital, me llevaron a una de sus sesiones, en el auditorio del FAD de la plaza de las Glorias.
Allí quizás lo que sobre todo lo demás descubrí fue la existencia de aficionados irredentos de una pasión extraña por la escritura. Gente que debe leer a espuertas, de tanto en tanto camuflar bajo la ropa un libro del que han quedado prendados y que se vende en una tienda sin protección, porque no les llega el dinero para tanta pasión y que escriben por donde pueden, en raras revistas underground pasto de connaisseurs, con actuaciones en pequeños cafés donde se bebe cerveza a morro y combinan su exotismo con alguna que otra música progresiva. Bueno: Le he echado un poco de imaginación, porque no practico ni por el forro nada de todo eso, pero más o menos así creo que debe ir.
El Slam literario en cuestión, para los que estén más legos en la materia de lo que estaba yo antes de esa primera experiencia, consiste en una especie de concurso en el que gente de esa raza compite por un premio irrisorio (bàsicamente la fama, porque ayer vi que se llevaron unos cuantos libros, libretas para escribir y cosas así) en mostrar sus habilidades como escritores para lo que les echen, en tiempo muy limitado (dos o tres minutos) y superando otra serie de obstáculos. Así, ayer, por ejemplo, tenían que escribir una carta que pudiera ser útil a algún pobre desgraciado representado por un actor en vivo (al que han amenazado con despedir del trabajo, al tímido que no se atreve a echarle los tejos a su compañera de oficina, etc); escribir frases que combinasen con lo que va componiendo un ilustrador muy bueno (Lluís Cadafalch); escribir sobre un determinado y estrambótico tema algo al que le ponen música y se dedican a cantar sobre la marcha una pareja extraordinaria (Jan y Yolanda) o -lo que a mí, personalmente, me resultó mejor de todo, escribiendo lo que les inspira las evoluciones de una bailarina (un par del grupo de Sol Picó) que interactúa con ellos, llegando hasta a obstaculizar su tecleado. Éste último “combate”, ya digo, alcanzó para mí la cumbre de la noche, redondeado con la habilidad y extraordinario tono con los que un actor del que no retuve su nombre iba leyendo las frases que los concursantes iban tecleando.
Ayer fue en la antigua Fábrica de Damm, con barra libre de cuatro tipos de cerveza, en una sala mucho más cálida, menos teatro “a la italiana”, que el auditorio del FAD, pero más proclive a pequeños fallos técnicos. También lo organizaba Marcos Xalabarder (de la Asociación escritura en vivo), era conducido por un la mar de dúctil Dani Ortiz, otros diversos buenos actores y músicos colaboraban en cada prueba y, a diferencia de lo que pasaba en el que vi en el FAD, aquí sí que había jurado, concurso y ganador.
La amiga ducha en estas cosas me había explicado que lo mejor era ir a una final, porque así se garantizaba que todos los concursantes, al haber salido vencedores de otros Slam, eran realmente buenos. Lo de ayer era la gran final, y los cuatro finalistas lo demostraron. Te quedas con la boca abierta de cómo pueden reaccionar, no quedarse paralizados cuando les piden escribir en vivo, en tres minutos, las cosas más peregrinas y, además, cómo le saben dar la vuelta a la petición las más de las veces, aportando un divertido giro inesperado, siempre utilizando un lenguaje que denota que por algo son, aunque no vivan de ello, del gremio.
Los nombres de los cuatro: Juan Pablo Fuentes (el que menos pinta de escritor ofrecía y quien fue elegido vencedor, posiblemente el que mejor sabía dar esos originales giros inesperados a sus escritos), Ignacio J. Borraz, Sofía Biancuzzi (presencia femenina con inesperado look de mini faldera vampiresa al que traicionaban sus botas) y Jaume Muñoz (que escribe, por cierto, en La Charca Literaria y que, quizás porque la bailarina que le tocó en suerte no le obstaculizó tanto como a los demás, fue quien en mi opinión destacó en el número de acompañamiento e interactuación con una bailarina, el que, en mi opinión, mejor salió a los cuatro).
Como soy bastante maniático, puestos a pedir peras al olmo, yo sólo le quitaría lo máximo posible lo que en ocasiones podría recordar a performances de Centro de Formación de empresa (esto debe estar, desde luego, únicamente relacionado con pasadas amargas experiencias mías personales) y, sobre todo, suprimiría de cuajo eso del final de la explicación de las cualidades de los concursantes por parte del jurado. El auditorio -que sintonizó y eligió al mismo vencedor- ya se demostró lo suficientemente adulto y conocedor como para tener que oír la voz experimentada del jurado profesional, como si de un concurso televisivo de esos de franquicia se tratase.

Y colocándose en la sala de máquinas. Se actuó más por todos los rincones de ésta que en el escenario.

La carta que a Sofia Biancuzzi pensó para el tímido.

Ilustrador y escritor combinándose.

Ignacio J. Borraz, arrastrado lejos del teclado por la bailarina, que le obligó a marcarse unos pasos de baile.


 

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