domingo, 1 de diciembre de 2019

2 Beckett (Jordi Ibáñez)

Jordi Ibáñez ante una pantalla en la que figuran dos fotos de Alfred Péron: Antes y durante su estancia en el campo.

Hubo un tiempo, de joven, en que me zampaba todo lo que veía que se salía de norma y, entre otras cosas, libros de Samuel Beckett. Las leía con intensidad... y con nulo provecho, porque ahora mismo no me acuerdo más que de esos párrafos casi sin puntuación, concentrados en sí mismos, llenos de una profundidad que sorbía intentando captarlos por la vía de la identificación en los sentimientos. Vamos: que pasaba una época de búsqueda y despiste profundos.
Hace un par de años, unas Navidades mi hermana mayor me recordó que le pasé un “Malone muere” editado por Lumen que aún tengo por casa cuando me pidió novelas para llevarse y leer en verano. Desde entonces se ve que piensa que soy “un intelectual muy sesudo”. Si supiera lo que entendía y sacaba de todos ellos...
Hoy, en la conferencia que cerraba el segundo ciclo sobre la tragedia, dedicada a explorarla en la modernidad, Jordi Ibáñez hablaba de Beckett, pero de un par de obras de teatro suyas, “Esperando a Godot” y “Final de partida”, que ha juntado porque presentan ciertas similitudes: comparten -ha dicho- unos pocos personajes, desesperanza, vejez, decrepitud... Una de las cosas que me he enterado asistiendo a esa conferencia ha sido que la primera la escribió Beckett para evadirse de la trilogía de Molloy y la segunda saliendo de un fuerte periodo de depresión.
La charla de hoy de Jordi Ibáñez ha comportado una serie de informaciones de éstas, para situarnos, y otra parte más difícil para gente que, como yo, quizás habrán visto algún montaje que otro (¡cantidad de compañías de los 70 se pusieron a montarla, como también montaron un montón a Ionesco!) de “Esperando a Godot” (que no “Final de partida”), pero que solo recordamos, en todo caso, una serie de acciones y diálogos absurdos, que nos llevaban por momentos a cierta hilaridad reprimida, porque pensábamos que estaba lanzándonos una proclama...que no pescábamos y que interpretábamos por aproximación a lo que en esa época tan politizada nos movía. Escribiré aquí unas cuantas de esas cosas informativas, que se entendían sin esfuerzo y me arriesgaré a poner por aquí alguna de las otras, con el enorme riesgo que supone que haya pasado por el tamiz de mis entendederas, con lo que pueden ser desde alucinaciones mías hasta mentiras piadosas que me he contado a mí mismo para hacerme ver que he captado algo del meollo, de lo importante, de la charla.
De entre las primeras cosas, casi anécdotas, pero que no dejan de aclarar sobre las piezas y sus circunstancias:
-Que “Esperando a Godot”, representada muchísimo, fue la obra que enriqueció a Beckett
-Que, escrita en 1948/49, no se estrenó hasta 1953, en un teatro y por una compañía que tenían sus días contados y que se dispusieron a estrenarla lanzando una frase de esas de “Si hemos de morir, que sea al menos con grandeza”.
-Que Beckett confesó haberla escrito teniendo como fuente de inspiración el cuadro de Friedich “Hombre y mujer contemplando la luna” o bien otro muy similar, “Dos hombres contemplando la luna” (foto proyectada detrás de Jordi Ibáñez)
-Que se distanciaba de la fuente romántica mediante la creación de un mundo de clowns y vagabundos, influido por el cabaret y el cine cómico. Pero también por un mundo de crueles propietarios rurales.
-Por su parte, “Final de partida” se estrenó en 1957 y podría proceder -nombre de la pieza a la cabeza- de un mundo como el del ajedrez, que Beckett parece haber hasta vivido con Marcel Duchamp. (Aquí Ibáñez ha hecho toda una larga digresión sobre una obra de Duchamp en la que analiza un determinado escenario del juego en el que se da una situación de eternización de la partida a base de unos melancólicos movimientos de los Reyes -las únicas piezas que pueden moverse- de uno y otro lado del tablero).
-Aparecen en ellas rastros de la Biblia, Shakespeare, teatro clásico y moderno, cine cómico primitivo. Por uno y otro lado, aunque muy despedazadas y ocultas, se pueden encontrar citas de todo ello.
Otra de las fuentes -y aquí ya entramos en materia- puede encontrarse en el poema de Beaudelaire “Recueillement” (que adjunto, en francés, en el primer comentario.
Después de nombrar las diferentes ideas que se han ido dando -normalmente siempre negadas por el mismo Beckett- para descifrar quién puede ser ese Godot del título (un famoso ciclista, una prostituta, un calzado, Dios), ha comentado la frase que suelta siempre el muchacho de la obra: “Pues hoy tampoco vendrá Godot. A ver mañana...” y su posible deriva hacia interpretaciones mesiánicas. Lo que sí queda claro -ha dicho entonces- es que Vladimir, uno de los vagabundos de la obra, está siempre dispuesto a tratar al muchacho de forma despótica.
En “Final de partida”, ha seguido explicando, Hamm es un rey que desde el principio sabe que tiene la partida perdida, y la intenta retrasar. Es un luchador que se niega a luchar, pero sigue en ello. La obra sería, pues, un trabajo de duelo alargado, como pasa también, de alguna forma, en “Esperando a Godot”.
Ha introducido entonces otro elemento biográfico de Beckett: su entrada y fuerte actividad en la resistencia francesa durante la II Guerra Mundial. Se inscribió poco después de la detención de su amigo Paúl Leon. Toda su red de resistencia cayó debido a un infiltrado y él se escapó por poco de tener el mismo destino que, por ejemplo, Alfred Péron, torturado, deportado a Mathausen y fallecido en 1945. Ha explicado que Péron sobrevivió (aunque poco) a Mathausen por haber conmovido declamando sus propios poemas y otros como el “Recueillement” de Beaudelaire a un Kapo del campo nazi. Beckett, ha asegurado Jordi Ibáñez, tuvo en cuenta y de alguna forma refleja todo eso en sus obras.
Faltaba, en lo que ha dicho era el final de un triple salto, ver cómo ligar esas dos obras con la tragedia. Una frase: las lágrimas han permanecido después de la tragedia, pero los dioses se han hecho esquivos.
Ha mencionado entonces, en la fase más difícil de su conferencia, que yo he interpretado con lo que sigue, a un contenido vacío, encontrado en una espera sin esperanza de alguien que se ignora quién es, y un deseo que no desea acabar. Hay un elemento trágico sin tragedia. Mientras se espera no pasa nada. Como dice un personaje, las lágrimas del mundo son inmutables. Una fatalidad: cuando acaban en un sitio, comienzan en otro.
Para acabar la sesión ha querido pasar el final del primer acto de “Esperando a Godot”. Un Lucky interpretado por Román Polanski se lanza a un discurso desesperado que no puede sino acabar en el colapso. No he entendido muy bien las palabras finales con las que Ibáñez ha definido la alocada carrera de palabras, que provocan por momento la risa, de Polanski/Lucky. El sitio de la poesía inútil, he apuntado.
Aplausos y cierre, después de unas parrafadas tan largas y posiblemente tan incoherentes como las del bueno de Lucky de “Esperando a Godot”

En la pantalla, el segundo cuadro de Friedrich del que parece surgió la obra,

Polanski haciendo bailar su Lucky.
 

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