Justo antes de iniciarse la presentación en el pomposo saloncito del Cotton House.
Apenas se ha hablado, de hecho, del libro que suscitó la reunión de ayer en el Cotton House Hotel, organizado por Clac. Quizás por eso su autor, Ignacio Echevarría, se vio en la obligación de mencionar, al final del acto, que “El nivel alcanzado” (Debate) es, en cualquier caso, pese a todas sus reticencias a su publicación, un libro repleto de placer.
Andreu Jaume, que siendo responsable del prólogo y de la selección de textos presentó el acto progresivamente repantingado en su sillón, situó el empeño al nivel de los dos libros anteriormente publicados por el crítico literario: “Trayectos” (sobre narrativa española) y “Desvíos” (sobre narrativa latinoamericana”). Como los anteriores, “El nivel alcanzado” está compuesto de reseñas publicadas previamente en prensa, pero exclusivamente sobre literatura extranjera. Son textos,pues, antiguos, sin ánimo alguno de establecer un canon porque, según comentó Echevarría, escribía de lo que le daban para escribir. De hecho, recalcó que lo suyo era la literatura española y latinoamericana y que sólo de tanto en tanto le caía “un caramelo” (un Thomas Mann, por ejemplo) y eso le permitía conocer autores desconocidos para él u obras menores de grandes autores que se atrevía a reseñar.
Pero, como digo, se habló poco del libro presentado. Andreu Jaume tenía la oportunidad de hablar con el crítico literario con fama de más temido, puesto que debe ser de los pocos que, sí consideraba que una novela no cumplía los requisitos mínimos de calidad, lo dejaba claro, apuntando las razones. No la desaprovechó.
Se habló pues de los inicios en la critica literaria de Echevarría (sin maestros ni referentes, porque “yo -como nadie la tiene- no tenia ninguna vocación de crítico, ni sabía que me iba a dedicar a eso”), de su alejamiento actual del mundo de las reseñas sobre libros y, sobre todo, se habló de la critica en general. De hecho, todo lo que se dijo sobre la crítica literaria fui viendo que se podía aplicar también, incluso con mayor motivo, a otras como la cinematográfica.
Quiso evidenciar que, a pesar de su estigma, la crítica es siempre positiva. Señaló que obedece siempre a dar recepción a algo nuevo. Y que si algún orgullo le puede quedar a un crítico de su labor es poder decir un “yo lo di a conocer” referido a un autor famoso o, al menos, un “fui el primero en hablar de él”.
Este crítico que reconoció haber generado “un caudal infrecuente de críticas negativas” explicó que ya no tenía edad para el reseñismo, por cuanto había perdido ese sentimiento inicial, propio de la juventud, de la receptividad.
Se habló bastante luego de la novela, un género que, ya abierto a cualquier cosa (“hasta la no ficción”, señaló) cree que sigue siendo fundamental, pese a ese “asco de la novela, esa pereza que muchos grandes autores (Canetti, Borges, Valéry,…) confesaron tener para meterse en harina, a sus edades ya crecidas, con eso de “La Marquesa salió a las cinco”. Un tema ese del “asco de la novela” que se anotó como posible estudio y publicación futura.
Otro punto que me pareció interesante fue esa confesión que hizo de haber pensado varías veces si su crítica negativa podía llegar a hacer daño real al autor. Pese a tener claro que yo siempre he hablado de una cosa exterior al autor, de un libro y no de él -señaló-, está claro que éste puede llegar a pensar que si el libro es malo y lo ha hecho él, quizás sea porque no vale para esto…
Ya en el turno de preguntas, un editor descontento con alguno de sus autores, que le ha debido salir muy prepotente, ha llorado por el regreso de la buena crítica literaria, pero de verdad, que ponga a raya a autores que, subidos a no se sabe muy bien qué tipo de parras, no permiten a su editor ni tocarle una coma, porque está untada de un elixir emanado de su valía.
Y un par de cosillas más, esta vez sí sobre el libro presentado: que no esconde que tiene una visión muy melancólica sobre el mismo, porque habla de una crítica que ejerció en el pasado y ya no ejerce. Y que, para que no se vea como una serie de piezas sacadas de la nevera y cosidas entre sí, ha escrito para la ocasión una serie de posdatas, no rectificando contenidos, sino explicando por qué razones dijo lo que dijo en su momento, o a qué obedecía su posición. Una forma, señaló, de dar al plato al menos un cierto aspecto, y espera que no sea sólo apariencia, atractivo.
Y ya durante la presentación. Andreu Jaume fue postrándose paulatinamente en su sillón y acabó lanzando sus preguntas y reflexiones completamente postrado, casi horizontal.



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