Me las prometía yo felices en un auditorio subterráneo del Palau Macaya perfectamente climatizado, a salvo del asqueroso calor estival de Barcelona que ya está hoy por aquí con toda su intensidad. Iba el acto de mesa redonda para cuestionarse -o al menos así lo entendía yo con ese título- sobre cuál podía ser "El futuro de la ciudad". Con un partícipe como Joan Busquets, aunque no lo había oído nunca antes, parecía que el interés estaba asegurado. En realidad no me he ido porque estaba en medio y delante y habría sido una descortesía enorme hacerlo.
Busquets, vestido para la ocasión (como puede verse bien en la segunda foto) con americana, pero con un pantalón blanco como de tenista antiguo y unas relucientes y supongo que muy cómodas -no sé cómo tendrán lo de la transpiración- wambas blancas, ya ha dicho de buenas a primeras que él no iba a hacer un pronóstico de hacia dónde iba a ir la ciudad, y que sólo se disponía a hacer unas pocas reflexiones (que, en inglés en las transparencias, parecían aprovechadas de otras conferencias), hablando de cosas heterogéneas, con un enfoque que me ha parecido ya algo obsoleto, y tan sólo dejando sentado que lo que debía ser la ciudad era reversible (en el sentido de que permitiera -como el Eixample- ahora una cosa y luego la contraria) y de poder ser, regular, y que en cuanto a las casas del futuro, la revolución digital posibilitaba, con una base común, una personalización que antes estaba económicamente vetada.
Una de las piezas de la Barcelona de Maragall, mucho tiempo factótum de Proyectos en la Escuela de Arquitectura, Busquets ha estado bien luego en el coloquio, respondiendo pausada, educada y juiciosamente a unos cuantos exaltados del público que hacían su correspondiente "reflexión". Pero creía que podía haber ofrecido algo más consistente, aprovechable y globalizador en su ponencia. También debo reconocer que cuando ha puesto la Expo de Lisboa como ejemplo de lo más exitoso de la planificación urbanística actual, me he puesto bastante nervioso.
Luego ha venido la lectura interminable por parte de J. Oliva de una serie de lugares comunes reivindicativas sobre lo que debía tener una ciudad (zonas verdes, prohibición del automóvil,...) y me he puesto -lo confieso- a mirar el correo.
La ciudad del futuro, y esa reflexión me la hago yo, es la caótica del tercer mundo y si no se hace algo ya coordinadamente, en vez de perder el tiempo y dinero con otras cosas que se demostrarán secundarias, lo tenemos negro.


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