He estado haciendo tiempo y al llegar había delante de la Pedrera una señora cola. Había familiares, conocidos y admiradores de Leopoldo Pomés, pero también he observado que alguna chica joven iba por David Trueba, que es quien conversaba con él. Afónico, con bastón de empuñadura, pelos de barba y cabeza algo disparados al viento, según cómo recordaba a Dalí, y alguna vez a Fidel Castro.
Alguna cosa me ha sabido a nueva, como la confesión de su primera fotografía de verdad, hecha a sus padres por un viñedo del Ordal, rodeándoles con las ramas de una vid, o algún detalle adicional de su primer contacto con Karin Leiz. Pero en general ha atrapado a la audiencia explicando sus obsesiones: La magia del proceso de revelado, con los diferentes rasgos de la cara del retratado apareciendo paulatinamente sobre el papel blanco; la dificultad de fotografiar y hacer un spot publicitario con un helado; etc.
Ha dejado ir alguna de sus anécdotas visuales, como una que recordaba haberle oído, porque por la familia se explicaba igual sobre Cocán, mi tío: Conducía, con su 1,90 metros de altura, en el utilitario de la época, un Renault 4/4. Si existía alguna fricción, todos creían poder con el que conducía tan pequeño automóvil, hasta que de él veían salir a esa incongruente, inesperada torre humana. Trueba ha completado el jocoso retrato explicando la primera vez que había quedado con él. Ha contado que entraba en el Giardinetto con una sudanesa y acudió a saludarlos Pomés, quien rápidamente, le pidió a ella hacerle unas fotografías, que inició en ese instante, olvidándose totalmente de su huésped.
Pomés parece radiante con la magnífica exposición que le han dedicado en la Pedrera y todo lo que le rodea. Era algo más que merecido.

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