miércoles, 30 de marzo de 2016

Puigvert


"El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro pueden comparecer los monstruos". Ésta frase de Gramsci ha quedado planeando sobre las cabezas del auditorio como pronóstico más factible de lo que se nos viene encima.
Pese a estar con un resfriado de aúpa he acudido a la conferencia de Antoni Puigverd en el Aula de Extensión Universitaria de los Ingenieros, que como todas ellas se ha impartido en la sala de actos de los jesuitas de Caspe (con su estética y colores impresentables). No me he arrepentido, porque ha hilvanado un discurso impecable sobre la "nueva topografía del momento político".
Como tenía el día gramsciano, Puigverd ha hablado de hegemonías en sentido gramsciano: cuando la sociedad comparte mayoritariamente esos valores. Ha situado la gran hegemonía de España de los últimos veinte años en las ideas de José María Aznar. Una mezcla de las heredadas de José Antonio con las de una corriente ultrajacobina, que desearía convertir a España en Francia, con el catalizador de ETA metiendo bulla. Un ideario que contó para su expansión con una época de riqueza, en la que las empresas públicas del franquismo se privatizaron de forma similar -igual de oscura- a como sucedió en la antigua URSS, y esa idea hegemónica pudo entonces sumar la bandera del progreso económico. No ha surgido otra.
En Cataluña -ha explicado- también se fue montando otra hegemonía, un poder fundamentalmente simbólico, correspondiente a Pujol. Un poder inflado, retórico, más teórico que real en una sociedad que previa y mayoritariamente se había acomodado con el franquismo. Pujol fue, según su explicación, quien hizo sumar a todo ese sector de la sociedad (con alcaldes que venían del franquismo) con el catalanismo anti franquista más genuino, en Convergencia. Los medios de comunicación han presentado esa Cataluña que fue montando el pujolismo como un espejo agradable. En él aparecen un Barça triunfante, otros protagonistas de diversas realizaciones catalanas, y ha hecho que toda una parte de la sociedad catalana se viera como coherente. Pero otra parte de la sociedad catalana no se ha visto representada en este relato.
Primero el PSUC y luego el PSC mantenían un pie en cada uno de esos sectores de la sociedad catalana, pero una gran reacción emotiva a los excesos del aznarismo (que Puigverd ha centrado en todo el proceso de constitución y rechazo del nuevo Estatut de Autonomía) han hecho explosionar esos intentos.
Ahí centra Puigverd el gran error de Más, tras las masivas manifestaciones del 11 de septiembre: confundir la parte con el todo.
Ahora nos encontramos tanto en España como en Cataluña en medio de unos empates que se hacen crónicos, con toda la "espalda" de Europa en plena y abierta crisis. Y no se ve salida a nuestra situación, que sólo podría venir por centrarse en resolver los grandes problemas de Europa y del mundo, en hacer dar un auténtico salto adelante a Europa, mientras que estamos enrollados en nuestros pequeños asuntos.
Y es por ahí donde desgraciadamente asoman y pueden surgir los monstruos que preconizaba Gramsci.

 

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