Con el don de la oportunidad, la semana pasada se inauguró en el CCCB (donde estará hasta el 17 de marzo) la exposición -IA- dedicada a la Inteligencia Artificial.
Ayer hubo una visita a vuelo rasante para un grupo (más bien un batallón) de Amics del CCCB, guiado por su comisario, Lluís Nacenta, que veo ahora es músico -de ahí su preferencia por ciertas instalaciones con la música como protagonista- y matemático.
Soy de los que prefieren mil veces las exposiciones que hacía inicialmente el CCCB -como las dedicados a un escritor y su ciudad- a las científicas que constituyen el grueso de las actuales, pero creo que ésta en particular, ampliación y actualización de la en su dia organizada por el Barbican y ahora coproducida por el Barcelona Supercomputing Center, está hecha seriamente y merece (y necesita) volver a verla en detalle. Es más: apuesto que será una de las más visitadas y llegará a verse alguna que otra cola para entrar.
Cuatro secciones -de las que tres llenas de pantallas, máquinas y muchas instalaciones interactivas (la cuarta, según Nacenta “de reposo”, lanza una visión histórica sobre variados precursores)- componen la exposición, que cubre la tercera planta del edificio, y tiene el propósito fundamental de que la gente tenga un cierto criterio y no atienda a las burdas habladurías infundadas que corren por ahí como la pólvora.
Nacenta hizo hincapié en recalcar el papel fundamental de los datos de base, y vino a explicar la IA (es de los que no les gusta el nombre) como una red neuronal, con una serie de nodos y sus conexiones entre ellos, que se refuerzan o debilitan en función de los resultados (acierto o error) de las reiteradas pruebas a las que se va sometiendo.
Todo programa de inteligencia artificial, como los que en la exposición han creado unas fotografías de rostros de personas que no existen realmente, o dibujan unos lirios, precisa -siguió explicando- de un “proceso de entrenamiento” similar al que se sigue en el juego del “caliente o frío”. Para ir evolucionando a partir de esos palos de ciego, necesita quien le califique, quien sepa realmente (como en el juego) de la bondad o no de sus resultados: por eso necesitan muchas fotos, libros, datos de todo tipo.
Previno de la probabilidad de resultados desviados debido a que los sistemas puestos en marcha carecen de todos los datos de base necesarios. En la exposición hay un par de ejemplos muy buenos en un mismo sentido: en uno de ellos, una científica negra descubrió que un sistema encargado de ello no le reconocía su cara como humana hasta que se ponía una careta blanca… En otra pantalla se puede ver cómo una mujer negra pide al sistema que cree una imagen de su rostro, diciéndole únicamente que es doctor: surge en pantalla, como resultado, la imagen de un hombre de media edad blanco…
Pidiendo que surja ya, aunque sea con un retraso de 70 años, la ley sobre la IA que dice la Unión Europea que sacará a principios del próximo año, porque es absolutamente necesaria, Lluís Nacenta igualó el poder de la IA con el del Golem, que causa a la vez fascinación y temor.
Pero pese a su tremendo coste energético y posibles problemas de su mala praxis, la inteligencia artificial puede suponer un paso de gigante en muchísimos campos. Ahí aparece la posibilidad -señaló- del concepto de la “explicabilidad”. La IA no llega a los resultados por el mismo proceso que la inteligencia humana. Analizar cómo llega el algoritmo a sus resultados puede dar pistas que seguro revolucionarán muchos campos.

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