No sé por qué suele llover los días en que voy a una presentación o mesa redonda en La Casa del Libro de la Rambla Catalunya. Hoy, armado de un previsor paraguas, he ido por un doble motivo: su tema (La literatura ante la transformación de Barcelona) y lo atractivo de sus ponentes (Eduardo Mendoza, Ignacio Martínez de Pisón, Carlos Zanón y Marisa Espasa, todos ellos moderados por Álvaro Colomer: quizás demasiadas bocas para sacar algo sustancioso de cada uno, he pensado).
Mendoza se ha sacado de encima la bicha rápidamente ("Es verdad que la ciudad se ha vuelto una mierda, pero no por eso se ha de estar todo el rato con la nostalgia a cuestas", ha soltado expeditivamente) y para ratificar la afirmación ha explicado por qué se llamaba "Alcázar" el antiguo cine en el que se ubica la librería. Para los curiosos: Porque en el Turia, su vecina horchatería, se reunían los de la quinta columna, y se quería rendirles homenaje... "Vista la postguerra -ha sentenciado- lo de ahora de las Ramblas no está tan mal. Tendremos que apechugar con vender camisetas del Barça. A mí me da igual: ya no vivo en Barcelona, y deben ser sus jóvenes los que lo discutan."
Martínez Pisón, que llegó a Barcelona en 1982, viviendo desde entonces siempre en el Ensanche ("el sueño de la ciudad perfecta, un poco deteriorado"), ha estado de acuerdo en eso de que solemos añorar el sitio en el que hemos sido jóvenes y guapos. "Porque todos hemos sido guapos de jóvenes, excepto Oriol Junqueras", ha añadido, para acabar explicando que el signo claro de cambio a peor en Barcelona se dio para él con la pérdida del viejo Bikini.
Ha estado divertido Carlos Zanón en su intervención, en la que ha contado que va a ferias del extranjero en las que vende unos 20 libros. Tres de ellos se los compran, ha dicho, porque le confunden con Ruiz Zafón, el resto porque son novelas en las que aparece Barcelona. Eso ha dado pie a todos ellos a acordar el predicamento actual de Barcelona -una Barcelona más virtual que real- por todos lados: "Compran libros porque pasan en Barcelona". Mendoza otra vez: estuvo en el Salón del libro de París de hace unos años, que tuvo como protagonista a Barcelona. Dice que nada más llegar se topó con tres grandes fotografías: la Sagrada Familia, Ferran Adrià y Messi. ¡El pack Barcelona!
Marina Espasa, sin negarlo en absoluto, parece que está más por retratar las zonas oscuras de la ciudad. Ha hablado de su última novela, a la que llegó tras ver la película "Ciutat Morta", que la condujo a hacer a Patricia Heras su protagonista.
Agotado el tema objetivo de la reunión, la charla ha viajado por la eventual "gran novela de Barcelona", por si la ciudad era diferente para los que escriben en catalán que en castellano (de nuevo ha dado en la diana Zanón: "Me pescan y afean todas mis catalanadas. Si fuera ecuatoriano dirían ¡cómo enriquece el castellano!"), en las fuentes de documentación para las novelas sobre la ciudad (con recuerdo a la puerta giratoria de la entrada del edificio de La Vanguardia de la calle Pelayo y el ordenanza que sin apremiarse le entregaba un primer volumen del diario de 1941 junto a un caramelito por parte de Mnez. Pisón, ahora haciéndose cruces por la ventaja que supone tener hoy disponible en casa toda la vida de LV) y en si una novela sobre Barcelona ha de ser siempre realista (Mendoza: "El realismo mágico de Barcelona no está en la novela").
Marina Espasa, comisaria de "Barcelona, ciudad de la literatura", ha hablado un poco de las intenciones que barajan, dando a entender que casi todo está aún por hacer y que "la situación política no ayuda mucho" a tirarlo hacia adelante y, pasando un poco de una hora desde su inicio, se acabó el acto sobre Literatura y Barcelona, tema sobre el que Eduardo Mendoza ha confesado que ya había hablado hoy mismo en otros dos esta misma mañana...
He subido entonces por el paseo central de la Rambla Catalunya, llevando a cuestas el paraguas (no ha llovido, y hasta diría que ha salido un poco el sol entre nubes durante las horas de luz, que ya son menos), y me he topado hasta con tres músicos callejeros dando la tabarra a los ocupantes de las interminables terrazas. Eso forma parte de la transformación de Barcelona, aunque nadie lo haya mencionado, quizás por hastío.

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