martes, 29 de octubre de 2024

La llegada del gas a Barcelona


El lomo del volumen cuyos datos, debidamente explotados, dio pie a la presentación de ayer.


No me gustó demasiado la sesión de ayer del Fòrum de Patrimonio Industrial , porque me esperaba una historia más amplia de la irrupción del gas en la ciudad de Barcelona, pero la charla tuvo algún aspecto que me interesó y reflejo aquí.
Todo fue exprimir los datos de un curioso registro de la antigua compañía Catalana de Gas por parte de un antiguo directivo de la sociedad.
Éste explicó que un día bajó a uno de los profundos sótanos que tenía la sede de la Compañia en el Portal de l’Ângel (Y esto me hace pensar en qué habrán guardado allí los de Zara o cual sea la anodina tienda que los ocupa ahora). Vió unas larguísimas estanterías con libros todos iguales. Observó que se trataba del registro de los primeros clientes, con una serie de datos (dirección, ocupación, etc) de cada uno. Se llevó a casa el primero de todos para curiosearlo a gusto y, cuando decidió pasar a devolverlo, ya habían desaparecido los otros cien, destruidos. Se quedó pues el libro en cuestión, que hablaba de los primeros clientes de gas de la entonces “Societat Catalana de Enllumenat de Gas”, lo que es decir de toda España, porque realmente la que después sería Catalana de Gas fue realmente la primera en aportar gas a los edificios de una ciudad de por aquí. Explotó sus datos al máximo y hace poco -como nos repitió varias veces- hizo entrega del volumen en cuestión al Arxiu Nacional de Catalunya, aunque -todo sea dicho, el ANC conserva en su poder bien poco de todo el pasado industrial de cataluña. Como Fábregas atinadamente dijo, suele haber presión para conservar el patrimonio, pero sin sus papeles, que permiten interpretarlo, el patrimonio sirve, a efectos prácticos, de poca cosa más allá que de adormo.
Esos primeros clientes registrados son trescientos, los que se dieron de alta de 1843 a 1847. El primero, un sastre de la calle Escudellers, del 3 de enero de 1843. A él, pues debieron ver que la cosa tenía sus atractivos, le siguieron otros sastres y otros tenderos de la misma calle. Así lo explicó el ex-directivo de Catalana de gas. Me da la impresión de que la Compañía colocó una tubería por la calle y luego debió funcionar su equipo de ventas… Las principales calles comerciales de la Barcelona de 1840 fueron llenándose de clientes. A tenor de los datos del librito, fue la pequeña burguesía, antes que los grandes nombres -que también figuran- los que mayoritariamente se lanzaron a la novedad.
El primer hotel que quedó alumbrado por gas fue el histórico (aún existente, aunque muy cambiado) Hotel de las 4 Naciones, de las Ramblas, enfrente del otro histórico de la ciudad, el Oriente.
Los tiempos exigían un análisis de género con los datos disponibles y también nos lo presentó. La primera clienta de gas en España fue una señora que regentaba una chocolatería (de las que la ciudad estaba entonces llena) en la calle Platería. Un 6% de esos primeros clientes era mujer: modistas, chocolateras,… Varias eran viudas que regentaban el negocio heredado de su marido, pero otras no, sino las gestoras y dueñas en solitario de la pequeña empresa. Eso era una animalía respecto al resto de España, gracias a la ley catalana, que permitía a las mujeres tener negocio propio.
El alumbrado por gas -sigo con los datos que aportó ayer Pere-A. Fàbregas que me resultaron de más interés- lo inventó el británico William Murdock en 1792, estableciéndose la primera compañia de gas del mundo en Londres, en 1812. Por aquí los primeros experimentos los hizo Josep Roure en las Escuelas de la Llotja el 1826 y poco después para el Palacio Real de Madrid (1833).
El gas se pagaba entoncer por horas o por contador. Para el primer tipo de contrato pasaba por cada casa registrada el “espitero”, quien tenía como trabajo abrir la espita de entrada de gas a una hora determinada, para después pasar a cerrarla a la hora estipulada.
Al llegar al interior de los edificios, la luz del gas se difuminaba en “mariposa” (ver la foto), en entrega circular (como si fuera un hornillo) o mediante una simple bujía.
Lo que es impresionante, pues cuesta imaginar la forma de vida previa, a oscuras, es el cambio brutal que debió representar la novedad. En la ciudad sólo existía previamente algún escaso farol de aceite, que debía ciuidarse mucho porque comportaba muchos problemas de mantenimiento para que siguiera activo. Las fábricas lo adoptaron pronto, porque el gas suponía un muy menor peligro de incendio que el de las previas velas. Los sitios de la ciudad dejaron de estar por la noche a oscuras, lo que permitió ir sin problemas a espectáculos, salir, hacer vida social…

Imagen del Hotel de las 4 Naciones.

No me había fijado en que "el espitero" repartía también felicitaciones de Navidad. Así pues, los faroleros que sí recuerdo, que yo creia que prendían las farolas de mi barrio natal, posiblemente lo único que hacían era abrir las espitas de las farolas de las calles del vecindario al llegar la noche. Aunque éstos tenían felicitación propia, e igual eran funcionarios del Ayuntamiento.

Mariposa de luz.

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