José Ignacio Torreblanca, politólogo y redactor de Internacional de El País, y Jaume Duch, portavoz del Parlamento Europeo, nos han informado hoy en el Palau Macaya sobre el Brexit, atendiendo a las preguntas de Rafael Ramos, corresponsal de La Vanguardia en Londres, quien también ha aportado lo suyo (y hasta su mujer, sentada en la primera fila y que se ha visto favorecida con la adjudicación de la primera pregunta).
Por las declaraciones de Duch sabemos que las negociaciones apenas avanzan y que, de seguir a este ritmo, no podrían finalizarse para la fecha determinada para ello, el 18/3/19. Los británicos se han encontrado, contrariamente a lo que esperaban, con una Unión Europea sorprendentemente unida, que antes de entrar a discutir sobre acuerdos de comercio -que es lo que los británicos querrían-, quieren solventar tres puntos:
1.- Cuánto dinero dará Gran Bretaña a la Unión Europea por su separación.
2.- Los derechos que tendrán los 3,5 millones de europeos residentes en Gran Bretaña y los 1,5 millones de británicos que viven en Europa (muchos en el levante español, jubilados que han vendido su patrimonio para venir a vivir aquí).
3.- La cuestión de las fronteras de Irlanda del Norte (un conflicto en buena parte pacificado por la UE, que podría resurgir).
Se ha navegado también hacia el pasado, analizando los resultados del referéndum. Torreblanca ha arrancado con una frase de John Carlin, quien ha denominado al año actual "El año en el que vivimos estúpidamente", por lo fértil que está siendo en actividades y decisiones políticas desconcertantes. Según él los británicos no respondieron en realidad a si querían abandonar la UE, sino a la pregunta de si había demasiados inmigrantes en su país y si tenían miedo del futuro. Muchos políticos y mucha prensa ha estado echando las culpas de todo a la UE, haciendo difícil después de eso que la gente que había recibido continuamente ese mensaje fuera, después de tanto tiempo, a votar NO en referéndum. En general la gente con menos estudios, mayor y que vive fuera de las ciudades, en zonas con el menor porcentaje de inmigrantes, es la que ha votado por la salida. Justo los que reciben mayores contribuciones económicas y subvenciones de la UE.
Los dos califican la decisión de una locura, quizás producto del desconocimiento, porque tenían un estatuto privilegiado dentro de la Unión. Duch dice que uno de los problemas de la negociación actual es que no se sabe a dónde quieren ir. Sus negociadores se muestran atrapados en disposiciones europeas que desconocían.
Aventura también Duch que poco a poco se irán conociendo las consecuencias, hasta ahora despreciadas, del Brexit: encarecimiento del coste de vida, pérdida por sus jóvenes de la posibilidad de ir a un Erasmus, quedarse sin enfermeras y médicos, ver que no pueden llevarse sus animales domésticos en sus viajes, etc.
El problema que se les echa encima es ingente, porque en muchos temas llevan cuarenta años sin legislar, sólo adaptando las disposiciones europeas. También verán que, por ejemplo, la clase trabajadora puede perder muchos de sus derechos, emanados de reglamentaciones protectoras europeas y que difícilmente van a adaptar en su nueva situación.
Ramos ha entrado varias veces en ese juego de pedir que calificasen la actuación de determinados líderes. En una ocasión ha preguntado directamente por Cameron, el premier británico. Duch, sin dudarlo, ha dicho que ha sido el peor. Pero luego se lo ha pensado mejor y ha señalado que con su nefasta actuación ha hecho mucho por reacción para que los europeos aúnen sus posiciones. Tanto es así que algún gracioso ha propuesto otorgarle el Premio Carlomagno, que premia estos menesteres.

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