Apuntarse a un curso sobre Etimología era una apuesta que comportaba fuertes riesgos. Por suerte, tras la primera clase del curso, ya se puede decir que ha sido una decisión de lo más acertada, pues ha resultado apasionante. El secreto está, lo tengo claro, en su profesor, Javier Velaza, quien ha efectuado una introducción genial, sabiendo mantener la intriga y el interés en todo momento, haciendo pasar además un rato de lo más divertido. Pero nuestra apuesta era casi a ciegas: no sabíamos nada sobre él.
Para esta clase introductoria ha empezado haciéndonos llegar a una primera conclusión, a primera vista paradójica: que el oído vale para bien poco, y que no nos debemos dejar llevar por las apariencias y semejanzas de las palabras si queremos encontrar su origen auténtico.
Una serie de deducciones expuestas en libros ya de “profesionales” como Marco Terencio Varon o Isidoro de Sevilla, ya de “no profesionales”, como Virgilio o sesudos hebreos, que veían claramente cosas como que el nombre de Adán venía claramente de Adamah (tierra), por cuanto a partir de ella había sido creado, se han demostrado completamente falsas: el mismo nombre de Adán -y todo lo demás- viene de otro lado.
En este punto hemos empezado a comprender al bueno de San Agustín explicando que no sirve de nada meterse en este berenjenal de buscar de dónde vienen las palabras, pues es un nido de discusiones. O de Voltaire, que decía que “en las etimologías las vocales no valen para nada, y las consonantes de poca cosa” o, en plan burlón desatado, que:
“La ciencia de la etimología es clarísima y muy certera. Por ejemplo: de ‘equus’ proviene ‘cheval’, porque es obvio que de ‘e’ deriva ‘che’ y de ‘quus’ deriva ‘val’. “
La Historia está llena de falsas etimologías, y para que nos diéramos cuenta, Velaza nos ha dejado asombrados, pensando si debemos tirar por la borda todo lo aprendido en el bachillerato, cuando nos ha explicado que Celtiberia no era la unión de celtas e íberos, sino cómo se llamaba a los Celtas que vivían junto al Ebro. Un error etimológico que se ha asumido nada menos que como rasgo de identidad. Ahí está Marcial, de Bibilis (Calatayud) diciendo eso de “Nos Celtis genitos et ex Hiberis”.
Ya dejándonos boquiabiertos… e intrigados, nos ha conducido hacia el descubrimiento del método que les faltaba a todos esos señores. La lengua, ha comentado, es como un yacimiento arqueológico, y, para encontrar, nos hemos de poner a buscar estratos.
Han surgido entonces una serie de nombres de estudiosos que en el siglo XIX fueron poniendo las bases para montar como ciencia todo esto de la etimología. Hasta entonces todos los que habían profundizado en el tema, barajaban unas pocas lenguas (latín, griego, hebreo). Franz Bopp se dio cuenta de que la conjugación de una lengua como el sánscrito era, sorprendentemente, muy similar. Y una serie de “lingüistas” (Jacob Grimm, Rask,…) empezaron a comparar entre sí lenguas germánicas. Los parecidos surgidos al comparar las lenguas entre sí permitieron establecer unas cuantas reglas fonéticas, como que las p latinas se convertían en f en las palabras anglosajonas.
En época de la gran evolución de las ciencias, establecieron que todo debía seguir la regla, y sólo en la excepción acudir a la analogía.
A mediados del XIX, sólo siguiendo las herramientas de los lingüistas, se llegó a la conclusión de que todas las lenguas de nuestro ámbito (las excepciones se pueden contar con unos pocos dedos) proceden de la lengua indoeuropea.
Se abren entonces una serie de incógnitas brutales, como es cuándo y dónde situar esa lengua originaria (la teoría mayoritaria la situaría sobre el 5.000 y por los Kurganes, cerca del Dombass; otra por Anatolia/Armenia unos mil años antes; hay también quien señala que eso no puede ser del Neolítico, sino corresponder al Paleolítico). Desde entonces y ahí, en un proceso lentísimo de millares de años, se habrían ido extendiendo a base de migraciones progresivas.
Desde alguna sesión en el colegio sobre el infinito, ofrecida por mi profesor de matemáticas, no había disfrutado tanto con este tipo de cosas. Pero esto toca cosas mucho menos abstractas. Toca hueso.





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