viernes, 28 de septiembre de 2018

El poder y el control de la ignorancia (Marina Garcés y Ángel Gabilondo)


Era la de ayer una inauguración con protagonistas de campanillas y la expectación que despertaron era naturalmente grande. No sólo el auditorio del Palau Macaya estaba lleno, sino que también lo estaba una sala exterior desde la que pudieron ver y oír, a través de monitores, los diálogos.
Porque de unos diálogos se trataba, que inauguran un nuevo ciclo (“Democracia bajo control”) de los organizados por la Fundación Ernest Lluch, creada en recuerdo del ex-ministro que tuvo tan brutal final... que de alguna forma sirvió para sentenciar casi definitivamente a su vez el final de la lucha armada de ETA. El ingeniero y ex-ministro Joan Majó presentó el tema de la sesión inaugural (“”) y a los dos universitarios filósofos, de esos que aparecen muy frecuentemente por “los medios”, que iban a dialogar sobre él: Marina Garcés y el también ex-ministro Ángel Gabilondo.
Me sorprendió muy positivamente por sus tablas, sentido escénico y humor, Ángel Gabilondo. Acababa todas sus intervenciones, por ejemplo, con un cuestionamiento completo a lo que acababa de decir o, en otros casos, con algún elemento para dotar de suspense la espera de sus futuras intervenciones.
Arrancó el fuego Marina Garcés, preguntándose qué había pasado para que la democratización del saber, conseguida con mucho esfuerzo, no hubiera llevado a sociedades más democráticas. Sería de creer, pero no ha sido así, -concluyó, esta vez sin muchos de sus habituales rodeos- que una población más educada iba a ser por fuerza más emancipada.
Gabilondo saltó, educado pero rápido, señalando que en su opinión se ha producido la universalización del saber, pero que era algo inocente pensar que eso llevara a la democratización del poder. Que más cultivados quizás no es lo mismo que más cultos. Y lanzó una advertencia hacia la superioridad moral del titulado, cuando lo que tendría que mostrar éste es, en realidad, agradecimiento a la Sociedad por lo recibido. A nadie se le escaparon las posibilidades de aplicación a la actualidad de lo que estaba diciendo.
Cada vez -continuó- sabemos más, pero ignoramos más cosas de interés. Parece como si se nos estuviera seleccionando y dosificado el tipo de conocimiento para que seamos dóciles.
Mostró entonces, ante tantos ataques, su apoyo a la filosofía, “un modo de saber que se pierde, una desgracia”. Y empezó a mostrar su habilidad en hacer uso de las palabras, llegando, sí necesario, a su origen griego, en ocasiones muy clarificador: Otra advertencia: “Fuera de lo común se es indiferente. Sólo se es diferente en el reino de lo común. El individuo, aislado, es un idiota, dicho sea en griego.” Y continuó hablando de la diferencia entre el Individuo y el singular.
Marina Garcés hizo entonces mención a lo que se ve dijo en su discurso inaugural del curso en la Politécnica: Que debía ser considerada la “Casa del no saber”. Eso sería lo que la llevaría al estudio productivo, que desaparecería en el caso de considerarse que fuera la “Casa del saber”.
Gabilondo estuvo de acuerdo: “La arrogancia -dijo- es la forma más grande de la ignorancia”. Por otra parte, “El mundo del paripé, de la apariencia -continuó- se han hecho los dueños”.
A su vez Marina Garcés mostró en ese momento su acuerdo señalando que “no se oye hablar de la virtud de la franqueza”, de la que hablaba Foucault”, ese “decir verdad”, completó Gabilondo. “Hemos perdido la palabra, con lo que hemos perdido la justicia”. Mencionó el mismo Gabilondo entonces, tras amenazar con ello varias veces, a Aristóteles, señalando su distinción entre los animales, que tienen voz para expresar su gusto o disgusto, y los humanos, que disponen de la palabra.
Pero, volviendo a la actualidad, a lo más inmediato, se quejó amargamente de todos esos espacios de conversación desaparecidos. “¿Donde están? ¿En qué televisión, en que radio? Cuando alguien plantea un espacio así - y yo lo confirmo, porque soy conocedor de un caso de éstos muy reciente- se lo sacan de la cabeza con un ¡Se van a aburrir!”. En este tono y ámbito definió a las redes sociales como un auténtico monumento a la soledad, aunque luego dulcificó la cosa señalando que él está muy a favor, pero según el uso que se haga de ellas.
Hizo por el final una cita muy bonita de Proust, en la que claramente se reconoce tras haber sido insultado como “alfabético” por unos cuantos “post-alfabéticos”: “Estoy viviendo la desaparición de unos seres preciosos, que sabían hablar, escribir, escuchar”.

 

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