miércoles, 4 de diciembre de 2013

Antoni de Moragas i Gallisà


Aunque ahora parezca mentira, esa Barcelona existió
El traslado del FAD casi ha dejado sin sede al único acto de homenaje de Antoni de Moragas Gallissà al que puedo ir. Finalmente se hace en la Escola Eina y, llegando un poco antes, oscuro, uno empieza a sospechar por qué se le llama el “Desert de Sarrià” al paraje en que se encuentra. Se ha perdido algún ponente de la mesa redonda y el acto ha empezado tarde, pero bien, con un desfile de la plana mayor, y hasta senior, de la arquitectura catalana: Bohigas, Correa y una larga corte. Me quedo mirando y admirando a ciertos arquitectos que siguen vistiendo pantalones de pana. Nadie, en cualquier caso, lleva corbata. En un acto similar sobre un ingeniero la cosa habría sido, me temo, muy diferente.
Xavier Monteys ha estado, para mi gusto, magnífico, como en los mejores de sus artículos para el “Quadern” de El País, dejando ir su ira contra tanta norma y valoración estúpida. Ha escogido tres cosas de Moragas que, desde su punto de vista, en comparación con lo que cunde ahora, más le gustan: Una manilla de puerta de bola (sencilla pero opuesta por completo a tanta lisura), el vestíbulo de sus casas de Vía Augusta - Brusi (por su tamaño, su luz, sus cerámicas, su forma de colocar los ladrillos vistos) y sus toques a la casa de Mitjans en la calle Gomis, sobre Hospital Militar, con su cubierta a dos aguas.
J. Lahuerta se ha centrado en lo que supuso Moragas para la arquitectura de los años 50, como una traslación de la modernez pop de un Hamilton a nuestras coordenadas. José Corredor Matheos, por su parte, ha pintado a Moragas con el calificativo del “seny”, luego puesto en duda, y ha explicado alguna anécdota muy divertida, como ese intento/idea de una serie de amigos de crear una sección de toros en Serra d’Or, de la que, naturalmente, se encargaría él. Si no como responsable de una utópica sección de toros de la revista, como sí todos veían (o querrían ver) a Antoni de Moragas Gallissà, según también ha comentado, era como Presidente de la Generalitat. Tal era su porte de patricio y su forma de actuar.
Oriol Bohigas se ha centrado sobre todo en su habilidad política, su capacidad de síntesis, buscando siempre institucionalizar los avances que se iban logrando. Y ha recordado que eso de verlo en la Caputxinada, el encierro de los demócratas en el convento de los Capucchinos, en 1966, siendo él el decano del Colegio de Arquitectos, lo hizo ver como un héroe de una nueva actitud que afloraba.
Las dos últimas intervenciones han sido más íntimas. Su hijo, Antoni de Moragas Spà, ha hecho entender el mareo sideral que le produjo darse cuenta de que su padre tenía la misma edad que Albert Camús, y leer a éste en sus diarios decir, solemne, que ya tenía la edad de su padre al morir, justo lo que le pasa a él mismo. Hace unos meses le oí decir esto mismo, y me llegó su mirada penetrante, a Daria Esteva, la hija del cineasta, corroborando su absoluta necesidad, sin esperar más, de hacer cosas para salvar la memoria de su padre. 

Por último ha estado muy bien, me digo, oír a su nieto, explicando que al morir su abuelo, él solo tenía cinco años, y que el único recuerdo que guarda directo de su abuelo, él y todos sus primos, es que les pintaba cada vez un gatito en el dorso de su mano (que me han explicado luego que, al arrugar la piel, parecía maullar). Y, sobre todo, captar su emoción al dar las gracias a todos los que, con estos actos, le estaban facilitando la tarea de saber quién era su abuelo. 

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