"El retorno de la religión: Globalización, creencia y esfera pública". Éste era el título de la mesa redonda de ayer en el CCCB, a la que habían sido invitados José Casanova (que se ve que se ha pasado buena parte de su vida en Universidades americanas, y ha escrito libros sobre la continua presencia de la religión en la esfera pública) y Nilüfer Göle, la pensadora turca residente en París que hace poco ya estuvo en el Palau Macaya invitada por Josep Ramoneda para hablar de sus "musulmanes ordinarios", que volvieron a salir por aquí ayer.
Quizás lo que me quedó más claro, al margen de la postura de Nilüfer Göle (más que nada por mi reiteración en su escucha), es esa idea básica, pero que yo no tenía asumida, aportada por Casanova, de que en cada parte del mundo hay un pensamiento diferente respecto a la consideración que debe tener la religión en la esfera pública.
Él empezó ayer cuestionando el título de la sesión, porque, según comentó, nunca se fueron las religiones para ahora volver, o no se han creado religiones en un mundo sin ellas que justifiquen la utilización de ese "retorno". Esa, precisó, es una idea -equivocada- europea. En todo caso, lo que surge ahora en nuestro continente es el reconocimiento inevitable de la diversidad étnica, cultural y religiosa. En Europa llegamos a pensar que la secularización era consecuencia lógica de la modernidad, pero ahora vemos que en eso el continente era excepcional (y eso, para mí, reconozco que significa una puñalada trapera). Porque por todo el resto del mundo la modernidad iba acompañada, en realidad, de más y nuevas religiones.
Hizo un repaso histórico para centrar la cosa: En 1492 no hubo en la Península Ibérica únicamente la expulsión de los judíos y musulmanes, sino también el inicio de la confesionalización de los estados europeos. El Tratado de Wesfalia fue un movimiento parecido: Se buscaba en Europa la pureza: o bien protestante o bien católica. (Al final ha explicado la razón por la que tanto judío fue hacia la zona de Polonia y países bálticos occidentales cuando eran perseguidos por otros lados: era el único sitio donde, como la clase dirigente estaba formada por personas de tres religiones -católica, protestante y ortodoxa-, había una cierta tolerancia a las religiones del vecino). Ahora, llegados al momento actual (con, como señaló después Nilüfer Göle, la potente inmigración a Europa) ninguna sociedad europea sabe cómo administrar el pluralismo religioso, porque no lo tenía previamente en su territorio.
La tesis de José Casanova, que cuesta digerir a los que tenemos nuestro pasado histórico reciente, tan asociado al parentesco de dictadura y religión, es que hubo en 1979 cuatro revoluciones ligadas con la religión que cambiaron el mundo y que, en general, trajeron con ellas muchos aspectos democráticos. Una fue la asociada a Woytila y los sindicatos polacos, otra la revolución iraní, otra la de Nicaragua, muy cercana a la Teología de la Liberación, y la última -ahí la pringamos- la llegada de Reagan al poder, con sus a partir de entonces continuas invocaciones a la religión.
Pero si en Europa se produjo en los últimos siglos una secularización del poder -siguió Casanova- nunca ha habido una separación entre el mundo religioso y secular en el prostentantismo. La Primera Enmienda norteamericana, esa que siempre se nombra en las películas, defiende el pluralismo religioso. El Estado no se inmiscuye en la religión. Es secular para no liarla, para no otorgar ningún privilegio a ninguna religión sobre otra.
Nilüfer Göle, por su parte, dijo entender lo del "retorno" en el sentido de que vuelve a destapar pasiones. Y ahí entronca con su tema: la de una sociedad -la europea- que no tenía que convivir con otras religiones y que con la llegada de inmigrantes, refugiados, que se instalan en sus países, ven llegar a su casa la globalización. Para poder gestionar esa situación, suele comentar, se ha de cambiar radicalmente, yendo con mucho cuidado hasta con el lenguaje (es cuando crea el calificativo de "Musulmán ordinario", que suena aparentemente a paradoja, para denominar a todo aquel grupo de musulmanes que quieren formar parte de la vida de la ciudad a la que han ido a vivir, alejando el fantasma del terrorismo yidahista. Ellos quieren hacerlo, y para eso tanto ellos como el resto de población -ahí va su propuesta- deben intentar hacer ciertos cambios para permitírselo. Siempre pone el ejemplo de la mezquita que un arquitecto ha diseñado en Colonia, que no reproduce miméticamente las de sus países de origen, lo que no tendría sentido, pero sí comporta elementos para diferenciarse algo del vecindaje, para no banalizarla. No ve bien encaminadas, en cambio, inquisidoras iniciativas como la francesa del "carnet de laiceté" si se quiere realmente hacer a la comunidad más inclusiva. Se ha de ir contra la "Mixtofobia" de la que hablaba Bauman.
El coloquio sirvió esta vez para perfilar un poco más las ideas. Casanova puso el ejemplo de los Sij indios para dejar clara la diferencia entre Norteamérica y Europa Meridional. Por aquí un sij dirá que él lleva su turbante no por razones religiosas, sino culturales, para que se lo dejen seguir llevando. Pero en cambio en EE.UU debería decir que lo hace porque lo impone su religión para obtener el mismo objetivo: Ahí no se meten con ninguna religión, aunque sea una nueva bien estrambótica. Esa discusión de si algo es cultura o religión ya se tenía con los ritos que los misioneros -los primeros que palparon la globalización- descubrieron que practicaban los orientales o los indios, para ver si podían integrarlos o no. Es algo muy antiguo.
Cuando el moderador le afeó que hubiera idealizado al modelo de los EE.UU., Casanova lo admitió enseguida: "Ha sido porque soy un provocador que juega siempre en campo contrario. Pero tienes razón. El discurso que tenemos en el sur de Europa sobre el Islam es el mismo que el que cien años antes tenían en EE.UU. con los católicos. Trump, en este sentido ha sido el primero en igualar al latino con el musulmán. De hecho, no hay modelo perfecto a imitar, y cada país va a su aire."
Alguien por el público le ha preguntado entonces por esa frase del último Príncipe de Asturias sobre el nacionalismo como religión. Rehuyendo terrenos que ha dicho no conocer muy bien, se ha refugiado en el caso de Quebec, sacando una conclusión de las encuestas que me ha parecido curiosa, pues no la sabía. La única correlación que se daba junto a votar nacionalista no era con la de ser de una determinada clase social, tener un cierto nivel educativo, ni incluso una determinada lengua: era que si alguien iba a misa, votaba nacionalista.
Nilüfer Göle acabó ayer la sesión con una frase a retener: Los europeos ven las cosas con ojos de su pasado, lo que está muy bien, pero tendrían que ver también su futuro, que es multirracial, multireligioso...

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