Llegué ayer al auditorio del Palau Robert con la esperanza de que no sólo se valorase una época pasada, sino que eso sirviera para que se hablara también del presente. Y sí.
Era la segunda (la dedicada a “Culturas”) de las sesiones organizadas con motivo de la exposición sobre la contracultura de los años 70 que montó Pepe Ribas.
Tras una observación muy interesante de David Castillo (“se nota que somos viejos en que somos asquerosamente puntuales”), Pepe Ribas, que ejerció de moderador, dió la palabra a Juanjo Fernández, quien efectuó un repaso cronológico de sus descubrimientos juveniles por el extranjero (isla de Wight) y por aquí (King Krimson en Granollers) y de los diferentes proyectos que lanzó (la revista Star, Bésame Mucho, Otto Zutz -no lo sabía-, La Santa). La base que explica ese momento es, según él, que fue un periodo en el que la gente hacía sus cosas por su cuenta, sin subvenciones oficiales de ningún tipo. Después sobrevino el paso al diseño y, cuando llegó la crisis y se acabaron las subvenciones, kaputt!
David Castillo empezó con un par de bromas sarcásticas de esas que suele hacer muy bien. Al margen de lo de la puntualidad en gente que empezaba sus actos pasadas entre media y una hora, mirando a la mesa y a alguno de los asistentes que se perdía entre el público, recordó a sus tíos, una pareja que no se hablaba porque ya lo tenían todo dicho.
Pero dónde estuvo más bestia (pero lamentablemente más certero) fue cuando, tras buscar y no encontrar a su amigo el Canti (Casanovas) -tranquilos, que si que lo encontró-, se dijo que estamos en una edad que dejas de ver un momento a alguno y ya no lo ves más…
Dejando estas cosas, Castillo pasó repaso a sus filias anarquistas del momento, pintando un panorama en el que -comentó-, veían más siglas que militantes. Pero triunfaba la cosa autogestionaria. Dejando de lado hablar de las revistas (entre las que incluyó también, además de Star y Ajoblanco, a El viejo Topo, que leían “para sumar materia gris”), se centró en marcar la deriva hacia “otra cosa”. Si es verdad que de los ateneos libertarios surgió, por ejemplo, el Taller de Músics y de Star surgió Stars Books, se fue hacia la especialización, de tal forma que El Viejo Topo se convirtió en Quimera.
Sobre cosas a atacar en este siglo XXI, lo dejó claro: la revolución cultural no conseguida. Acabar con las nefastas consecuencias de la profesionalización de las editoriales: Ese triste 10% reservado, si las cosas van bien, para los creadores, un porcentaje muy, pero que muy inferior con el que se remunera a, por ejemplo, los agricultores, zanjó.
Pero volvió de nuevo a intervenir para recordar que la cosa es aún peor, porque las editoriales que cortan el pastel se han comido unas a otras hasta ser unos pocos grupos multinacionales y las plataformas de todo tipo -estilo Spotify- destina del orden de cinco céntimos a los autores que explotan. Vamos, que se ha de conseguir acabar con esa explotación, que es una auténtica estafa.
Victoria Combalía empezó su intervención explicando las dudas que le entraron al recibir la propuesta de Pepe Ribas de participar en la mesa, porque -apuntó-, salvo los cómics, murales y vídeos no existe en realidad en el mundo del arte una contracultura. Pero luego ha dado una clase magistral apuntando su experiencia personal junto a creadores que rozaron ese espacio.
Apareció entonces la temporada que vivió en la casa de la calle Génova, tan repleta de famosos ocupantes. El nombre de Pau Maragall apareció entonces con cierta frecuencia, acompañando nombres como los de Montesol (quien, según explicó, desoía sus propuestas de que pintase del “naturel”, acabando siempre haciendo dibujos de un aire lisérgico muy pronunciado), Víctor Jou (el de Zeleste), Sílvia Gubern (quien dibujó las famosas lámparas de sus mesas) o el de Zush, quizás el más contracultural de todos.
Inició entonces un recorrido sembrado de nombres que me será imposible reproducir en su totalidad, pero entre los que figuraban los de Arranz Bravo y Bartolozzi (y sus famosas pinturas de la fábrica junto a la autopista), Ponsatí y su inflable de Ibiza 1971, el inflable de los Encuentros de Pamplona del 72, el Jazz Colón, el grupo Trama (Cardín, Jiménez Losantos, Broto,…), Frederic Amat, la exposición Formes al Carrer de la galería Aquitania, con cosas de Sílvia Gubern, Jordi Benito y otros…
Estableció luego tres subgrupos formados por pintores y creadores de arte conceptual, algo enfrentadnos entre sí, aunque luego fueran a tomar copas conjuntamente.
Así, estaban el grupo marxista (el Grup de Treball, adoctrinado por Pere Portabella), el grupo Què Fer? (fina Miralles, Jordi Pablo,…) y “Los analíticos” (Ramón Herreros, García Sevilla,…). Ha prometido escribir algún artículo sobre todo esto, por lo que habrá que estar atentos.
Los 80 supusieron el consabido proceso de institucionalización, con formas iniciales bastante provincianas por parte de la Generalitat y un contenido mucho más avanzado por parte del Ayuntamiento de Barcelona. Pero en seguida se vio que donde empezaba a estar el dinero -comentó- era en Madrid. Sí había galerías (entre las que destacó la Ciento, la G y la Mec-Mec) y dos grandes instituciones -la Fundació Miró y La Caixa- que en sus inicios ofrecieron una serie de exposiciones de artistas internacionales que ya las quisiéramos ahora mismo…
Por último, Leónidas Martin, convocado ahí, según él, “para dar la nota joven”, tras alabar a las propuestas de los años 69 y 70, se centró en una idea sobre la situación actual: que estamos rodeados de creadores que hablan de actitudes que nunca representan ellos. Vamos: sobre la gran diferencia existente entre lo que se dice y lo que se hace.
Se está -recalcó- únicamente por la creación de una individualidad competitiva, sólo pendiente del rendimiento económico. Estamos en plenas guerras culturales (ecología, feminismo,…), pero todas subidas a la misma maquina, integradas en ella, logrando entonces efectos contrarios a los de aquellos otros tiempos.
Vino entonces la fase de las intervenciones del público, centradas en buscar una salida a la situación actual, en ver cómo se podía suscitar el clima colectivo que si existía en los 70. Y ahí hubo de todo, como en botica.
Leónidas había puesto en valor un mensaje de los de la Cloaca de Ajoblanco, es de suponer que de una chica (lo que es mucho suponer, porque solían ser seudónimos), que pedia ayuda para entrar en ese mundo liberado que no entendía pero al que quería pertenecer. Yo, personalmente, creo que se equivocaba en su interpretación del mensaje, pues me parece a mí que iba más en busca de contactos personales que de otra cosa, en la línea de aquella canción de un dúo de esa época que decía lo de “¡Tómame, libérame del pudor!”, pero tuvo la virtud de suscitar acaloradas intervenciones.
Hubo frases felices como la que se apuntó Castillo (“No había Yo porque no éramos nadie. Salíamos del franquismo”), Victoria Combalía hizo un banner de sus próximas memorias, con lo que podremos leer en ellas, para explicar el ambiente de represión moral del franquismo: su madre, cuando ella se fue a vivir con un chico, le soltó que eso tenía un nombre y de cuatro letras. Su madre no lo soltó, pero estaba claro que se refería a ‘puta’.
Un señor, digamos, de mi edad, que se dijo represaliado -encarcelado- en 1975 por protestar por los últimos cinco ajusticiamientos del franquismo, expresó entonces su disgusto, señalando que hablar del franquismo como hecho diferencial era un subterfugio, que la Ciencia (quería decir el mundo de la técnica) había ganado la batalla y ya no quedaba nada al margen de eso.
Intervino hasta Ribas para dejar ir una de sus ideas sobre estos temas comparativos antes / ahora: “Ahora el dinero se ha convertido en el único valor. Ya no se puede hacer lo que antes me decía Paco Mir, de trabajar dos meses y, con eso, ya vivir todo el año”.
Victoria Combalía: “El 80% del Arte actual trata lo políticamente correcto. Todo asimilado”.
Empezaron entonces una serie de intervenciones del público muy sentidas pero más bien -en mi opinión- inocentes, bienintencionadas, de esas que sin aportar nada no llevan a ninguna parte.
En algún momento me llevaron a las también bienintencionadas intervenciones de interminables asambleas de los años del final del franquismo, pero sin consignas ni sin que apareciera la voz que arrastrara, nadie que condujera dialécticamente la cosa y se llevara el carro hacia donde interesaba.
Ahi Pepe Ribas estuvo inteligente y, con su divertida petición de que siguiéramos todos (él incluido) vivos, dio final al acto.


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