Anteayer fue David Castillo sonsacando a una Berta Marsé, que no es muy proclive a estas cosas, sobre su padre. En momentos David Castillo se veía tan apurado que creías que cerraría el diálogo por falta de alimento, pero por suerte ahí estaba él recordando esto o aquello, y no estuvieron nada mal dos o tres explicaciones de ella sobre cómo veía a su padre, la relación especial que tuvo con él, etc.
La segunda fue ayer, y reunía, moderados por Álvaro Colomer (en un no-lugar casero estilo recibidor o cuarto de atrás de esos que han popularizado las reuniones on-line del confinamiento) a cuatro escritores de unas cuantas generaciones menos que el mítico escritor fallecido el pasado julio: Olga Merino (ante lo que parece un armario de una de las aulas del Ateneu), Jordi Corominas (en una pose muy estudiada, fumando), Carlos Zanón y Miqui Otero.
Distantes en el tiempo, con muy poca relación personal con el homenajeado, pero que confesaron fueron muy bien tratados por él en los escasos encuentros que tuvieron. Claro que hay que tener en cuenta, como señaló Otero, que eran “de su cuerda”.
Como se ve en la grabación de la sesión (enlace abajo), se fue dibujando un retrato de Marsé bastante completo: empezó Miqui Otero señalando su constante característica de ir contra toda pretensión y, directamente, contra los pretensiosos, siempre objeto de sus iras.
Se habló de los lugares de Marsé en Barcelona, de los perdedores, del western y de la ternura que mostraba con los niños en sus novelas. Quizás lo que no me gustó es el calificativo con el que quisieron elogiarlo, “competitivo”, que, aunque entienda lo que querían decir, me parece que hubiera detestado.
La foto de Marsé en su estudio tiene la mosca de la agencia Balcells.


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