Regreso ayer al Palau Macaya para oír la conferencia "Los orígenes medievales del concepto Tolerancia" a cargo de Josep Maria Ruiz Simon, dentro del curso "Las bases culturales y sociales de la Europa actual" de La Escola Europea d'Humanitats, coordinado por Josep Ramoneda.
El conferenciante, que escribe en La Vanguardia unos artículos que Ramoneda elogió por su rigor en la presentación, siguió esa línea tan productiva que bucea en la etimología o los inicios de uso de los términos. En este caso, un concepto tan en boga hoy en día como el de la tolerancia resulta que es en realidad muy antiguo, si bien con un significado notoriamente diferente del que le atribuimos.
Para el mundo clásico, por el que ha arrancado Ruiz Simón, la tolerancia era la capacidad para aguantar el dolor y otras cargas. Se trataba, pues, de una virtud individual, muy apta para para superarse personalmente uno. Más adelante, en el siglo IV, los paganos no reclamaban a los cristianos que fueran tolerantes con ellos, sino que les reclamaban "simulatio", es decir, que disimularan, mirando hacia otro lado...
Un concepto tan tópico actualmente como el de tolerancia, siguió explicando, tiene su origen en el s. XII. Aparece en las recopilaciones de leyes y decretos de la época y se refería a la manera de ejercer el poder político sobre los judíos y otros. Todo el meollo de la cuestión estaba en que se permitía un mal menor para evitar uno mayor.
En el s. XIII, siguiendo esta línea, los canonistas consideraban la tolerancia una prerrogativa, una auto-restricción del poder. Se trataba de tolerar el mal cuando el castigo podía ser contraproducente. Por esa época el papa Inocencio III definió -poca broma- a la herejía como crimen de lesa majestad. Y eso afectaba a los fieles... y a los monarcas.
La Suma Teológica de Tomás de Aquino habla directamente de todo esto. Se cuestiona y responde sobre si se han de tolerar a los infieles (si, pero) y a los herejes (ni hablar). Ahí se permitió ayer un pequeño rodeo el ponente, para señalar que
Agustín de Hipona, con lo mal considerado que se le tiene últimamente, nunca llegó a hablar del exterminio físico de los herejes, cosa que sí hizo claramente Tomás de Aquino.
A todas éstas, pues, la tolerancia no era vista como una virtud, sino como prudencia.
Tras las animaladas experimentadas en las guerras de religión del s XVI, empieza a auparse la tolerancia entre diferentes voces, pero siempre por miedo a, si no se aplica, recibir un daño mayor.
Con John Locke, comentó Ruiz Simón, se empezaron a vislumbrar otras lógicas para la tolerancia. Viendo el problema de la existencia de dos poderes, simplificó la cosa, privatizando la religión. Ahora bien: Locke decía que hacerse católico era pasar a ser súbdito de otro soberano.
La intolerancia con los intolerantes, resumió finalmente, viene de antiguo
Expuesto todo esto, iba esperando que en el coloquio aparecieran preguntas sobre ciertos comportamientos actuales, como así fue. El auditorio insistía en preguntar por el sentido positivo que se le da al concepto hoy en día, como una virtud ética y, si bien Ruiz Simón admitió un cierto avance ético, como virtud liberal, durante el siglo XX, seguía e hizo admitir a todo el mundo que la tolerancia está ligada siempre al dominio, cuando no al desprecio por el tolerado.
Se habló entonces también del famoso diálogo ínter religioso (con una aportación muy buena de un asistente que se identificó como miembro de la Asociación de Ateos, diciendo que en todo caso exigía en él la presencia, siempre negada, de los no creyentes), admitiendo entonces Ruiz Simón que eso siempre le había parecido un cambalache para mantener la parada.
Quedó claro, vaya, que el concepto actual que circula merecería en realidad otro nombre que el de tolerancia: quizás respeto...
Al final apareció claramente la pregunta sobre situaciones actuales de por aquí, tan esperada. Una señora le preguntó si en una época con tanto descrédito de las religiones (que yo, lamentándolo, no acabo precisamente de ver), no se habría alzado en su lugar el poder judicial, siendo considerada entonces la Constitución como la sustitución del libro santo. Ruiz Simón, no obstante, después de reírse un rato, devolvió la jugada, confesando que él veía bien, considerándolo indefectible, que se le diera el poder de discernir los conflictos precisamente a quien tiene conocimiento de leyes, basándose en una "obra humana" creada para ello.

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